Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
– Hay que cortarlas en pedazos de este tamaño…, haciendo unos cuadrados. -Me los enseña-. Caro, sin que tu abuela se dé cuenta, ve a la cocina a buscar unas pajitas. Están en el cajón que hay debajo de la mesita de mármol, junto a los cubiertos.
– ¡De acuerdo!
Me siento como cuando, siendo una niña, quería robar algo de la despensa y el corazón me latía a toda velocidad. Bien, la abuela está allí. Oigo ruidos. Está colocando algo en los armarios. Encuentro las pajitas. Cojo varias y vuelvo apresuradamente al estudio del abuelo.
– Ahora necesitamos pegamento, pinceles y un lápiz, pero lo tengo todo aquí.
– ¡Esto parece una papelería!
– Mira, se hace así…
El abuelo dobla el cuadrado por las diagonales.
– Ahora pinta los triángulos resultantes como prefieras.
Y me pongo a hacerlo, como si fuese una niña, mientras él sigue recortando el resto de las cartulinas.
Nada más acabar, el abuelo pega los extremos casi en el centro de los cuadrados y, a continuación, corta unos círculos y los pega encima de éstos para sujetarlos mejor. Acto seguido coge unos alfileres, unos de ésos con la cabeza grande, hace un agujero en el centro del molinete y clava uno. Introduce la pajita en el otro lado dejando un poco de espacio entre ésta y el molinete. Lo imito y monto tres molinetes más. Pasados unos minutos ya están listos, ¡Han quedado preciosos!
La abuela, que jamás nos molesta cuando estamos en el estudio, no se ha enterado de nada. El abuelo me guiña un ojo y luego abre la puerta.
– Cariño, ¿nos preparas un buen té? Carolina y yo lo necesitamos,…
Nos responde desde su dormitorio.
– Claro…
Así que, cargada con los molinetes, salgo sigilosamente a la terraza. Una vez allí, los coloco en las macetas de flores. Ya está. Son preciosos y, además, en seguida llega una ráfaga de viento que los hace girar.
Me escondo en un rincón y espero.
Pasados unos minutos la abuela sale con su taza de té verde en la mano.
– Pero ¿dónde estáis?
Mira alrededor. La espío desde detrás de las hojas del jazmín. Veo que cambia la expresión de su rostro.
– ¡Tom! ¡Tom!
Aparece el abuelo.
– ¡Dime!
– ¡Hay unos molinetes!…
– ¿Unos molinetes?
– Sí, aquí, ¿los has puesto tú?
– Yo no.
– Pero ¿dónde está Caro?
Y me buscan, el abuelo, mi cómplice, hace como si nada. Minutos después salgo de mi escondite de un salto.
– ¡Aquí estoy, abuela!
– Pero ¿qué hacías ahí?
– ¿Te gusta nuestro regalo?
– ¿Nuestro? -pregunta el abuelo-. ¡Pero si lo has hecho tú! -Acto seguido mira a la abuela Luci, quien sabe de sobra lo que ha ocurrido-. Es verdad, te lo juro… ¡Todo ha sido obra suya!
– No juréis…
Después se dan un beso fugaz y nos sentamos allí, en la terraza, a contemplar los molinetes que giran rápidamente en las macetas; cuando amaina el viento se detienen, pero en seguida sopla una nueva ráfaga y se ponen de nuevo en movimiento. Cuando giran a esa velocidad, los colores se mezclan convirtiéndose en uno solo. Es precioso, Bebo un poco de té. El abuelo y yo nos miramos orgullosos. Debo decir que en su casa se está realmente bien.
Finales de noviembre. Hoy en el colegio el tema es el amor. ¡Un amor lleno de sufrimiento! El profe de italiano nos ha hablado de Dino Campana y de Sibilla Aleramo. Dice que no le gusta que Campana se quede siempre fuera del programa, que es un autor que no se trata nunca y que es una pena. Y ha optado por empezar contándonos la historia de ambos. Yo en parte sabía de qué iba porque Rusty me hizo ver la película en DVD. Es bonita. Aunque también un poco triste. Cuántas cosas le escribió él a ella. Pero ¿por qué será que los amores imposibles hacen que seamos más creativos? Mientras el profe nos leía: «Encontramos unas rosas, eran sus rosas, eran mis rosas, a ese viaje lo llamábamos amor», todos estaban un poco distraídos, pero yo, curiosamente, tenía los cinco sentidos puestos en lo que decía. En mi opinión, en el pasado se hablaba del amor con más pasión. Usaban palabras distintas. ¿Qué debe de decir Massi del amor? ¡Esperemos que no esté diciéndole muchas cosas a otra! De eso nada, antes voy yo. Mejor dicho, ¡soy la única! Claro que tener a un hombre que te diga esas cosas debe de ser maravilloso… «Porque yo no podía olvidar las rosas, las buscábamos juntos…» Tampoco yo puedo olvidarme. Y, además, figuraos, nadie me ha regalado ninguna hasta la fecha.
El amor es una flor que nadie te ha regalado nunca y que siempre recordarás. ¡Yo también soy poetisa!
Después, una gran sorpresa: a la salida del colegio recibo un mensaje: «¿Recuerdas que hoy tenemos la primera clase? Las pelotas están en la pista y el maestro también, ¡sólo faltas tú! ¿Paso a recogerte? He reservado para las tres.»
Vuelvo a casa como un torbellino…, ¡aún más de prisa! Vuelvo a probarme todo lo que tengo, y ahí se produce el gran dilema: ¿pantalones cortos o faldita? Al final me decido por jugar con chándal. Me siento a la mesa. Mamá ha conseguido llegar a tiempo para prepararnos la comida, pero yo, como no podía ser de otro modo, ¡estoy hecha un manojo de nervios!
– ¿Qué pasa, Caro?, ¿no comes?
No me da tiempo a responderle. Ale lo hace por mí con la boca llena.
– ¡No! Hoy tiene sófbol.
Mi madre me mira estupefacta.
– Pero ¿no dijiste que ibas a jugar al tenis?
– Sí, es que mi hermana es imbécil… ¡Han llamado al timbre! ¡Voy yo!
Corro al interfono.
– Hola…, soy el maestro, ¿puede bajar mi alumna preferida?
– ¡Claro que sí! Voy en seguida… -Me precipito a mi dormitorio para coger la raqueta-. Me voy, mamá.
– ¡No vuelvas tarde!
– ¡No!
Ale deja de comer por un momento.
– ¡Que te vaya bien el sófbol!
– Simpática…
Llamo el ascensor, pero estoy demasiado inquieta. Salto en el sitio y, al final, la espera me resulta insoportable. El señor Marco, el vecino que trabaja en televisión, sale de su casa.
– He llamado el ascensor, suba usted. -Gracias.
– ¡De nada, esta vez la que está a dieta soy yo!
Bajo de un salto los últimos escalones y llego al rellano. Veo que cabecea. Sonrío y sigo bajando a toda prisa sin darle mucha importancia. Cruzo la verja.
– ¡Aquí estoy!
Lele se inclina en mi dirección y me abre la puerta. Subo al vuelo al Smart y cierro. Lele arranca mientras me pongo el cinturón.
– Oh, he de decirte que puede que sea tu alumna preferida, pero quizá sea también la peor…
– Puede, ¡pero seguro que eres mi preferida!
¿Por qué me dice eso? Es agradable, pero la forma en que lo ha dicho me resulta extraña… ¿Habrá querido decir algo? ¿O no? No lo he entendido. Lele me mira, y me sonríe.
– ¡Eres mi única alumna!
Resumen del tenis.
Veamos, ¿sabéis lo que es una jugadora de sófbol? ¿Esas chicas que esperan quietas la pelota y que después la golpean con una fuerza increíble, hasta el punto de mandarla fuera del campo? ¿Y que luego corren lentamente, de una base a otra, alzando los brazos, tranquilamente porque han lanzado la pelota lejísimos? Pues bien, ésa era yo. Sólo que si haces eso cuando juegas a sófbol eres una campeona, ¡pero si lo haces en el tenis eres una nulidad! ¡Maldita Ale! Tenía razón. Cada vez que recibía una pelota, la golpeaba y la mandaba al otro campo, pero no al del adversario, sino al contiguo. Es decir que, en lugar de jugar al tenis, jugaba a disculparme:
– Perdonad, me he equivocado.
– ¡Salta a la vista!
Dos chicos simpáticos, nuestros vecinos de pista. Lele, en cambio, seguía cogiendo las pelotas del cesto y tirándomelas siempre al mismo punto, a la misma velocidad y con el mismo ritmo. Una máquina de guerra…, paciente.
– Inclínate, mira la pelota, golpéala hacia adelante…, ¡muy bien!