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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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– Sí, comprendo el alcance de la situación -murmuró el acusado, levantó la cabeza, que antes mantenía baja y, apoyándose en la mesa, dijo-: Lo hago a sabiendas y por voluntad propia.

El fiscal se puso la mano sobre la mancha rosada de la pechera de la camisa, volvió a levantarse, y dijo:

– En vista de la confesión del acusado y del alegato presentado, solicito separar el juicio por el asunto del teniente Noam Lior del juicio por el asunto del segundo acusado y que cese el proceso abierto contra el teniente Lior en este mismo instante.

El juez Neuberg hizo caso omiso del carraspeo del mayor Weizmann, le espetó unas pocas palabras precipitadas acerca de los procedimientos técnicos legales, y anunció, también a ritmo de dictado, la separación de las causas de los dos acusados. Después le hizo señas a la mecanógrafa para que se detuviera, y les comunicó:

– Técnicamente la sentencia del teniente Alcalay será dictada casi en paralelo a la del teniente Lior.

– ¿Qué significa que el acusado solicita retractarse de su declaración de inocencia y reconoce los cargos que se le imputan? -le susurró el mayor Weizmann al juez Neuberg, entrecerrando sus claros ojos-. ¿Qué significado real tiene eso?

– Eso quiere decir que se reconoce culpable, que ya no es necesario seguir escuchando a más testigos por su causa. Será condenado según su confesión -le explicó el juez, en voz baja-. Y además, se le puede llamar a declarar como testigo de cargo contra el otro acusado.

– Pero si ya habíamos oído a todos los testigos, ¿qué es lo que va a cambiar entonces?

– Luego se lo explico -le dijo el juez Neuberg con manifiesta impaciencia, se enjugó el sudor de la cara y pasó la mirada del fiscal al abogado-. No nos quedaremos mucho rato más aquí -los tranquilizó-, solamente hasta que las cosas se calmen un poco ahí fuera y podamos levantar la sesión.

El otro juez adjunto, el teniente coronel Katz, movía con nerviosismo el pie que chocaba rítmicamente contra la mesa. El aire cargado de la oficina y la proximidad física de las personas que lo rodeaban empezaban a hacérsele insoportables al juez Neuberg, que no dejaba de sudar y que notaba que los latidos del corazón se le agolpaban y la respiración se le iba haciendo entrecortada.

– Esperemos que el tribunal tenga en cuenta el reconocimiento de la culpa -dijo ahora el abogado del teniente Noam Lior-. Mi defendido ha dudado mucho, porque en su declaración dijo que no era consciente del peligro, pero la orden… la orden sí la dio él…

– ¿Y ahora confiesa también que era consciente de que existía peligro de muerte? -quiso averiguar el mayor Weizmann.

– No exactamente -dijo el abogado-, pero reconoce su responsabilidad. Mi defendido, sin embargo, nunca contempló un posible peligro de muerte, pero sí admite su responsabilidad.

– ¿Y eso qué significa? ¿Cómo se traduce eso a la práctica? -insistió el mayor Weizmann susurrándolo al oído del juez Neuberg.

– Vamos a quedarnos aquí tan sólo unos minutos más -les prometió el juez-, levantaré la sesión por hoy y el juicio seguirá desarrollándose en esta oficina.

El fiscal miró con recelo hacia la puerta.

– Yo preferiría, señoría, si ello es posible… -dijo con una mirada asustada y señalándose la camisa.

– De eso también nos ocuparemos -dijo el juez Neuberg, marcando en el teléfono un número interno. Pasado un minuto se plantaron en la puerta dos policías militares que se cuadraron para saludar y les abrieron paso a todos los presentes, menos a los jueces, que se quedaron.

– ¡A lo que hemos llegado! -se lamentó el teniente coronel Katz-. A lo que hemos llegado, a que nuestros oficiales, juristas militares, tengan que salir de aquí con protección, por… Habría que haberles prohibido asistir al juicio -resumió, dirigiéndole al juez una mirada de censura.

– ¿No querían ustedes una explicación acerca del significado de la confesión del acusado primero? -dijo el juez Neuberg, que no tenía intención de entrar en disquisiciones sobre ciertos principios ahí en su oficina.

– Habríamos ahorrado mucho tiempo si hubiera confesado antes -dijo furioso el teniente coronel Katz.

Pero el juez Neuberg tampoco hizo caso de esta observación, sino que dijo que se dan muchos casos en los que el acusado entiende, precisamente después de oír a los testigos, que es preferible reconocer su culpa. Ahora formuló sus palabras con sumo cuidado: primero explicó que hay que tener en cuenta que el ser humano es una criatura muy cambiante, y que sabía por boca del abogado que la defensa había expuesto su situación al defendido, de manera que en un momento determinado, es posible que a causa de la declaración de la señorita Hayot, sugirió el juez, empezó a quedarle claro al teniente Lior que sería mejor que se declarara culpable.

– Por lo visto -prosiguió el juez Neuberg-, el teniente Lior estuvo dudándolo por querer ser fiel a su compañero, el segundo acusado, y porque su abogado le aconsejó que lo calibrara bien y que tuviera en cuenta las consecuencias.

– Ya, me lo imagino -dijo el teniente coronel Katz-, puedo hacerme una idea de lo difícil que resulta tomar la decisión de traicionar de esa manera a un amigo.

– No podemos considerarlo como una traición -sentenció el juez Neuberg, mientras empezaba a tener dudas de cómo iba ahora a formular sus explicaciones sobre el alegato de manera que los «colaterales» entendieran la sutileza del asunto y no lo tradujeran al momento en una conclusión errónea. Empezó por hablar despacio y dijo que aquella confesión debía considerarse, «en cierto modo», como una actitud que decía mucho en favor del acusado, puesto que la función del tribunal era también la de impartir la enseñanza de la ley, y si el acusado había entendido que había infringido la ley, el tribunal debía inclinarse por tener en consideración esa confesión cuando llegara el momento de dictar sentencia-. No en la resolución de la sentencia, normalmente -puntualizó-, pero en el dictamen de la sentencia propiamente dicho sí podía tenerse en consideración.

– Pero ¿de qué manera? -se empeñaba en entenderlo el mayor Weizmann-. Si al haber confesado todavía está más claro que sí lo hizo y que además sabe que lo hizo.

– Eso nunca ha sido objeto de discusión -dijo el teniente coronel Katz, rechazando el argumento del mayor.

Una gran furia mezclada con impotencia llevó al juez Neuberg a oír un tintineo en los oídos. Llevaba ya meses ahí sentado intentando guiarlos, instruirlos, explicándoles una y otra vez los problemas esenciales del procedimiento judicial, esforzándose todo lo que podía en enseñarles algunos conocimientos en medio de una relación de respeto y confiando en su capacidad de entendimiento, y ahora resultaba que después de todo eso, en un momento, mostraban aquella simpleza tan primitiva, y eso le resultaba realmente desesperante. Volvió a enjugarse el rostro y respiró profundamente antes de decir con una voz tranquila, con la que pretendía encubrir su estado de estupefacción:

– Por supuesto que lo han discutido, uno no puede decidir de antemano el destino del acusado, no podemos fijar la sentencia de antemano, de eso ya hablamos la primera vez.

– Sí, lo recuerdo muy bien, cuando conversamos sobre la responsabilidad, sobre ser una persona razonable y todo eso -dijo el teniente coronel Katz-. Pero desde el principio estaba claro que eran culpables -explicó, como si los tres estuvieran de acuerdo con eso-. Estaba claro que ellos fueron los que animaron a las víctimas a participar, los que apretaron el botón, y todo lo demás, porque además eso se pudo oír en las declaraciones de los testigos, así es que a mis ojos todo este asunto está muy claro. Y usted también nos explicó -añadió, dirigiéndose ahora solamente al juez Neuberg-, que no estábamos juzgando aquí a todo el ejército israelí ni a los que no estaban enjuiciados, sino exclusivamente a las personas a las que la fiscalía ha llevado a juicio.

– Exactamente -dijo el juez Neuberg, y después se impuso un momento de silencio e intentó acallar las voces de queja y desesperación que oía en su interior por la manera en que minimizaban todo aquel asunto, hasta que finalmente dijo-: Lo que hay que hacer es aspirar a un pensamiento diferente al comúnmente aceptado, pero todavía nos queda tiempo hasta que llegue el momento de la resolución de la sentencia y de tener que dictarla.

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