La verdad sobre el caso Savolta
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:
– ¡Buenos días nos dé Dios! ¿No hay nadie aquí?
Tuvo que aguardar un rato a que apareciese un mozo cubierto con un mandil. El mozo acarreaba una barrica pesada.
– ¿Qué se le ofrece?
– Quisiera ver al dueño.
– ¿El amo? Duerme como un cerdo -replicó el mozo del mandil.
– Es un asunto importante. Despiértele.
– Despiértele usted, si no tiene apego a la vida -dijo el mozo con impertinencia y señaló una escalera estrecha y húmeda que conducía a la vivienda.
– ¿Esta educación os dan ahora? -refunfuño Nemesio Cabra Gómez iniciando el ascenso. Un concierto de sonidos inconfundibles le condujo por el angosto pasillo a una puerta baja, mal ajustada en los goznes. Llamó quedamente con los nudillos. Los ruidos no cesaron. Empujó la puerta y entró.
La alcoba del tabernero era un desván oscuro, mal ventilado, sin otro mobiliario que una silla, un perchero y un camastro que por entonces ocupaban aquél y una prójima que resoplaba. Nemesio, una vez habituado a la penumbra, distinguió el rostro barbado y cejijunto del hombre y sus brazos hercúleos y peludos que abrazaban a la prójima, una mujer de facciones rechonchas, piel rojiza y pechos rebultados que asomaban por encima del cobertor y parecían observar a Nemesio como dos lechoncillos traviesos.
El intruso avanzó a tientas, rodeó el lecho para situarse al lado del tabernero y le sacudió por un hombro. En vista de que las sacudidas no surtían efecto, Nemesio le llamó por su nombre, le dio unos cachetes y acabó por arrojar un vaso que halló en el suelo (y que creyó lleno de agua, pero resultó estarlo de vino) a la cara del durmiente.
Como suele suceder con los que tienen el sueño profundo, el despertar del tabernero fue tan brusco que uno de sus molinetes alcanzó a Nemesio enviándolo contra la pared.
– ¿Qué pasa? ¿Quién anda ahí? -gritó el tabernero.
– Soy yo, no se asuste -dijo Nemesio.
Los ojos desorbitados del tabernero identificaron al intruso.
– ¡Tú!
La prójima se había despertado y se tapaba las carnes como mejor podía.
– Perdonen la molestia, pero el asunto que me trae es grave. De otro modo, no habría osado…
– ¡¡Fuera de aquí!! -bramó el tabernero.
La prójima, por el susto, el sueño o la vergüenza, lloraba.
– ¡Don Segundino, por la Virgen, dígale que se vaya! -suplicó.
El tabernero rebuscó debajo de la almohada y extrajo un revólver. Nemesio retrocedió hacia la puerta.
– Don Segundino, no se acalore, que es cuestión de vida o muerte.
El tabernero hizo un disparo al aire. Nemesio derribó la silla en la que se apilaban promiscuamente pantalones y enaguas, brincó, salió al pasillo y bajó en un vuelo las escaleras.
– Ya le dije… -musitó el mozo del mandil y la barrica. Pero Nemesio había ganado la calle y corría entre las mujeres, que hurtaban cuerpos y capazos al paso de aquella exhalación.
Apuré la tercera copa de coñac, encendí el enésimo cigarrillo (nunca me gustaron los cigarros puros), suspiré, miré a Lepprince. La fatiga se apoderaba de mí; me habría quedado dormido en aquel butacón del Casino de no haber hecho un esfuerzo de voluntad.
– Decías que tu problema es el dinero -dijo Lepprince.
– ¿El dinero…? Sí, eso es. Apenas puedo mantenerme a mí mismo, ¿cómo voy a pensar en casarme?
– Amigo mío, el dinero nunca es problema. ¿Quieres más coñac?
– No, por favor. Ya he bebido más de la cuenta.
– ¿Te sientes mal?
– No. Un poco cansado, solamente. Siga usted.
– Corno comprenderás, he pensado también en el aspecto económico de la cuestión. Antes no te lo dije, pero tengo una propuesta que hacerte. Ahora bien, no quiero que me interpretes mal. Una cosa nada tiene que ver con la otra. La propuesta no está condicionada a tu boda con María Coral… y viceversa. No pienses ni por un momento que te coacciono.
Hice un gesto que podía significar cualquier cosa. Lepprince apagó su cigarro y un criado sustituyó el cenicero por otro impoluto. Lepprince se cercioró de que nadie nos oía.
– Lo que te voy a decir es estrictamente confidencial. No digas nada, sé que puedo confiar en ti -atajó mis protestas de discreción-. Esto que te voy a contar es sólo una posibilidad y quiero que así lo entiendas para evitar futuros desengaños. En síntesis, te diré que me han hecho serias propuestas por parte de grupos que no es momento de identificar incitándome a entrar en el terreno de la política. En un principio trataron de atraerme hacia sus respectivos partidos. Yo, por supuesto, me negué. Luego, a la vista de mi renuencia, cambiaron de táctica. Resumiendo, quieren que sea el futuro alcalde de Barcelona. Sí, no te asombres, alcalde. No hace falta que te explique la importancia que reviste semejante cargo. A ti te consta. Bien, ellos aún no saben nada, pero te puedo adelantar que pienso aceptar el ofrecimiento y, por ende, presentar mi candidatura. Creo, sin ser inmodesto, que puedo prestar un buen servicio a la ciudad e, indirectamente, al país. Soy extranjero y casi un recién llegado. Esto, que podría parecer un obstáculo, es, en realidad, una ventaja. La gente está harta de partidos y politiquerías. Yo soy imparcial, no estoy casado con nadie ni tengo las manos atadas, ¿comprendes? Ahí estriba mi fuerza.
Se interrumpió para sopesar el efecto que sus palabras me habían producido. Yo, la verdad, no debí reflejar impresión alguna, porque por entonces las cosas se movían a un nivel que sobrepasaba con mucho mi comprensión. Pensé que si Lepprince lo decía, debía de ser verdad, pero me abstuve de hacer comentarios.
– Todo esto te lo cuento como preámbulo de lo que viene ahora. La posibilidad, y fíjate que te hablo sólo de posibilidad, requiere por mi parte una preparación intensiva, y a ella estoy entregado en la medida que mis restantes ocupaciones me lo permiten. Sin embargo, no quiero mezclar las cosas, por una simple cuestión de orden. Así pues, he decidido crear una especie de oficina…, un secretariado, podríamos llamarlo, dedicado exclusivamente a mis actividades políticas. Para organizar y dirigir este secretariado necesito a una persona de confianza y, naturalmente, nadie mejor que tú.
– Un momento -dije yo sacudiendo mi somnolencia-. Si mal no lo entiendo, quiere que me meta en política.
– ¿En política? No, al menos, no en el sentido que tú le das. Quiero que hagas para mí lo que haces para Cortabanyes: un trabajo eficaz en la sombra.
– Y tendría que dejar el despacho.
– Desde luego, ¿lo lamentas?
– No… Pensaba en Cortabanyes. No quisiera perjudicarle. A pesar de todo, le debo mucho.
– Me gusta oírte decir eso. Prueba que tienes conciencia y, sobre todo, que ya piensas en mi propuesta en términos afirmativos.
– No quise decir eso.
– Bien, bien, no te preocupes por Cortabanyes. Yo hablaré con él.
Se levantó bruscamente, relajó los músculos de la cara, estiró las piernas y, revelando un cansancio similar al mío, bostezó.
– Has acabado por contagiarme tu sueño. Vámonos. Ya es bastante por esta noche. Seguiremos hablando. Reflexiona y no te precipites. Ah, me olvidaba -dijo sacando del bolsillo una cartera y de la cartera una tarjeta de visita-, ésta es mi dirección. Te apuntaré también el teléfono de mi oficina, para que me puedas localizar a cualquier hora del día o de la noche.
La limousine nos condujo a la ciudad. Habíamos hablado mucho y no habíamos concretado nada.
IV
Nos casamos una mañana primaveral a principios de abril.
¿Por qué? ¿Qué me impulsó a tomar una decisión tan alocada? Lo ignoro. Aun ahora, que tantos años he tenido para reflexionar, mis propios actos siguen pareciéndome una incógnita. ¿Amaba a María Coral? Supongo que no. Supongo que confundí (mi vida es una incesante y repetida confusión de sentimientos) la pasión que aquella joven sensual, misteriosa y desgraciada me infundía, con el amor. Es probable también que influyera, y no poco, la soledad, el hastío, la conciencia de haber perdido lastimosamente mi juventud. Los actos desesperados y las diversas formas y grados de suicidio son patrimonio de los jóvenes tristes. Inclinaba, por último, el fiel de la balanza la influencia de Lepprince, sus sólidas razones y sus persuasivas promesas.