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Электронная книга - «La amigdalitis de Tarz?n». Краткое содержание книги:

Juan Manuel Carpio, cantautor peruano probando suerte en Par?s y Mar?a de la Trinidad del Monte Montes, joven arist?crata salvadore?a, narran la historia de su relaci?n a trav?s de cartas en La amigdalitis de Tarz?n. Ella fracasar? en su intento de llevar una vida plena en el matrimonio con un fot?grafo chileno. ?l tendr? aspavientos internacionales a trav?s de sus canciones. Pero ninguno imaginar? lo indispensable que se tornar? para cada cual la lectura del cari?o del otro en las misivas, las cartas, que protagonizan La amigdalitis de Tarz?n.
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Una sola y larga carta de Fernanda me puso al corriente de todo este horror, aunque como siempre mi tan maravillosa Maía se las arregló para terminar contándome noticias de nuestros amigos comunes, de Rafael Dulanto o de Charlie Boston, por ejemplo, con los que siempre mantenía algún contacto salvadoreño, y luego, además, agregó anécdotas divertidas, sucesos extraordinarios, llenos de frescura, radiantes de vida, porque ella tenía esa gracia con que se viene al mundo de salir impoluta de las más sucias y abismales situaciones, de ver el aspecto no culpable y el pespunte mal zurcidito que ironiza hasta la mano que aferra y le lanza a uno un botellazo, y encarnar a fondo estas palabras de Hemingway que a mí tanto me conmovieron, la tarde en que las leí, porque fue de golpe como si un Alfa Romeo verde con Mía al timón hubiese pegado un frenazo a mi lado y hubiese gritado mi nombre, sí, también mi adorada Fernanda María de la Trinidad Experimentó la angustia y el dolor, pero jamás estuvo triste una mañana.

Y esto es lo que dejaban translucir sus cartas, sus frases a veces breves, casi siempre burbujeantes, sus palabras dotadas de una frescura cristalina, como guijarros recién sacados de un arroyuelo curvilíneo y juguetón, por la mañanita, en primavera, con un sol sumamente alegre y nada perturbador. A veces, leyendo alguna carta de Fernanda María, tuve la sensación de encontrarme ante la prosa ágil y aparentemente parca del mejor Hemingway, esa capacidad de sugerir e inventar una realidad muy superior a la que pueden ver nuestros ojos cotidianizados, esa extensísima concisión de decirnos las cosas sin nombrarlas siquiera, ese truco alegre y prestidigitador de la brevedad y lo lacónico. O sea algo así como un Hemingway pero en castellano y escrito además por una mujer sumamente femenina. Que poco a poco se estaba convirtiendo en un hemingwayano Tarzán, eso sí, o también, por qué no, en ciudadela árabe: piedra y muralla por fuera, jardín por dentro.

El timbre sonó en mi departamento, en el momento en que yo estaba subrayando las palabras de Hemingway sobre Mía y pensando en el tiempo tan largo que había pasado sin recibir una sola línea suya. Insistí en escribirle y escribirle, pero una tarde un Alfa Romeo verde, aunque de un modelo mucho más moderno y ya nada que ver con el nuestro, sólo la marca y el color, me hizo saber que Fernanda prefería que yo no insistiese, que le incomodaban mis cartas, que podía resultarle muy doloroso, por ejemplo, que yo le contara que los Alfa Romeo como el verdecito nuestro olían total y proustianamente distinto de los actuales, debido a que ya hoy prácticamente no los fabrican con aquellos asientos de cuero que a ti te encantaban, ¿te acuerdas, Fernanda? Era mejor, pues, un tiempo de silencio, en vista de que cariño y confianza sobraban entre nosotros, y en vista también del mal rato que ella estaba pasando allá, seguro. Esto era lo que ocurría, a esto se debía aquel vacío postal, claro, qué tonto soy yo a veces… Y, puesto que Fernanda María jamás estuvo triste una mañana, atendí muy amablemente y con propina al cartero que tocó la puerta para entregarme una carta certificada y urgente, aquella tarde.

Caracas, 14 de octubre de 1976

Querido Juan Manuel Carpio,

Tienes razón. Yo siempre pensé que fue la rabia de Luisa, en Lima, pero no. Todo se decidió la mañana en que no te vi, mi amor, y tú no lograste moverte, tampoco, ante ese semáforo en rojo. Lo recuerdo vagamente, como escondido debajo de la bruma de una triste y oscura mañana de París y una buscando desesperadamente llegar a tiempo a la Unesco y de golpe torciendo a la derecha, en vez de seguir de frente, porque acaba de tomar la determinación de partir a Chile, aunque haciendo antes una escalita en Lima, no sea que. No sea que nada. Esa mañana, en París, Juan Manuel Carpio, cada cual decidió meterse en el lío que podía.

La culpa la tuvo, como siempre, nuestro Estimated time of arrival, al que tan disciplinadamente le obedecemos siempre tú y yo y que nos hace llegar siempre en otro momento, cuando no a otro lugar. Porque mírame tú ahora en Caracas, pero con la decisión tomada de desmontar esta tienda latinoamericana para trasladarme con mi tribu al Salvador. Por lo menos es mi país, y eso se aprecia. Y yo podré trabajar. Porque ahora soy, además, cuatro.

Y digo cuatro y que todo se decidió ante ese semáforo, esa mañana, en París, porque es a raíz de mi partida a Chile que hoy desde Caracas te escribo para avisarte que, nada menos que el Día de los Inocentes, nació Mariana Fernanda. Feroz, hambrienta, con enormes pies, y una nariz respetable, un poco colorín. Se salva de sus pecados nocturnos con una sonrisa de angelito triste que siempre me enamora. Ya la verás por aquí o por allá o por más allá.

Anteriormente respondimos Enrique y yo a una de tus cartas, a México. ¿Te fue bien? ¿Grabaste? ¿Cantaste mucho? Es más, te envié mensajes y dibujitos míos con un amigo que viajó hacia allá. Pero parece que estaba mala la dirección en tu carta enviada desde un Holiday Inn, en San Antonio, Texas. ¿Qué diablos hacías tú por ahí? Decías que cantabas. ¿Es verdad? ¡Qué bueno que tu voz se vaya haciendo conocida! Espero que ésta te encuentre ya de regreso a tu departamento en la rue Flatters.

No bien lleguemos a San Salvador te aviso. Abrazos al señor don Miguel Ángel d'Octeville, tan lindo el viejo, y abrazos de siempre para ti, un pedito de Rodrigo y una risa de la Mariana.

Fernanda María

Me olvidaba: la suertuda de mi hermana ha logrado alquilar el mismo departamento de la rue Colombe. La muy simpática dueña se acordaba de mí y se lo dio a precio de regalo. Búscala, que ya se instaló. Es bien gringota y amiga de reírse bastante. Podrás ver el departamento que tuvimos… ¿Hemos tenido algo juntos, alguna vez, Juan Manuel Carpio? No insisto porque mis ojitos verdes no resisten. Busca a la Susy. Chau.

La tal Susy resultó ser tan simpática como inestable y el mundo para ella era como una broma gigantesca y permanente. Y un incesante ir y venir de un país a otro y de un trabajito a un cachuelo, pero todo siempre feliz. Hablaba de su hermana Fernanda María como de una diosa mal empleada y de su cuñado Enrique como de un alcohólico irascible y enternecedor, al mismo tiempo. En cierta manera, Susy suplió otra larga ausencia de cartas de Fernanda, pues siempre me mantuvo al día de lo que ocurría con ella y con su familia en San Salvador. Nada muy bueno, por supuesto.

Por otro lado, y como quien ni cuenta se da, Susy prácticamente se apropió, por un puñadito de francos, de aquel hermoso departamento que yo ahora recordaba como el corazón de lo que alguna vez llamé mi mundo raro. Susy abandonaba París durante semanas y meses, a cada rato, y como ni me avisaba, yo aparecía, tocaba la puerta, y encontraba con alguna amiga a la que ella le había prestado el departamento o con alguna de las otras hermanas de Fernanda María. La verdad, entre las seis hermanas del Monte, una pelirroja, dos muy morenas de ojos y pelo negros, una castaña de ojos pardos, y dos rubísimas de ojos azules, el único común denominador parecía ser, aparte de los apellidos, la nariz grande y aguileña y un incesante vagabundeo internacional, con excepción de la mayor de todas, Cecilia María, muy bien casada con un norteamericano y muy instalada en California, aunque con su narizota, eso sí, prácticamente desde que terminó el colegio.

Pero bueno, las noticias directas terminan por llegar, y el día bendito del 15 de marzo de 1979, recibí la siguiente, inmensa, sorpresa:

Querido Juan Manuel Carpio,

FÍJATE QUE VOY A PARÍS UNOS DÍAS!!!! Con muchísimas ganas de verte, con las manos llenas de encargos, de abrazos, de fotos, de dibujos y cuentos míos para niños. Ojalá logre encontrar algunos amigos y reunirnos. Los días que estaré serán pocos. La oficina con que trabajo me manda a un curso en Manchester. Brrr… Y después de Inglaterra tengo firme y alegre intención de fugarme a París a ver las gentes y lugares queridos. Estaré allá sólo una semanita. Y para rematar, serán los días de Semana Santa. Ojalá que no emigren en esas fechas todos los pájaros amigos.

Llegaré a tu pueblo el 7 de abril, y regreso el 15, o sea Domingo de Pascua Florida. Si acaso vas a salir en ese tiempo, por favor avísame, ya que realmente mi turismo es exclusivamente sentimental, y tal vez se pueda arreglar otras fechas si veo que hay una ausencia tan mayúscula como la tuya y la semana corre peligro de ser excesivamente santa.

Otra cosa: no tengo tu número de teléfono. Mándame telegrama, por favor.

Salgo de San Salvador el 25 de marzo y llego a Londres el 26 lunes. En Londres estaré donde mi hermana Andrea María, tel. 370 76 40. Dirección: 47A Evelyn Gardens. London SW-7.

Enrique se queda aquí, cuidando a los hijos abandonados, y cuidándose él de las tías, abuelos, etcétera, que estarán por supuesto alborotadísimas cuidando a los niños abandonados también. No le envidio su tarea. Pero llevo en la maleta algunos fuertes abrazos de él.

Pronto espero verte, y a los demás. Manda ese telegrama, por favor. Y dime si vas a estar o no. Como ves, el E.T.A. te lo he puesto íntegro, esta vez, con la ilusión de que París esté donde lo dejé y tú también.

Abrazos que allá serán mucho más abrazos,

Fernanda María

Nos dejamos capturar el uno por el otro, desde que nuestros labios se fueron directamente en busca de los labios del otro, no de las mejillas, ni de la frente, directa y ansiosamente a la boca del otro, y al abrazo muy fuerte, ya doloroso, se le escaparon brazos y manos que buscaban otras zonas del cuerpo, un seno, el corazón, las caderas, un resbalón por el muslo.

– Abandonemos este aeropuerto en el acto, Juan Manuel Carpio. No tenemos ni un minuto que perder. ¿Tienes auto o nos pagamos un taxi?

– Tengo un Alfa Romeo verde. El mismo modelo, sí. 1970 y los asientos de cuero.

– A lo mejor hasta huele a mí todavía, oye tú.

– Ya me habría dado cuenta, mi amor. Además, era azul. Lo acabo de hacer pintar.

– Qué alegre, Juan Manuel Carpio. Qué alegre y qué alegre y qué alegre.

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