La amigdalitis de Tarz?n
- Автор: Echenique Alfredo Bryce
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La amigdalitis de Tarz?n». Краткое содержание книги:
– Feliz Navidad -me contó, a la mañana siguiente, Fernanda María, que fueron las palabras con las que me quedé dormido encima de ella y que por eso había amanecido con este brazo todo acalambrado, mira tú qué bruto eres, Juan Manuel Carpio…
– Qué alegre -recordaba yo que había exclamado ella, sin signo de exclamación alguno, dulce, tiernamente, mientras notaba que algo llamado Vaso se me caía de la mano y me estoy quedando dormido en un mundo raro… all right… me… también…
Dos años después, todo seguía más o menos igual, diría yo, aunque estoy convencido de que, en mi lugar, Fernanda María, contraatacaría:
– No, señor. No, Juan Manuel Carpio…
– Llevo dos años rogándote que, ¡por favor!, te limites a llamarme Juan Manuel.
– Y yo llevo dos años diciéndote que el día en que te deje de llamar Juan Manuel Carpio me habré hartado de ti…
– Te encanta regodearte con lo de mi modesto origen y tu nariz en el aire, haciéndole ascos a…
– Imbécil.
– Oligarca.
– Mucho oligarca, sí. Pero la que trabaja aquí soy yo…
– Hija de puta…
– ¡Perdóname, amor! ¡Juan Manuel Carpio, perdóname por favor! ¡Nadie, ni la Piaf, ni el Montand, ni el Aznavour, ni el Brassens, han cantado para mí tan lindo como tú!
– ¿Y eso no es trabajar? ¿Y día y noche y sin horarios ni sindicatos, como tú? Y además corro a diario a la Sorbona para asistir de alumno libre a cuanta clase de literatura exista. Bueno, corría, porque el otro día le pregunté por Georges Brassens al huevonazo que dicta poesía francesa contemporánea, y me respondió que si quería hablar de Brassens me largara a cualquier bistró, cafetín o callejuela. Y, claro, me largué, tras haberlo mandado a él y su curso a la mierda, por supuesto. La Sorbona ha muerto, Fernanda María. Pero, bueno, todo esto ¿es o no trabajar?
– Sí y no…
– ¿Cómo que sí y no? A ver si hablas un poquito más claro. Eso, para ti, ¿es trabajar o no?
– Es también cantarle a Luisa y eso es lo que me jode, Juan Manuel Carpio.
– ¿Y Frank Sinatra y el all right?
– Pues sí y no, Juan Manuel Carpio, porque a una le gusta sentirse querida, también.
En fin, por todo esto, creo yo, contraatacaría Fernanda María, dos años después:
– Todo sigue más o menos igual, si quieres, de acuerdo, Juan Manuel Carpio. Pero, con sus más y con sus menos, diría yo.
Y razón no le faltaba, en el fondo, porque aparte de que su sueldo, por minuto trabajado, equivalía al producto mensual de mi gorra, más alguna embajada de las que ella me conseguía ahora, alguna noche Pro Víctimas de Algo Siempre en el Perú, en las que uno tenía que pagarse hasta la entrada, para luego escucharse cantar, y alguna función vestido de indio de Guatemala, de México, de Paraguay, de Bolivia, del Perú, y alguno que otro país más en que los indios del sol son sinónimo de esperanza en el buen salvaje homogeneizado y pasteurizado para el futuro de la humanidad…
En fin, que entre la revolución cubana y El cóndor pasa, América Latina estaba más presente que nunca en París, a partir de aquel maravilloso Mayo del 68 en que, por más cansada que regresara Fernanda María de la Unesco, cada vez que yo salía disparado, guitarra e imaginación en mano, para llevarlas al poder, ella soltaba su eterno It's all right with me y nos íbamos corriendo a la revolución y la encontrábamos más linda todavía de noche que de día, con las hogueras y las barricadas y las cadenas humanas para alcanzarse el próximo adoquín antipoder policial, en medio de la solidaridad de los pueblos de la noche, según frase célebre de Malraux, que era ministro de Cultura del gobierno que nos íbamos a tumbar, en fin, qué se le va a hacer, ése era problema suyo…
Bueno, tampoco hay que olvidar que, entre los más importantes líderes espirituales de Mayo del 68, el Che Guevara (con su boina vasca, su puro a lo Winston Churchill, y su barba a lo latinoamericano, es decir, ralita) se llevaba la palma, y al final fue el único o lo único que sobrevivió en la memoria popular y el inconsciente colectivo, gracias a un póster posmortem que no cesaba de recordárselo a uno y que yo usaba, valgan verdades, como telón de fondo de mis sesiones de callejón del metro o de terraza de bistró en verano, para que la gente redoblara el esfuerzo de darme una propina, al sentir que, además de contribuir con el arte, estaba contribuyendo también con la más noble, derrotada y muerta de las causas, e povrecitó le Shé.
– Inmundo. Eres un inmundo, Juan Manuel Carpio.
– Es que no nací con agua corriente fría y caliente como tú, rica heredera.
– ¿Quieres que te enseñe mi hoja de pago, inmundo?
– Asquerosa, tú. Que el otro día te acostaste con un cantautor realmente asqueroso, ése sí que sí.
– No me acosté con nadie, cretino. Lo que hice fue practicar el amor libre y las enseñanzas de Mayo del 68, con ese cantautor colombiano, y tú estás que te mueres de celos, inmundo y otra vez inmundo. Explotar así al pobre Che Guevara, que ha muerto tan solitito en Bolivia. Eso sí que es ser verdaderamente asqueroso.
– Sí, pero yo canto canciones en su honor, de metro en metro, mientras que tú te metes a la cama con un colombiano abyecto, moralmente incalificable y perverso. ¿Te parece poco?
– No me acosté con nadie. Practiqué el amor libre y basta. Y no me lo recuerdes, por favor.
– ¿Qué pasa? ¿Tan arrepentida estás? ¿No funcionó bien la libertad, o qué?
– Mira, Juan Manuel Carpio. Y escúchame muy bien, por favor. Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, la que viste y calza y es tremenda jefaza en la Unesco, por sus propios méritos, puede meter el culo en un pozo de mierda y sacarlo limpiecito. ¡Me oíste! ¡Me entendiste! ¡Me creíste! ¡O te me largas, para siempre, Juan Manuel y punto!
Hubo un prolongadísimo silencio, después de tanto alarido, y voy a aprovecharlo para contarles que, contra lo que ustedes, estoy seguro, están pensando, yo no vivía en casa de Fernanda María, ni a costa de ella, ni me aprovechaba tampoco de sus excelentes contactos por todo lo alto, para nada. Animé algunas fiestas cantando mis penas y mis tristezas, gracias a ella, es cierto, pero también era Rafael Dulanto el que a veces me conseguía alguna chambita cantante en salones palaciegos, de espejos biselados y alfombras silenciosas, como en el vals de Felipe Pinglo, pero esto no quiere decir que yo haya vivido de Rafael Dulanto, por el solo hecho de aceptarle un favor a un amigo, como tampoco quiere decir que le deba nada a Felipe Pinglo, salvo el citarlo, claro, por haber intentado al máximo, aunque sin el menor éxito, popularizar sus inefables valsecitos, en París, con o sin aguacero, cuando en aquella época 68 lo que el mundo pedía y hasta Simón y Garfunkel cantaban, en un inglés también del 68, era cóndores que pasan, comandantes aprendidos a querer, que al preso número 9 lo fusilaran, bis, pájaros campanas, y otros hermosos sufrimientos de unos pueblos originariamente rousseaunianos y uniformes, llamados Le monde andin.
Yo dormía donde me pescaba la noche, porque jamás quise regresar al departamento en que viví con Luisa, y hasta hoy sigo sin conservar ni siquiera una foto de ella -ya para qué hablar de la cama o de un sillón que compartimos-, en mi afán de inmortalizarla sólo con mis canciones, en verso de amor, con lo cual, me dicen, en más de una oportunidad ella se ha quejado de que, en alguno de mis regresos al Perú, yo no la haya reconocido siquiera. Y es que dicen que le dio por ganar muchísimo dinero administrando empresas, y que esto la hizo engordar a mares, cosa que a Fernanda María le encanta, por lo del bofetadón limeño…
Pero el capítulo «Bofetada limeña», de mi historia, dentro de la historia de Fernanda, viene después, y estábamos en que yo dormía donde me pescaba la noche, desde que Luisa…
Pues me pescaba, y a ustedes qué diablos les importa, generalmente en el lindo departamento estilo mundo raro, para mí, de Fernanda María. Y qué culpa tengo yo también de que a ella la noche la pescara en mis brazos, a cada rato, cuando yo llegaba agotado y sin haber ahorrado ni para un hotel sin estrellas, y cruzaba por la parte de atrás del hotel particulier de la familia multimillonaria que le alquilaba una parte de ese caserón con zaguán y todo, entrando por el portalón de aquel patio de lujo inglés, más bien, y subiendo por esas maravillosas escaleras de piedra que me llevaban hasta el Qué alegre, Juan Manuel Carpio, con que me recibía siempre Mía, pelirroja, pecosita, flaquita deliciosa, con sus sonrientes ojazos verdes, sacando inmediatamente el whisky y el hielo a los que me había hecho acreedor por haberme trepado a lo loco tremenda escalera, para amanecer otra vez entre sus brazos. La bajábamos muy alegremente, también, la hermosa y amplia escalera de piedra con sus columnatas, en primavera, para organizar maravillosos cocteles, porque la familia multimillonaria casi nunca estaba, y además a Fernanda María de entrada le tomaron gran cariño y le prestaban su patio, sus bancas verdes, sus enredaderas, el millón de macetas floridas, sus mesas y sillas de terraza Finzi Contini, en fin, lo más primaveralmente lindo del palaciote ese de piedra que Fernanda María insistía en calificar de gótico muy tardío, y yo de mundo raro, para mí, y punto.
Que quede clarísimo, además, que yo nunca le cobré un centavo a Fernanda María por cantar en sus guateques primaverales o de principios de verano, a los que medio boom de la literatura latinoamericana llegaba, a veces, subordinadísimo y todo, en vista de que ella seguía siendo jefota de algunos tamaños escritorazos y de que estos algunos traían a los otros, siempre de paso por París. Y uno ahí canta que te canta lo mejor de la tristísima belleza de sus versos propios, pero ellos boom para arriba y boom para abajo, ni cuenta que se daban de nada, ni siquiera de que el cantautor peruano era uno de los suyos, con permiso de residencia caducado, difíciles comienzos, años duros, mítica búsqueda de las luces en la Ciudad Luz, corazón a la izquierda, profundo arraigo en el desarraigo, los pasos perdidos, realismo mágico, cara de pobre tercer mundo, por Dios Santo y Bendito, y otros indispensables atributos más. Pero nada, ni cuenta que se daban de que uno también era artista, los señores esos.