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Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:

El doctor Raúl Cárdenas fue el primero en descubrir las consecuencias de la noche de pasión que había compartido con Heather Sanders. Al examinarla después de un accidente se dio cuenta de que se había quedado embarazada.
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
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– El guardaespaldas que tienes en el vestíbulo me ha dicho que no querías que te molestaran. ¿Es cierto? -preguntó con voz aterciopelada.

¿Guardaespaldas? Heather frunció el ceño.

– Ah… Supongo que te refieres a Todd -contestó cuando, por fin, logró hablar. Vio al joven que los miraba-. No es guardaespaldas, es otro alumno del centro.

Raúl no dejó de mirarla.

– Él no parece pensar lo mismo.

Heather no se podía creer que, en lugar de estar de camino a Suramérica, Raúl estuviera delante de ella.

– ¿Le ha ocurrido algo a mi padre o a los Dorney? ¿Por eso has venido? -le preguntó angustiada.

Raúl apoyó una mano en la jamba de la puerta.

– Me temo que el problema está más cerca. Me ha pasado algo a mí.

– No te entiendo.

– ¿Qué dirías si te dijera que cambié el vuelo solo porque quería volver a verte?

Heather sintió que se ruborizó de pies a cabeza.

– Yo… creía que estabas de camino a Argentina.

– Así es. Dentro de veinte minutos, me tengo que ir al aeropuerto.

«¡No!».

– Entonces, ¿para qué te has molestado en venir? -gritó.

Heather lo oyó tomar aire.

– Tal vez para asegurarme de que no eres producto de mi imaginación.

– No deberías haber venido -dijo ella sin saber dónde mirar.

– Tienes razón, pero, por primera vez en mi vida, he hecho algo contrario a lo que me dictaba la razón.

Heather se mojó los labios nerviosa.

– Esto… esto es demasiado pronto después de lo de Salt Lake.

Su sinceridad era tan arrebatadora como la noche en que se conocieron. Raúl masculló un epíteto y se paso la mano por el pelo. Se irguió por completo.

– ¿Quieres que te deje seguir ensayando?

– No… -contestó desolada ante la idea de que se fuera y la dejara más triste que nunca.

La miró a la boca.

– Heather, ¿adónde podemos ir para estar solos?

Aunque no se estaban tocando, percibió que Heather estaba temblando.

– Aquí.

Por fin había dicho las palabras que él se moría por oír. Raúl sabía que, si entraba, su vida cambiaría. Tenía la corazonada de que ella también lo sabía. Era como si pudieran leerse el pensamiento.

Dudo, como dándole una última oportunidad. De que, no lo sabía exactamente. Ella se quedó allí, de pie, esperando…

Sin poder resistirse, entró. Dio el paso definitivo. Al cerrar la puerta, vio la cara de sorpresa del joven.

Raúl cerró con llave y se giró hacia ella.

– Sabes lo que quiero hacer.

– Sí -contestó ella-No he podido quitármelo de la cabeza.

– Entonces, ven aquí, muchacha -le rogó Raúl.

Heather fue hacia sus brazos lentamente y levantó la cabeza para besarlo. Él la levantó del suelo. No se podía ni imaginar lo que iba a sentir al acariciar y besar a Heather Sanders.

Su respuesta fue tan cálida que rompió todas las barreras e hizo que fuera Raúl quien temblara. Había oído la pasión que ponía al tocar y se había pasado las noches en vela imaginándose cómo sería sentirla entre los brazos, pero la realidad iba más allá de cualquier fantasía.

Comenzaron a moverse y a respirar a la vez. Quería saberlo todo sobre ella y no podía parar lo que estaba sucediendo, como tampoco podía pararlo ella.

Heather nunca había sentido aquella gloria.

Los besitos que se había dado con los chicos con los que había salido no tenían nada que ver con aquel rapto de lujuria. Raúl había despertado en ella un apetito insaciable. No quería que aquello terminara nunca.

– Madre de Dios. Te deseo, Heather. Te deseo tanto que podría comerte viva -dijo apretándola contra sí-. ¿Cómo lo vaya hacer para separarme de ti, mi amor?

Anonadada por la euforia sensual, al principio, Heather no se paró a pensar en aquella frase, pero, cuando lo hizo, sintió una punzada de dolor y se apartó.

– ¿Cómo puedes decirme que me deseas y hacerme esa pregunta como si nada? -le gritó temblando como una hoja.

– ¿Cómo no te lo iba a decir? Está claro que no tenemos futuro. No tengo derecho a tocarte. Si tu padre se enterara de que he venido…

Heather se apoyó en el piano.

– Será mejor que te vayas -se forzó a decir-. Vas a perder el avión.

Raúl se sintió como si hubiera corrido durante kilómetros y le faltara el aire.

– Me parece que he cometido un grave error viniendo.

Ella levantó el mentón orgullosa.

– Si lo dices por mí, no tienes por qué preocuparte. Hemos satisfecho un capricho. Solo era eso.

Raúl negó con la cabeza.

– Es la primera mentira que me dices desde que te conozco -le dijo con expresión dura-. Ojala fuera cierto.

Heather no dio su brazo a torcer.

– El tiempo lo cura todo. Vivir en continentes diferentes nos ayudará a superarlo.

– No te lo crees ni tú.

– No pienso tener una aventura contigo.

Hubo una larga pausa.

– Tienes mucho que aprender sobre mí, Heather. Solo te tomaría una vez bendecidos por el lazo del matrimonio, pero eso está fuera de cuestión.

Otra puñalada.

Un médico de treinta y siete años que vivía en un poblado sin mujer no estaría dispuesto a casarse con la primera que se le cruzara en el camino. Heather no quería oír más.

– Por favor, Raúl, vete.

– No quieres que me vaya.

– ¿Qué quieres? -le gritó exasperada.

Raúl apretó las manos.

– Ayúdame, no lo sé. No tengo una vida convencional. Tú acabas de empezar con tu carrera de concertista. Tienes un futuro maravilloso por delante. Un noviazgo normal está fuera de cuestión por razones obvias que no hacer falta ni mencionar.

– Una relación en la que nos viéramos un fin de semana de vez en cuando no creo que nos satisficiera a ninguno de los dos. La única solución es casarnos o no volvernos a ver.

– Tendrías que dejar tu carrera, y no mirar atrás.

Por lo que me ha contado Evan, tu padre se moriría. Quiero que sepas que soy un hombre posesivo. Te quiero conmigo todas las noches.

Heather tuvo que sentarse.

– Mi vida está en la selva. Tendrías que venir a mi mundo. No te podría prometer nada. En otras palabras, Heather, acabarías odiándome. Es un entorno tan duro que casi nadie quiere a trabajar allí. No lo resistirías.

– ¡Eso no lo sabes! -gritó ella levantándose.

– ¡Claro que lo sé! Por mucho que quiera que seas mi esposa, no puedo pedirte que renuncies a tu vida. Tienes un don y no pienso pedirte que hagas semejante sacrificio.

A Heather no le dio tiempo de contestar. Raúl giró el pomo y abrió la puerta.

– Perdona por la intromisión. No volverá a suceder.

Lo decía en serio. Se iba a ir y no volvería a verlo.

– ¡Raúl, no te vayas!

El se giró sonriente.

– Quédate hasta mañana -le suplicó-Si es lo único que tenernos, al menos, pasemos la noche juntos.

– Si me estás proponiendo lo que yo creo, no tienes ni idea de en lo que te estás metiendo -le dijo-. Algo me dice que nunca te has acostado con un hombre.

– ¿Me vas a echar en cara que sea virgen? -le gritó-. Hace un momento, me has dicho que me deseabas.

– Más de lo que te puedas imaginar.

– Yo también te deseo -le confesó-. Por favor,

Raúl. Hazme el amor esta noche. Me muero de ganas.

– Mañana, te arrepentirás -le dijo pálido.

– Si esta noche no la paso contigo, el resto de los días de mi vida no tendrán sentido.

– No digas eso.

– ¿Por qué? -le espetó-. ¿Porque sabes que es verdad?

Heather se dio cuenta de la lucha que Raúl estaba librando en su interior.

– Heather, eres demasiado inocente.

– Concédeme el beneficio de la duda. El mes que viene, cumpliré veintiséis años. Casi todas mis amigas están casadas y algunas tienen hijos. Visto que el matrimonio no entra en nuestros planes, te has creído que eso quiere decir que no puedo tener vida personal. Vete al… -se dio la vuelta para que no la viera llorar.

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