Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 ... 54
Перейти на страницу:

– Come, come, nene… -gruñía el niño, fastidiado.

Enfilaron la calle Santa Isabel cuando se dejaron caer las primeras gotas, que eran tibias y gruesas, y rebotaban contra el suelo con furia incontenida.

– ¡Oiga, señor!, ¡señora! -Un chaval de unos dieciocho años se acercó a ellos, andando a saltos. Llevaba un fajo de papeles en una mano y un bolígrafo en la otra. Se había puesto la capucha de su anorak sobre la cabeza-. ¡Eh, oigan! ¿Quieren firmar contra la droga? -Les tendió unas hojas que empezaban a mojarse; la tinta garabateada en ellas se emborronaría si él no lo remediaba pronto. Y no parecía muy dispuesto a hacerlo.

Ulises se refugió del chaparrón en el portal de su casa. Luz se situó a su lado, colocándose el pelo con una mano insegura.

– No, gracias. Es que a mí me gusta la droga, ¿sabes, chico? Estoy a favor de la droga porque, en realidad, soy drogadicto. Pienso que no tendrían que prohibirla, sino que deberían regalarla en las farmacias, en cantidades importantes, y acompañada de enormes sonrisas de los farmacéuticos -dijo Ulises, cansinamente-. Así que, piérdete, chico. Pero gracias por intentarlo.

A Luz nunca se le hubiese ocurrido que aquel padre de familia fuera un pobre yonqui. Lo examinó aturdida, hasta que comprendió que era una especie de broma.

El muchacho lanzó una mirada torva sobre Ulises.

– Vete a la mierda -optó por decir, con una sinceridad aplastante. Se dio media vuelta y echó a correr calle abajo. La lluvia caía ahora como si alguien lanzara grandes jarras de agua desde el cielo con la única intención de molestar a la gente.

Ulises abrió la puerta, que era altísima, vieja y renqueante, probablemente de finales del siglo dieciocho.

– Es que estoy cansado de que me pidan que firme a favor o en contra de esto y lo otro y lo de más allá. Que me compre esto y lo otro y lo de más allá. Y que salve a los niños, las ballenas y los indios y los pobres de aquí y de allí… porque si no lo hago seré culpable de homicidio en primer grado aquí y allí y en el más allá… -Se encogió de hombros-. Puede que sea una inmoralidad, pero yo solo no me siento con fuerzas para hacer todo lo que se me pide a diario. Empiezo a estar hasta las pelotas de que me presionen por todos lados. ¿Es que no tengo bastante con mi vida?

Luz no dijo nada, pero sonrió.

Subieron las escaleras gastadas, con un lustre avejentado y blanquecino, hasta el tercer piso. Como tantos edificios antiguos de la ciudad, aquél tampoco tenía ascensor.

Ella esperaba encontrar un viejo apartamento destartalado e incómodo. Se imaginaba a Ulises trajinando en una cocina antigua, calentando la leche del niño en un perolo agrietado y frotándose las manos para combatir el frío que entraría por las rendijas de la oscura ventana en invierno. Podía compadecerlo de antemano. Un hombre joven, probablemente poco diestro en las tareas del hogar, viviendo solo junto a un bebé llorón y hambriento, constantemente agarrado a sus piernas con desesperación, era un cuadro capaz de estimular la parte pervertida de la imaginación de cualquier ama de casa.

Por eso le sorprendió más, cuando Ulises abrió la puerta de su casa, encontrarse con un cálido hogar decorado con tonos teja y avellana, de ventanas cubiertas con estores de médula y suelo de parquet de roble americano.

«El color teja -aseguraba Penélope antes de irse de casa- evita las estridencias, es acogedor y evoca la vida en el campo, las haciendas de esas familias numerosas y acomodadas, de miembros bonachones, que nunca se pelean entre ellos y siempre están de buen humor porque no les falta de nada, porque tienen salud, dinero y amor en abundancia.»

Ella fue quien compró la mesa art déco del comedor, de raíz de roble, quien se encargó de que los obreros colocaran, exactamente en su sitio, un arrimadero de arpillera a lo largo del pasillo, que la misma Penélope remató con un galón de pasamanería de los que usan los tapiceros para ribetear sofás. Fue Penélope la que compró las mantas de mohair de la cunita del niño, y quien dirigió las obras para comunicar la cocina, el office, el salón y el comedor. El piso no tenía más de setenta metros cuadrados y estaba tan desordenado como suele estarlo cualquier hogar por el que corretee una criatura cada día. No obstante, era tan encantador y alegre -a pesar de la cerrazón oscura de la tormenta, que se filtraba a través del ventanal de la terraza-, que daban ganas de quedarse allí a dormir.

Ulises le dijo que se acomodara donde más le apeteciera, y Luz se sentó en un sillón desde el que veía caer la tromba de agua sobre la calle.

Sólo había dos dormitorios -además de un estudio que tenía la puerta cerrada con llave, según le dijo Ulises-, y Telémaco se encaminó hacia el suyo a trompicones, balanceándose como si acabara de bajar, algo mareado, de un barco. Buscó un juguete para entretenerse y distraer a sus desconsoladas tripas mientras Ulises le preparaba el almuerzo. Su cabeza, desde lejos, tenía una remota semejanza con un balón amarillo un poco despachurrado. Era un niño muy guapo, con los mofletes enardecidos, de un suave tono encarnado, el pelo muy rubio y la sonrisa fácil, pero Luz no sentía ningunas ganas de acariciarlo ni de hacerle carantoñas. Por un instante se compadeció del pobre pequeño. Su madre lo había abandonado, y ahora ni siquiera las amigas ocasionales de su padre sentían el impulso de arrullarlo aunque fuese, hipócritamente, para contentar a Ulises.

Se sintió toda una desalmada, pero no fue detrás del chiquillo, sino que permaneció clavada en su sillón, sin moverse.

– ¿Quieres un vino? -Lo vio abrir y cerrar los armarios y depositar sobre la encimera de la cocina una botella de tinto-. Hemos dicho que comerías con nosotros, ¿no?

– Sí. Ah, no. Sí, bueno. Yo…

Ulises le llenó una copa y se la tendió con una sonrisa.

– ¿Tienes prisa?

– No, en realidad no.

– Entonces, si no tienes nada mejor que hacer, puedes comer con nosotros. O mejor dicho, conmigo. Porque primero voy a alimentar a mi vástago. Ya llevamos media hora de retraso, y tendrá sueño enseguida. Pero el asunto no nos llevará mucho tiempo. Come como un cerdito. Creo que sospecha que yo le puedo quitar el plato en cuanto se descuide, y no se anda con remilgos ni zarandajas.

Cuando Ulises llevó a Telémaco a su cunita, el niño gruñía y se frotaba los ojos de cansancio. Luego, aquel padre soltero de pelo castaño encrespado y ojos abrasadores, preparó la comida: pan caliente con anchoas y aceitunas, una fricasse de endivias amargas y almejas y algo de pollo frío que había guardado del día anterior.

Vaciaron la segunda botella de vino y se dieron cuenta de que estaban bastante achispados, pero abrieron una tercera y todas las defensas de Luz se derrumbaron como una figura de arena lamida por las olas, a la vez que crecía su ilusión.

– De modo que eres pintor… -señaló hacia la puerta del estudio, cerrada a cal y canto para que Telémaco no pudiese entrar a revolverlo todo.

– Cada vez menos, pero sí, algo así -respondió Ulises, y sirvió más vino.

– ¿Y desde cuándo pintas?

– Pues verás, disculpa la burda… analogía, ¿eh?, pero con la pintura me ocurre lo mismo que con la masturbación, que empecé a practicarla en cuanto aprendí a hacerlo, y desde entonces no he podido dejarla.

Luz se ruborizó, luego los dos se rieron a carcajadas. (Él mucho más que ella.)

– ¿Y no tienes colgado aquí ninguno de tus cuadros?

– No. De la decoración se encargó mi ex mujer, Penélope. Yo sólo pinto. No entiendo muy bien cuándo un lienzo hace juego con el damasco de los sofás.

– ¿Y qué pintas? ¿Arte abstracto, o figurativo, o…?

– Me gustaría pintar esos grandes cuadros llenos de manchas en los que cada pincelazo es la representación simbólica de algo muy profundo. Me gustaría hacer las cosas que aprendí a hacer en la facultad, y que quizás ya he olvidado. Ya sabes, un lamparón negro con picachos a los lados: la cariñosa parodia de la comédie humana; un churretazo de rojos sobre verde pálido: la alegoría del arte povera mancillado, etcétera… Pero no tengo imaginación, y mis pensamientos no suelen ser demasiado metafísicos, se reducen más bien a la constante inquietud por satisfacer mis instintos primarios, sexo, alimento, cobijo, y esas pequeñas cosas… de modo que me limito a pintar lo que veo. Normalmente a mi hijo, objetos caseros, gente que sale en las revistas, o la luz que pasa por la ventana. Incluso a ti, ¿por qué no? Al fin y al cabo eres una luz que ha pasado por la puerta.

La mujer carraspeó y se removió intranquila en su asiento; aunque no se sentía del todo incómoda, la presencia de Ulises tan cerca de su cuerpo, notar su olor y tener su cara al alcance de la mano, ser consciente de esa sorprendente intimidad que podía surgir de pronto entre dos perfectos extraños, la turbaba demasiado como para poder mantener el control de lo que decía y tratar de resultar divertida, perspicaz y valiente.

– Así que eres un pintor, un amante del arte. ¿Y cómo lo definirías?

– ¿Definir qué?

– El arte, la pintura… -dijo Luz tímidamente. La verdad es que no sabía muy bien de qué hablar.

– Hum… No sé -contestó él-. Tal vez… ¿«algo que puedes colgar de una pared»?

Luz dio un sorbito a su vaso de vino. Tenía la rara sensación de que se le habían roto todos los huesos del corazón.

– ¿Y vendes mucho?

– El mercado del arte hoy día está algo revuelto. Tienes que encontrar un buen marchante, y es mejor si formas parte de algún grupo. Pop art, minimal art, fluxus, nueva figuración, body art, arte pobre, land art… Hay tantas que me resulta difícil recordarlas. Digamos que el dinero que gano, sumado a la pensión que me pasa mi ex mujer por el niño, nos da para ir tirando a Telémaco y a mí. Así mantenemos más o menos a flote nuestra pequeña familia disfuncional.

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 ... 54
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)