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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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CUANDO SE APAGA LA LUZ

Vosotras, jóvenes a quienes no coartan ni

las leyes ni el pudor, ni las prerrogativas,

acordaos desde ahora de la senectud

que vendrá, y así no pasaréis ningún

momento en balde. Holgaos mientras

devoráis los años juveniles, pues el tiempo

corre como el agua deleznable.

OVIDIO, El arte de amar

«Somos insensatos, tartufeamos, enloquecemos, fracasamos constantemente y, a veces, la vida nos parece peligrosa e indigna, pero llevamos dentro un velado deseo de supervivencia a toda costa, la turbia fascinación por el gran festín de vivir que nos aguarda a cada minuto con sus venablos afilados y su oscuro enigma embrujador. Deseamos liberarnos de la carne, de estos pobres despojos que envuelven nuestro esqueleto, y de los espacios vacíos que aloja nuestro espíritu… pero, ¿a dónde iríamos desprovistos de todo eso?, ¿qué sería de nosotros sin nuestras carencias, sin nuestras miserias desatadas y hambrientas como una jauría? ¿Tendríamos un Shakespeare, una MIR, un Miguel Ángel, conoceríamos con exactitud la apasionante vida de las bacterias? Amigos míos, hay que aprender a mirar hacia la claridad rojiza del horizonte lleno de reflejos, y urdir cada día nuestra historia más allá de toda razón o conveniencia, porque somos paja que puede encender grandes fuegos», había dicho Vili una tarde de primeros de septiembre.

Luz recordaba sus palabras -quizás no con toda exactitud-, mientras caminaba por Atocha. Cerca del museo Reina Sofía distinguió una figura familiar entre la aglomeración de gente que iba y venía apresuradamente, tratando de cruzar los semáforos, o coger los autobuses de cercanías, o abrirse paso entre el resto de las personas que confluían a aquellas horas por el centro de la ciudad.

Para una mujer, pensó Luz, siempre había algo de conmovedor en un hombre que aprieta contra su pecho a un niño pequeño. Daba sensación de seguridad mirar a un hombre así. Una sentía una sorprendente excitación ante esa imagen, y se sobrecogía sin querer a causa de un insólito y antiguo poder femenino: de la fuerza que -ya lo había olvidado- suponía ser y sentirse mujer.

Luz imaginó las dotes para el placer del joven padre, las manos de Ulises dejadas caer, enervadas y laxas, a los lados de la cama, por la noche, cuando estuviese dormido. La cuna a su lado, por si el chico se despertaba de madrugada con sed, o alguna pesadilla infantil de ésas en las que grandes manchas negras y siniestras amenazan con aplastar los cuerpecitos indefensos de los niños.

Se ruborizó al reconocer sus pensamientos, pero aun así avivó el paso hasta que se colocó al lado de Ulises, que llevaba en brazos a su hijo, y le tocó el hombro con timidez, aunque también con decisión.

Ulises se volvió sobresaltado y, como si estuviese defendiéndose de un ataque por sorpresa, agarró al vuelo la temblorosa mano de Luz y estuvo a punto de retorcérsela.

– ¡Aug! -se quejó ella.

Ulises la soltó al momento y trató de disculparse.

– ¡Oh, Dios mío, cuánto lo siento! ¿Te he hecho daño?

Luz mintió asegurando que no era nada.

Telémaco la señaló con su manita pegajosa, donde se deshacía una piruleta tan roja como pestilente. Nadie sabia a ciencia cierta qué demonios mezclaban con el caramelo los fabricantes de chucherías para lograr que oliera a fresa -y de una manera tan sobrenatural-, algo que no se parecía ni remotamente a una fresa.

– ¿Es mala, papi? ¿Bösse? -preguntó el chiquillo apuntando a la mujer, que se acariciaba la articulación entumecida.

– No, no es mala, es buena, es amiga de papá. Se llama, se llama… Esto… Es una buena amiga de papi. -Ulises la miró con una media sonrisa de disculpa. Probablemente apenas si había reparado antes en ella, y ni siquiera la recordaba de verla en la Academia.

– Luz. Me llamo Luz. De la Academia de Vili… -dijo ella, con la mueca embarazada de alguien que acaba de darse cuenta de lo inoportuna que resulta su visita a la hora de comer en casa ajena.

– Claro, ya lo sé, Luz -replicó Ulises, aunque no había estado muy seguro hasta ese momento.

Pensó que la mujer que tenía delante debía de ser de las que acudían a oír a Vili, pero solían hablar poco. Quizá por eso no se había fijado en ella antes, pese a que su cara le sonaba.

Lo cierto era que la señora no estaba mal. Una especie de Natalie Wood un poco ajada, aunque en algún remoto lugar de aquellos ojos -tan tímidos y azorados y azules- él podía ver brillar la chispa. Esa pavesa a punto de apagarse, pero aún con el brío de un hierro al rojo vivo, en potencia. Probablemente sólo necesitaba que le soplasen un poco para avivar la llama.

Se preguntó si estaría casada. Dedujo que sí por su anillo, pero sobre todo, después de que él dejara al niño en el suelo y le cogiera la muñeca con una mano, frotándosela con suavidad entre sus dedos, sobre todo por la expresión de su cara.

– Hola -la saludó el niño. Tenía la encantadora apariencia de su padre cuando reía. Pícara y delicada, pero si conociera algún espeluznante secreto que ella ocultaba, y estuviera pensando en contárselo a todo el mundo.

EL ARTE DE AMAR DE ULISES

Para ser felices debemos deshacernos de

nuestros prejuicios, ser virtuosos, gozar

de buena salud, tener inclinaciones y pasiones

y ser propensos a la ilusión, pues debemos

la mayor parte de nuestros placeres

a la ilusión y… ¡ay de los que la pierdan!

MADAME DU CHÂTELET,

Discurso sobre la felicidad

– Bueno… -confesó Ulises, y le dio un largo sorbo a su vermut de grifo-. Sí, la verdad es que mi mujer también sufrió mucho con nuestra separación. Sufrió tanto que, por lo que he podido ver, sus pechos han aumentado tres tallas, y sus michelines posparto se han reducido otras dos.

Ulises apretó con fuerza sus labios y sonrió a Luz mientras le daba a Telémaco una patata frita. Se preguntaba soñadoramente hasta qué punto aquella mujer era asequible para él. Parecía inquieta y desorientada, igual que un perro tratando de cruzar por su cuenta la Gran Vía, pero también ansiosa por agradar y hacerle creer al mundo que era confiada, fuerte. Sus uñas alargadas, sin pintar pero bruñidas, su pequeña barbilla, sus cejas negras tan bien remarcadas y sus ojos, dos grandes espacios azules inexplorados, le gustaban. Imaginaba su carne tibia por las noches, metida en la cama, arrebujada contra el borde para no rozar sin querer el cuerpo de su marido. Cómo palpitaría su seno izquierdo al compás del murmullo entrecortado de su corazón.

Luz había florecido -y había empezado a consumirse resignadamente-, sin que nadie apreciara del todo su belleza. Eso la había vuelto triste, se dijo Ulises.

Él amaba a las mujeres pero, después de darle muchas vueltas al tema, había acabado por aceptar que, así, en conjunto, el sexo femenino constituía un embrollo impenetrable que se escapaba a su comprensión (como habían deducido tantos otros hombres antes de él), porque nunca sabía qué pensar de ellas, ni qué era exactamente lo que pasaba por sus cabezas. Si bien intuía -basándose en su experiencia con Penélope, y en la lectura de algunos libros- que necesitaban, sobre todo, estimación, apreciación, porque cuando no las encontraban se volvían frías, tanto que podían cortar el mar en dos sólo con una de sus yertas miradas de insatisfacción y reproche.

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