La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
– ¿Qué quieres, Nemesio?
– Necesito hablar con Julián, Rosita. Dime dónde puedo encontrarlo.
Rosita hizo un gesto acanallado.
– Hace meses que no veo al Julián. Ahora va con otra.
Nemesio agitó la cabeza tristemente sin levantar los ojos del suelo.
– No me mientas. Os vi entrar en esta misma casa el domingo pasado.
– Vaya, conque nos espías, ¿eh? ¿Y por cuenta de quién, si se puede saber? -dijo Rosita mientras vaciaba la cesta, mezclando en su voz la indiferencia y el desprecio.
– Por cuenta de nadie, Rosita, te lo juro. Ya sabes que tú, para mí…
– Está bien -cortó la prostituta-, ya te puedes ir.
– Dime dónde está Julián. Es importante.
– No lo sé.
– Dímelo, mujer, es por su bien. Han matado a un tal Savolta, Rosita. No sé quién es, pero es un pez gordo. Sospecho que Julián anda complicado en el asunto. No digo que haya sido él, pero sé que algo tiene que ver con Savolta. Vázquez se ha hecho cargo del caso. He de advertir a Julián, ¿no lo entiendes? Es por su bien. A mí, mujer, ni me va ni me viene.
– Algo te irá, cuando tanto insistes. Pero yo no sé nada. Vete y déjame en paz. Estoy cansada y aún tengo mucho que hacer.
Nemesio estudió el rostro de Rosita con una mezcla de piedad y respeto.
– Sí, tienes mala cara. Estás cansada de buena mañana y eso no está bien. Esta vida no te conviene, Rosita.
– ¿Y qué quieres que haga, desgraciado? ¿Vender chismes a la policía?
Nemesio abandonó la casa con el presentimiento de que algo malo se avecinaba.
Lepprince se encargó de hablar con María Coral. Yo no me sentía con ánimos de hacerlo y agradecí su mediación. Tardó tres días en darme la respuesta, pero el tono de su voz era festivo cuando me comunicó que la gitana estaba feliz de casarse conmigo. Casi al mismo tiempo que empezamos los preparativos para la boda, comenzó mi trabajo con Lepprince. Ante todo, abandoné por fin el despacho de Cortabanyes. La Doloretas derramó unas lágrimas en mi despedida y Perico Serramadriles me golpeó la espalda con afectada camaradería. Todos me deseaban suerte. Cortabanyes estuvo un poco frío, quizá celoso de que le dejara por otro (un sentimiento que muchos jefes se permiten con sus empleados, sobre los que creen tener un cierto derecho de propiedad). Al principio, el trabajo que Lepprince me asignó me produjo vértigo. Luego, con el tiempo y como suele suceder con todos los trabajos, terminé por hundirme en una rutina muelle y grisácea en la que contaba más el número y formato de un documento que su contenido. Por otra parte, y hasta tanto no se materializasen los proyectos políticos de Lepprince, mi labor se limitaba a una mera selección y clasificación de artículos periodísticos, cartas, panfletos, informes y textos de diversa índole. Otras cosas, sin embargo, me absorbían con mayor intensidad. En efecto, apenas María Coral hubo dado su conformidad al matrimonio procedimos a convertirla en la digna esposa de un joven y prometedor secretario de a1ca1de. Recorrimos las mejores tiendas de Barcelona y la pertrechamos con los últimos modelos de ropa y calzado venidos de París, Viena y Nueva York. Emprendí por mi cuenta, y siguiendo consignas de Lepprince, una labor de refinamiento, ya que las maneras de la gitana dejaban mucho que desear. Su vocabulario era soez, y sus modales, destemplados. Le hice aprender a conducirse con elegancia, a comer con propiedad y a conversar con discreción. Le di una cultura superficial, pero suficiente. A todo este proceso respondió la gitana con un interés que me conmovió. Estaba deslumbrada, como no podía ser menos. Vivía un cuento de hadas. Hizo progresos notables, pues poseía una inteligencia despierta y una voluntad férrea, como corresponde a quien ha vivido en ambientes tan turbulentos y ha frecuentado los más bajos estratos de la ralea humana. La vida del hampa es buena escuela.
Los meses que precedieron a nuestro casamiento fueron para mí un torbellino de actividad. Además de la educación de María Coral, el arreglo de la vivienda me llevaba horas de grata labor. Decoré nuestra casa conforme al más moderno estilo; nada faltaba, ni lo necesario ni lo superfluo: hasta teléfono había. Todo lo compré o elegí personalmente. El frenesí de los preparativos me impedía pensar y era casi dichoso. Renové mi vestuario, transporté los libros y demás pertenencias de mi antiguo piso a mi futuro hogar, peleé con albañiles, pintores y ebanistas, con proveedores, decoradores y sastres. El tiempo pasó volando y la víspera de la boda me cogió por sorpresa. A decir verdad, mi trato con María Coral en aquellos días febriles había sido frecuente, pero por alguna razón inconsciente aunque previsible, habíamos mantenido nuestros contactos a un nivel formal, casi burocrático, de alumna y maestro. Aunque la inminencia de nuestro próximo enlace debía de flotar en el aire de nuestras relaciones, ambos fingíamos ignorarlo y nos comportábamos como si, finalizada mi tarea educativa, tuviéramos que separarnos para no volvernos a ver más. Yo me mostraba eficiente y cortés; ella, sumisa y respetuosa. Nunca un noviazgo revistió tanta pulcra corrección. Alejados de familias, tutelas y cortapisas morales o sociales (yo era un desarraigado; María Coral, una vulgar cabaretera) nos comportamos paradójicamente con mayor circunspección que si nos hubiese rodeado un cerco de madres pudibundas, dueñas pusilánimes y estrictas celadoras.
Nos casamos una mañana de abril. A la ceremonia no asistió nadie salvo Serramadriles y unos desconocidos empleados de Lepprince, que firmaron como testigos. Lepprince no acudió a la iglesia, pero nos esperaba en la puerta. Me dio la mano e hizo lo mismo con María Coral. Me llevó aparte y me preguntó si todo había salido bien. Le dije que sí. Él me confesó que temía que la gitana se arrepintiera en el último momento. Ciertamente, María Coral había vacilado antes de dar el sí, pero su voz sonó imperceptible y trémula y la bendición sacerdotal se cerró como una compuerta tras su asentimiento.
Y emprendimos nuestra luna de miel. Fue obra de Lepprince, que la organizó a mis espaldas. Yo no quise aceptar aquel disparate, cuando me dio los billetes del tren y la reserva del hotel, pero insistió con tal firmeza que no me pude negar. Tras un viaje fatigoso llegamos a nuestro destino. En el tren no nos dijimos ni palabra. La gente debía de notar que éramos recién casados, porque nos lanzaba irónicas miradas y, a la primera ocasión, abandonaba el departamento y nos dejaba a solas.
El lugar elegido por Lepprince era un balneario de la provincia de Gerona al que se llegaba en una destartalada diligencia tirada por cuatro pencos moribundos. Constaba de un hotel señorial y unas pocas casas circundantes. El hotel tenía un extenso jardín bien cuidado, al estilo francés, con estatuas y cipreses. Terminaba en un bosquecillo que atravesaba un sendero por el cual se llegaba a la fuente termal. La vista era espléndida y agreste, y el aire, purísimo.
Nos recibieron con una cordialidad desmedida. Era la hora del té y en el jardín había mesas de hierro forjado y mármol, protegidas con parasoles de colorines, donde grupos y familias merendaban. Se respiraba un sosiego que ensanchaba el alma.
Nuestros aposentos estaban en el primer piso del hotel y, a juzgar por lo que luego pude ver, eran los más suntuosos y los más caros. Constaba la suite de alcoba, baño y salón. Éste y la alcoba tenían ventanales que daban a una terraza donde florecían rosales en tiestos de cerámica azul. El mobiliario era regio y la cama, más ancha que larga, estaba cubierta por un dosel del que pendía la mosquitera. En cada una de las piezas había un ventilador eléctrico que renovaba el aire y agitaba tiras de papel que ahuyentaban a los insectos procedentes del parque.
María Coral se quedó deshaciendo el equipaje y yo salí a dar un paseo por el exterior. Al pasar junto a las mesas, los caballeros se incorporaban y me saludaban, las señoras inclinaban las cabezas y las jovencitas miraban tímidamente sus humeantes tazas de té, como si leyeran en los posos de la infusión un romántico futuro. Yo correspondía muy divertido a los ceremoniosos saludos con sombrerazos de mi panamá.