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Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:

Regresa el fenómeno, regresa Moccia. La esperada nueva novela del best-seller italiano, Carolina se enamora, desembarca en nuestro país con un sólo objetivo: volver a arrasar. Con A tres metros sobre el cielo, Tengo ganas de ti, Perdona si te llamo amor y Perdona pero quiero casarme contigo, Moccia ha superado ya la cifra de 1.000.000 ejemplares vendidos en nuestro país, seduciendo tanto a jóvenes como a no tan jóvenes con sus relatos de amor adolescente.
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
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– ¡Eh, maestro, no mientas a tu alumna!

Aún más simpáticos si cabe, nuestros vecinos. Pero bueno, al final fue una tarde divertida. Después de la lección nos sentamos en el bar a beber algo. Un buen Powerade, que te ayuda a reponerte, pese a que yo salvo para recoger pelotas a diestro y siniestro, tampoco había corrido tanto. Aunque sudé un poco, y eso es bueno. Además, con el chándal hice el ridículo de lo lindo. Nuestros vecinos de pista pasaron al final por nuestro lado.

– Avisadnos cuando volváis a jugar…, ¡así vendremos con el paraguas!

Lele se echó a reír y después se volvió hacia mí.

– ¡En fin, la próxima vez quizá reservemos la pista del fondo!

– Sí, mejor será…

Sonreí mientras apuraba mi Powerade. Muy educada. Muy mona. Muy tenista. Con una única idea en la cabeza: ¿de verdad será tan paciente ese Lele? Ríen. A esas alturas soy ya toda una jugadora de tenis, hasta un poco segura de sí misma. Decidí que la próxima vez me pondría el conjunto con la faldita… Y sonreí divertida al pensarlo. ¡Ignoraba todo lo que sucedería después!

Domingo.

– Venga, coge ésa, ¡que es mona!

– ¿Cuál?

– Ésa, la que tiene todas esas flores.

– Vale. -Bajo rápidamente del coche-. ¿Me da esa planta?

– ¿Ésta?

– Sí, gracias.

Mi madre me espera en el coche. Me vuelvo hacia ella.

– ¿Cojo también una tarjeta? Venga, así le escribimos algo bonito.

– De acuerdo.

El florista envuelve la planta con celofán y me la da.

– Veinte euros, por favor.

Le pago y subo de nuevo al coche.

– Entonces, ¿adónde voy?

– Todo recto, por el Lungotevere.

– Pero ¿está cerca?

– ¡Sí, mucho!

Mi madre sigue conduciendo tranquila.

– ¡Si tú lo dices!

– ¡Ya he estado allí! – «Hasta monté una silla», me gustaría añadir, pero me parece un poco restrictivo-. Incluso le eché una mano para montar los muebles.

– Ah…

Eso está mejor. Llevo la planta entre los pies; el aroma del aciano es muy fuerte, asciende y de vez en cuando me llega a la cara y me produce cierto picor en la nariz, y entonces me aparto a derecha e izquierda para no acabar entre las hojas. Aun así, me molesta menos que Ale, que, tal y como imaginaba, no ha podido venir.

– ¿Qué le escribimos, mamá?

– Y yo qué sé…, ¡tú eres la escritora!!Te pasas la vida garabateando en ese diario!

Me viene a la mente que ayer por la mañana Alis me dio a leer una frase preciosa que había encontrado en internet: «El amor es cuando la chica se pone perfume, el chico loción para después del afeitado y luego salen juntos para olfatearse el uno al otro. Martina, cinco años.» ¿Qué puedo decir?, verdaderamente genial. Necesitaría una idea tan divertida como ésta.

– Pues si que…, escribo en el diario para recordar lo que he hecho… ¡En todo caso, el escritor es él!

– ¡Esperemos que así sea! -Mi madre hace una extraña mueca. Está preocupada, pero prefiere dar por zanjada la cuestión-. ¿Sigo recto?

– Sí, todo recto, no queda mucho. Ya está, se me ha ocurrido algo, ¿estás lista?

Mi madre me mira risueña.

– Sí, claro. A ver, dime.

– «Para que todo lo que deseas pueda brotar»… -La miro con aire inquisitivo. ¡La verdad es que, más que para un escritor, parece una frase dedicada a un florista! Yo misma respondo a mi propuesta-: No, no, es una estupidez. -Sigo pensando. Veamos-: «Para tu nueva casa»… -¡No! En parte porque es una barcaza, aunque todavía no se lo he dicho a mi madre. Ya está, tengo otra frase-: «Para ti, con todo nuestro amor.»

Mamá parece muy contenta.

¡Esa me gusta!

La sopeso por un momento.

– Sí, pero parece de primera comunión.

– ¿Qué quieres decir?

– ¡Que entristece!

– ¿A qué te refieres?

– Que no es alegre. No sirve, no sirve.

Y sigo dándole vueltas a una serie de frases que, la verdad, no sé cómo se me ocurren. De repente suelto incluso un «Para un futuro celeste…», ¡porque las flores de la planta son, claro está, de ese color! Pero al final doy con algo que parece convencernos a las dos.

– ¡Gira, gira aquí!

Me he distraído y se lo he dicho en el último momento. Mi madre obedece de inmediato mis indicaciones, dobla una curva muy cerrada mientras desciende en dirección al Tíber. El coche patina un poco, parecemos dos locas.

– Pero si estamos yendo hacia el río.

– Eh… -me limito a decirle por toda respuesta.

Avanzamos unos cuantos metros más.

– ¡Ya está, hemos llegado!

Mi madre se queda boquiabierta.

– ¡Pero si es una barcaza!

– Bonita, ¿verdad? -Meto las manos entre las de mi madre, que están apoyadas en el volante, para tocar el claxon y me apeo a toda velocidad del coche con la planta.

– Rusty…, ¡hemos llegado, estamos aquí!

R. J. sale sonriente de la barcaza y cruza corriendo la pasarela.

– ¡Aquí están mis mujeres preferidas! -Y me coge en brazos y me hace dar vueltas inclinándose hacia el río mientras yo sostengo la planta entre las manos.

– ¡Socorro! -grito, pese a que cuando estoy entre sus brazos no tengo miedo.

Después me baja al suelo dejándome caer sobre las tablas de madera que hay al otro lado de la pasarela, y echa a correr en dirección a mi madre.

– Ven…, quiero enseñártelo todo.

– Pero ¿no es peligroso? ¿No hay ratas?

– ¡Qué ratas ni qué ocho cuartos! Mira lo que he hecho… -Y señala unos platos llenos de anchoas que están dispuestos en el suelo, a lo largo del camino-. Tengo gatos montando guardia… El único ratón que puede entrar aquí es Mickey Mouse, y en forma de cómic. Venid, venid que os lo enseñe. -Entra y nos muestra el interior de la barcaza-. Veamos, aquí está la cocina, éste es el salón, y aquí está el dormitorio.

Nosotras lo seguimos extasiadas. No me lo puedo creer, la ha transformado de arriba abajo, parece otro sitio. Cortinas azules, blancas y celestes y unas mesas de Ikea perfectamente montadas.

– Caro me ayudó a montar todos los muebles…

Mi madre me mira ufana.

– No es verdad, sólo hice unas cuantas cosas.

– No, de eso nada, hiciste mucho. De hecho, mira aquí.

Y nos lleva a una pequeña habitación clara con vistas al río, tiene un ventanal precioso y una mesa grande en la que ha colocado su ordenador, ese que tanto me gusta… ¡Entre otras cosas porque es mucho más rápido que el mío!

– Ésta es tu habitación, Caro. Cuando quieras puedes venir a estudiar. Dentro de nada tendré conexión ADSL, de manera que no te faltarán tus amigas Alis, Clod, y los otros de Messenger…

¡No! No me lo puedo creer, ¡si hasta ha colgado una fotografía de Johnny Depp! ¡Caramba, es una habitación fantástica! Entre otras cosas porque es mucho más grande que la mía. Pero eso no lo digo.

– ¿Puedo venir de vez en cuando a estudiar, mamá?

– Claro, basta con que estudies de verdad, tengo la impresión de que aquí sólo te distraerás.

Rusty me da un abrazo.

– De eso nada. Esto es muy tranquilo, no hay nadie que grite o haga ruido. Mucho más tranquilo que nuestra casa.

Mi madre y él se miran y permanecen en silencio durante unos instantes. Luego Rusty ve la planta, o quizá simula verla en ese preciso momento.

– ¡Eh, qué bonita! Pero ¿qué me habéis traído?… Un aciano. -Se acerca y coge la tarjeta-. «¡Para nuestro escritor, para que seas feliz!»

Rusty esboza una sonrisa. Cierra la tarjeta y se la mete en el bolsillo de la cazadora.

– Lo soy, ahora que estáis aquí lo soy. ¡Vamos a la mesa!

Ha sido una tarde maravillosa, os lo aseguro. Rusty James ha puesto la mesa en la sala, junto a la ventana más grande, que, en esos momentos, acariciaba el sol. Porque hoy, pese a que estamos en noviembre, lucía un sol fantástico.

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