Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Ulises le puso a Telémaco una chaqueta nueva, de moutón azul plastificado por fuera, de aspecto muy abrigado y primoroso; luego le cubrió la cabeza con el gorro y lo cogió en brazos como a un pesado e inquieto muñequito de silicona de tamaño natural.
Penélope había enviado un mensajero a casa, hacía dos días, con un paquete enorme, lleno de carísimas prendas de vestuario infantil para su hijo. Había de todo, desde calcetines y camisetas interiores Calvin Klein hasta unos diminutos pantalones vaqueros de Tom Ford para Gucci, rematados con la técnica de los indios apaches. Él creía que, siendo como era su mujer una diseñadora de modas de mucho éxito, no le saldría tan caro hacerse con la ropita de Loewe o de Ralph Lauren que mandaba cada temporada para el bebé. Así lo había hecho puntualmente cuatro veces en el último año, después de abandonarlos: en primavera, verano, otoño e invierno; y nunca coincidiendo con las estaciones meteorológicas, sino con las mucho más avanzadas de las pasarelas de la moda.
Bueno, pensó Ulises, incluso aunque así fuera, pese a que le costara una fortuna la ropa del crío, ella podía permitirse aquellos lujos tan disparatados.
Y Telémaco, al fin y al cabo, era su hijo.
El niño, sin embargo, no siempre estaba conforme con el color y el aspecto de los atavíos que escogía para él su sofisticada y distante mamá. Parecía tener sus propias opiniones en cuestión de guardarropa, a pesar de ser un renacuajo todavía.
– Feímo… No quiere y no quiere… ¡No guta y no gusta, a mí! -Había señalado minutos antes, con un evidente enojo, un jersey amarillo lleno de patitos bordados a mano, que lucían una sonrisa de seda furiosa y anaranjada sobre la superficie del pecho y alrededor de las mangas de la delicada prenda.
– No, no es verdad. No es feísimo -lo corrigió Ulises, empezando a ponerse de mal humor ante la terquedad de su hijo-. Es solamente… carísimo.
– No quiere -insistió Telémaco.
– No quieeero.
– Yo tampoco.
– Quiero decir que se dice «no quiero». Está bien, pues me lo pondré yo. -El hombre cogió la diminuta vestidura y la contempló extasiado, como si estuviera encantado de haber conseguido tan fácilmente una cosa que mejoraría su vida de forma inmediata.
– No, es mío. Tuyo no. ¡Mío! -Telémaco agarró el jersey, enfurruñado con su padre.
Salió corriendo bamboleándose conforme avanzaba hacia su habitación. Sacó un osito de peluche del arcón de mimbre donde guardaba sus juguetes y trató de ponerle el jersey, que quedó colgando entre las orejas y el esternón del monigote igual que un vistoso turbante un tanto estrafalario y desaliñado.
Al final, los dos estuvieron de acuerdo en que era mejor que Telémaco se pusiera un viejo jersey de felpa, comprado en el Rastro, que llevaba estampado a Superman, aunque ya apenas si quedaban algunos residuos descoloridos de la antaño rutilante imagen del superhéroe.
El padre abrochó la chaquetilla del pequeño mientras lo sostenía junto a su pecho, cogió el paraguas y se echó al hombro un bolso de bebé donde había metido, además del biberón con el agua para Telémaco, un chándal firmado por Ágata Ruiz de la Prada (le gustaba llevar uno siempre, por si surgía un imprevisto y el niño se manchaba, o se mojaba y había que cambiarlo rápidamente), toallitas higiénicas y dos chupetes de recambio, entre otras cosas.
– Vamos a ver a la abuelita -le dijo a Telémaco.
– ¡Sí, sí!… -palmoteó el niño, y después se agarró a la espalda de su padre aprovechando para darle un tierno e interesado abrazo.
Ulises cerró la puerta del apartamento y bajó con cuidado las escaleras hasta la calle. Cogerían el autobús. Los dejaba en una parada muy cerca de la residencia de ancianos donde vivía Araceli. La abuela de Penélope. La madre de Valentina.
Oh, esa ancianita le gustaba. Y estaba tan sola.
Pensar en ello le hizo rememorar por un instante la vocecilla de aquel hombre en la Academia, días atrás, con la tormenta rugiendo en medio de los cielos y el agua aporreando las calles como una hemorragia negra que empañara aún más el complicado paisaje urbano.
¡Todos estamos tan terriblemente solos en el mundo!, dijo la voz profundamente quebrada e inquieta de aquel hombre. Parecía la exclamación atemorizada de un niño, o de una rata.
Sintió un rápido estremecimiento al recordarla y se acomodó mejor a su hijo entre las piernas, los dos ya instalados en un asiento del autobús abarrotado de gente calada hasta el corazón por el aguacero, y tan malhumorada como en días anteriores.
La lluvia confería a los rostros de los viandantes una borrosa opacidad, los hacía parecer protagonistas absolutos de algún sueño ebrio, ardiente.
En los últimos tiempos, la situación atmosférica era todo lo cruda que podía ser en Madrid (y podía llegar a serlo mucho). Hasta le recordaba a los días de su infancia en Maur, un pueblecito cercano a Zurich. Su padre decía que allí el clima se dividía en nueve meses de invierno y tres de viento y frío.
– Oh, querrrido, oh, querrrido… ¡No te quejes más! -le pedía su madre, con sus habituales grititos animosos-. ¡No te quejes más y sal a la calle, a que te dé un poco la lluvia ya que no puedes tomarrr el sol!
El padre de Ulises había sido secretario del consulado español de Zürich durante once años. En aquella ciudad se casó con una mujer rellenita e inocente, una suiza alemana de semblante redondo y tranquilo -la que pronto sería la madre de Ulises-, y fue razonablemente feliz con ella y sus salchichas y los dos hijos del matrimonio (Ulises y su hermano pequeño, Héctor), hasta que Henriette una noche, poco después de oscurecer, se sintió mal, torpe y sin ganas de moverse, y dos meses después murió de cáncer mansamente, sin quejarse ni un solo día durante su corta enfermedad, pero habiendo olvidado por completo que tenía dos hijos de seis y ocho años, y un marido que ni siquiera sabía cómo abrir la nevera.
– ¡Dios mío, mi mujer! -dijo su padre en el hospital, cuando la sacaron en una camilla, cubierta con una sábana blanca, en dirección al tanatorio. La besó por última vez en sus labios yertos de muerta, y no pudo verter ni una lágrima, aunque tenía guardadas las suficientes para llenar la anticuada bañera de patas leonadas donde su madre solía regalarse un baño de espuma, excesivamente perfumado, cada dos días-. ¡Dios mío! La muerte, qué hija de puta más democrática.
Ulises nunca había oído a su padre decir palabrotas hasta entonces. Sintió flotar en el aire la tristeza, como un pájaro con el semblante serio y los ojos desgastados, cansados de luchar por la vida; y supo que las cosas no irían muy bien a partir de aquel momento.
Su padre volvió a Madrid con él y con su hermano pocos meses después del entierro. Y ya nunca fue el mismo. Dejó de quejarse, y apenas tenía apetito. Trabajaba mucho y delegaba las tareas domésticas en una chica de servicio, un poco boba y despistada, que cocinaba infatigablemente unos repugnantes purés de apio que siempre servía tibios.
El primer día de colegio que Ulises pasó en Madrid alguien le robó su estuche de colores. Incluso sabía quién había sido, pero no podía demostrarlo (todos ellos parecían comprar los útiles de escritura y pintura en la misma papelería, y de la misma marca). Él adoraba pintar, y sus lápices eran el único instrumento de su felicidad pueril y limitada.
Le resultó un hecho dramático, e injusto, y por la tarde, a la salida de clase, corrió a casa para esperar a su padre y poder darle la mala noticia.
– Búscate la vida, yo no quiero saber nada -fue la lacónica respuesta de su progenitor ante la desmesurada, espeluznante tragedia infantil.
Ulises se dio cuenta así de cuánto había cambiado su vida.
Ya no vivía, al lado de su risueña mamá, dentro de una postal suiza rebosante de lagos y montañas.
De modo que, al día siguiente, cuando los niños de la clase salieron al recreo, él se las arregló para robar todas las carteras de colores, de ceras y rotuladores, que pudo encontrar debajo de los pupitres de sus compañeros. Los llevó a su casa (vivían a sólo dos calles del colegio, en el barrio de Chamberí), volvió al recreo, y le dio tiempo a jugar un partido de fútbol -de diez minutos- mientras pensaba que, en realidad, buscarse la vida no era tan difícil como él hubiera imaginado.
QUINCE AÑOS NO TIENE MI AMOR
Le dijo Catón aun viejo maligno:
«Hombre, ya que la vejez trae
consigo tantas cosas desagradables,
no le añadas tú la afrenta de la perversidad».
PLUTARCO, Vida de Marco Catón
El Madrid del Sur es muy distinto del Norte de la ciudad. Una vez rebasada la calle Santa María de la Cabeza, pasado el sucio Manzanares -un río minusválido, siempre necesitado de la discriminación positiva, y los amargos beneficios que reporta la incapacidad, para lucir un poco de agua, de esplendor prestado gracias a la caridad o a la lástima de los gestores municipales-, cuando la Plaza Elíptica se pierde en el espejo retrovisor del autobús, el paisaje se va transformando progresivamente en más y más industrial y polvoriento de la misma manera que, cuando se dejan atrás la Plaza de Castilla y Alcobendas, la sierra madrileña va floreciendo y deleitando la vista con su vegetación mediterránea de matorrales y pinos.
El vehículo enfiló la nacional 401 e hizo un alto delante del Tanatorio del Sur. La gente que se bajaba allí nunca parecía sentirse dichosa por haber llegado hasta ese punto.
Cinco paradas después de aquélla, Ulises y Telémaco también bajaron con alguna dificultad del autobús, y se plantaron sobre el barro que rebosaba de los encharcados parterres que bordeaban la acera frente al asilo. Un edificio de ladrillo rojo y ventanas de aluminio se levantaba a pocos metros de la parada. Podía haber pasado por un colegio público o la biblioteca del barrio de no ser por el cartel de pomposas letras de metal dorado que anunciaban: «Residencia de Personas Mayores El Retiro».