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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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– ¿Y usted tenía las manos y los pies atados con unas esposas a la red? -la interrumpió el abogado.

– Sí, las dos manos. Y también los tobillos.

– ¿Hubo acaso algún comentario acerca del hecho de que se esposaran las manos y los tobillos?

Ella asintió con la cabeza y, tras meditarlo un momento, dijo:

– Sí, me preguntaron que para qué necesitaba yo eso.

– ¿Quiénes se lo preguntaron?

– No me acuerdo -dijo bajando los ojos-. Se habló de ello, así, sin más, alguien lo soltó.

– ¿Y qué pasó luego? -le preguntó el abogado.

– Dije que prefería que me ataran, que me daba miedo el impulso, temía salir volando.

– ¿Y su decisión fue aceptada sin más?

– No exactamente -dijo Rinat Hayot-, mi jefe dijo que no era obligatorio, que no había ninguna diferencia.

– ¡Su jefe! -repitió el abogado visiblemente conmocionado-. Es decir, ¿el comandante de la base?

– Sí, él estaba allí, a un lado, y opinó que estábamos armando demasiado jaleo por ese detalle, porque él quería acabar pronto con el asunto.

– ¿Cuánto tiempo se tarda en sujetar las manos y los pies? -se interesó el abogado.

– Unos pocos minutos, porque hay que ajustar la medida de las esposas para que no queden demasiado flojas y evitar que se salgan las manos, y no encontraban unas de mi medida -dijo, y levantó la mano del puño ante el tribunal y después rodeó la muñeca con los dedos de la otra, para demostrar lo delgada que la tenía.

– Pero el comandante de la base tenía prisa -le recordó el abogado.

Asintió con un gesto y dijo:

– Sí, tenía un día muy apretado.

– Tenía un día muy apretado -dijo el abogado dirigiendo la frase al espacio de la sala-. Él tenía prisa. ¿Y el comandante de la escuadrilla? ¿Estaba él allí?

– Sí, pero él opinaba que había que atarme las manos y los pies.

– ¿Por el peligro?

– Sí, dijo que el impulso era muy fuerte y que no había que correr riesgos.

– ¿Y de eso sí se acuerda usted? ¿Precisamente de eso? Y no recuerda quién propuso no sujetarla… -la testigo bajó la mirada-. Supongamos, por un momento, que eso es así, ¿y el comandante de la base, el coronel X, no pensaba igual? ¿Creía que la sujeción con las esposas estaba de más?

– Es que tenía prisa -explicó la testigo-, tenía una cita y debía marcharse, pero no se lo quería perder.

– ¿Hasta ese extremo llegaba la importancia del juego de la red? ¿No podía haberse marchado sin presenciarlo? -insistió el abogado.

Por el rabillo del ojo el juez Neuberg vio que el fiscal se levantaba, abría la boca, y se volvía a sentar, como renunciando a intervenir, cuando la testigo respondió:

– Sí, era la señal de que el curso había terminado -explicó-, y todos lo esperaban, porque siete metros es una altura considerable, de golpe, es algo mágico, y todos aplauden, la mesa está preparada abajo con las copas ya servidas, y se lo pasa uno muy bien, todo eso…

– Así es que la ataron, subió usted a la red, ésta se disparó, y todo terminó a la perfección -resumió el abogado, doblando el pañuelo de papel que ya casi estaba deshecho, como si buscara en él una esquina seca.

– Tal cual -dijo la testigo lacónicamente-, la prueba es que estoy aquí.

– Con la protección del comandante de la base y del comandante de la escuadrilla -verificó el abogado.

– Sí -dijo la testigo con desgana-, con la protección de ellos, la de todos, podría decirse.

– Por mi parte no hay más preguntas -dijo el abogado, hizo volar el ruedo de la toga, se sentó y se cubrió el ojo que le lloraba con la palma de la mano.

– ¿Hay réplica? -preguntó el juez Neuberg, y el fiscal asintió y se puso de pie.

– Mi muy ilustre colega -dijo el fiscal-, intenta demostrar de nuevo que la responsabilidad la tenían los otros comandantes, pero esa cuestión, que ha vuelto a resaltarse en esta ocasión, ha dejado sin resolver unas cuantas cosas esenciales. La pregunta más importante es quién dio la orden de subir a la red.

– En realidad, no se trataba de una orden, no exactamente, era una especie de… como un concurso, al principio -dijo la testigo, incómoda-. Le decían a alguien «subes tú», contaban hasta diez y lo lanzaban.

– ¿Quién contaba? -preguntó el fiscal.

– Noam.

– ¿El teniente Noam Lior? -dijo el fiscal recalcando esas palabras.

– Sí -dijo la testigo, y miró hacia un lado, a la cara del acusado al que se acababa de nombrar.

– ¿Y dónde se encontraba el acusado Yitzhak Alcalay?

– En la torre de control -dijo la testigo.

– ¿Y fue él quien activó la red?

– No lo vi -dijo con cautela-, pero creo que sí, era más que sabido, y allí no había nadie más.

– Todo esto son cosas ya sabidas -dijo el juez Neuberg con impaciencia-, estos testimonios se han repetido aquí varias veces.

– Pero no acerca de la ocasión, señoría, en la que la testigo participó en el juego.

La mecanógrafa se alisó con fuerza un fino mechón de pelo, como si quisiera forzarlo a permanecer detrás de la oreja, y miró al juez con expresión interrogativa. Él asintió con la cabeza y ella se apresuró a teclear con presteza aquellas últimas palabras.

– Señorita Hayot -dijo de pronto el fiscal, después de un breve silencio-, ¿usted y el teniente Lior eran novios, eran lo que se llama una pareja?

– Sí, éramos novios, ya lo he dicho -dijo la testigo y bajó los ojos, de manera que aquella cara tan pálida, con los ojos enmarcados en negro, de pestañas cortas y sin cejas, volvió a resultar turbadora en su desnudez.

– Y por eso la llamó, porque sabía que a usted le gustaría subir a la red, ¿no?

– Eso parece, creo que sí -balbució la testigo.

– ¿Y ahora ya no son ustedes novios?

– No, pero mantenemos buenas relaciones, seguimos siendo una especie de amigos.

– ¿Lo suficientemente amigos como para que usted quiera cargarle la responsabilidad al comandante de la base?

– No, de ninguna manera, sucedió así, como lo he contado, he dicho exactamente lo que pasó -protestó la testigo, a la que ahora le temblaban las manos.

– ¿Exactamente así? -insistió el fiscal-. ¿Un coronel, el comandante de una base muy grande, diciendo que para qué ponerle unas esposas? Resulta difícil aceptarlo, señorita Hayot.

– Pero eso es lo que pasó, porque él no era muy… muy puntilloso con esas cosas.

– ¿Y qué es lo que opinaba el teniente Noam Lior del asunto de las esposas?

– Fue precisamente él quien me sujetó las manos con ellas.

– ¿Antes o después de que usted se empeñara en ello?

– Después -dijo con evidente desgana-, pero es que él había oído al comandante de la base, y no se atrevió a ponerse a discutir con él delante de todos.

– ¿Por qué no se atrevió? Creí que el comandante de la base no era muy puntilloso, hemos oído aquí en diferentes declaraciones que no siempre guardaba las distancias -dijo el fiscal, con su voz potente, recalcando la primera sílaba de la última palabra y pasándose la mano por la mejilla.

– En algunas cosas no -dijo la testigo con voz ahogada-. Él sabía ser estupendo, como uno más del grupo, pero en algunos asuntos, digamos, si alguien ponía en tela de juicio su autoridad, por ejemplo, no le gustaba nada.

– Sea como fuere, ni el teniente Lior ni el teniente Alcalay insistieron demasiado en el asunto de las esposas.

– No se opusieron -dijo la testigo-, permitieron de inmediato que me las pusiera.

– Pero la propuesta de no sujetarle ni las manos ni los pies provino del teniente Lior.

– No lo recuerdo -respondió la testigo, y después bajó la cabeza y permaneció en silencio.

– ¿Y si se esforzara usted por recordar? -le sugirió el fiscal-. Hemos oído aquí unas cuantas veces que principalmente era él quien daba las órdenes, pero ¿había allí, el día que usted se subió a la red, alguien más que diera órdenes? ¿Alguien que tuviera iniciativa? ¿O es posible que sólo fuera él quien hiciera las propuestas?

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