Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
– Y ese «cerebro», si es que vamos a seguir llamándole así, sabía que veníamos a Egipto.
– Sí.
– ¿Sabe lo que significa eso, Méndez?
– Naturalmente que lo sé. Clara Alonso tiene a su cargo otra peque ña. Y sigue teniendo posibilidades de pagar millones de euros.
– ¿Pretende decir que a esa niña también la… la…?
Méndez entornó los párpados.
En sus ojos volvía a brillar la mirada de la serpiente vieja.
Pero ahora era una serpiente veterana y cabrona. Era una serpiente de lujo que había hecho un máster reptando entre las tumbas. Era una cobra.
– Sí, Manrique -musitó-. Sí.
– Aquí no pueden. Este es el lugar más seguro del mundo. Por eso nos embarcamos en Egipto.
– No hay nada seguro. Nada. Por eso conviene que observe muy bien en torno suyo. Yo diría que la vida de la pequeña Olga está pendiente de un hilo.
Miró hacia el río y añadió con voz amarga:
– Más exactamente, yo diría que está pendiente de un Nilo.
Y se volvió.
Había rostros indiferentes en cubierta, rostros que ni siquiera les miraban. Esa viuda a la que su marido dejó unos cuernos grandes como la catedral de Burgos, pero también una fortuna que ella está gastando meticulosamente. Ese notario castellano, acostumbrado a escribir las últimas verdades, y que busca en el Nilo la primera verdad. Ese editor retirado, ya demasiado viejo, que se emborracha cada tarde para olvidar que éste puede ser el último viaje de su vida. Esa putilla que tuvo un buen golpe de fortuna, es decir un buen golpe de cama. Ese funcionario que se acaba de jubilar y al que no le importa nada el viaje: sólo habla con su mujer de la virtud de los chorizos de Castilla. Ese hombre de la silla de ruedas, el sorprendente hermano de Gandaria. El guardaespaldas que le acompaña, y en cuyos ojos ha sabido encontrar Méndez una serpiente más venenosa aún que la suya… Todos son sospechosos, todos, incluso los camareros que pueden haber sido comprados antes de salir de Asuán. Después de la muerte de Quílez, Méndez sabe que está solo y que nadie le podrá ayudar.
Encendió el faria.
– Está usted triste, Méndez. O nervioso, no sé.
– Me siento fuera de mi ambiente, ¿sabe, Manrique? En mi barrio podía entrar en un bar, hablar con los clientes, entre ellos varios presuntos, y ver desfilar el tiempo. Yo tengo ideas viendo el humo, ¿sabe? El maldito humo de los cafés. Pero aquí, ¿dónde me meto? ¿Con quién hablo? En este maldito barco todo es convencional y lujoso. No tiene un solo lugar respetable.
Y exhaló una bocanada de humo. Manrique tosió.
– Me bastará con que no pierda de vista a la niña, Méndez -dijo en un susurro-. Sé que tiene usted razón: han matado a Quílez para que nosotros quedemos indefensos, pero si usted no pierde de vista a la niña, nada ocurrirá. Estamos en el único lugar seguro.
Méndez preguntó con voz burlona:
– ¿El Nilo…?
27 LA SALA DE LAS COLUMNAS
Estaban llegando a Luxor.
Méndez, que se hallaba en la parte de proa de cubierta, contempló el embarcadero, cerca del Hotel Sheraton, y se dio cuenta de que la ciudad le iba a gustar. No le importaban demasiado los templos, que junto con los de Abu Simbel eran seguramente los mejores de Egipto, sino el aire decadente de la tierra a la que estaban llegando. Méndez, especialista no en cosas que empiezan, sino en cosas que terminan, comprendió que Luxor tenía algo especial. Tenía viejos y señoriales hoteles, coches de caballos, damas inglesas que aún posaban sobre su cabeza una pamela y bazares en los que comprar una joya -seguramente falsa- a una desconocida. Tenía funcionarios que parecían haber inaugurado el Canal de Suez y momias de hombres rubios que aún brindaban por Su Graciosa Majestad. En toda la ciudad había un aire -le pareció a Méndez- de formalidad victoriana, de relojes parados, de citas para tés a los que no acudiría nadie o a los que faltaría la única dama. Se captaba en la ciudad un aire -seguía pensando- que convertía el turismo masivo en una profanación.
Pero seguramente no había un tugurio ni un viejo café. Méndez suspiró con desaliento mientras miraba al vacío.
Galán se acercó a él.
– ¿Va a bajar?
– Sí. Creo que daré una vuelta esta noche, para echar un vistazo. ¿Y usted?
– Depende del jefe.
– Puede dejarle unas horas. Mientras no tenga que cambiar de piso, él se mueve muy bien en su silla de ruedas.
– Sí -musitó Galán-. Tiene mucha habilidad. Y más fuerza de lo que todos creemos.
– Pues déjele en su camarote y usted dese un garbeo por ahí. ¿O tiene miedo de que a Salomón le ocurra algo?
Galán se encogió de hombros.
– ¿Qué le va a ocurrir? -musitó-. Este es un sitio seguro. Nadie puede subir al barco sin exhibir una credencial. Y la credencial sólo se la entregan a los pasajeros cuando bajan.
– No es exactamente así -dijo Méndez como si repasara sus propios pensamientos, pues había estudiado todos los aspectos inseguros delNile Dream-. Dese cuenta de que estos buques atracan muchas veces uno al lado de otro, como automóviles estacionados en doble fila. ¿Qué quiere decir eso? Pues que los pasajeros del buque que está más al centro del río tienen que desembarcar a través del que está en el muelle. O sea que cualquier viajero de otro barco puede entrar en éste. No es un mundo tan cerrado ni tan seguro como parece a primera vista.
Galán sonrió.
– Yo diría que no quiere que le pase nada a Clara Alonso, esa mujer ciega. Y tampoco a la niña subnormal que va con ella.
– No me gusta que la llame subnormal -dijo Méndez.
– ¿Por qué no?
– ¿Qué es la subnormalidad en casos como el de esa niña? -preguntó Méndez en voz baja, siempre mirando al vacío-. ¿Falta de competitividad? ¿Y es tan importante en este mundo ser una persona competitiva? ¿Significa estar alejado de la verdad? ¿Y qué es la verdad? Quizás es que yo, como soy un maldito viejo, he empezado a hacerme unas malditas preguntas. Yo no creo que lo más importante sea estar por encima de los otros. A los que están por encima de ti se les puede matar con una sola cosa.
– ¿Con qué?
– Con la indiferencia.
Galán sonrió, pero su sonrisa era apagada, era una sonrisa de maniquí.
– No crea que no he pensado muchas veces en eso -dijo-. ¿De qué sirve triunfar si los demás no hacen caso? En fin, voy a seguir su consejo, Méndez. Le preguntaré a Salomón Gandaria si puedo bajar a tierra. Por cierto, ¿esta noche hay espectáculo de luz y sonido en el templo?
– Creo que sí. De todos modos, yo no voy a ir -dijo Méndez-. Oiga, los dos hermanos Gandaria no se parecen en nada, ¿verdad?
– En nada.
– ¿No participan en ningún negocio común?
– ¡Qué va! En ninguno.
– ¿Y la muerte de uno favorecería al otro? Me refiero, por ejemplo, a una herencia.
– ¿Por qué pregunta eso, Méndez?
– No sé… Son cosas que se le ocurren a un policía viejo que ya lo ha tenido todo menos el sida.
– Pues no, no creo que a Salomón le beneficiase la muerte de Ismael, y viceversa. Son hermanos que se han tratado muy poco, y me imagino que no se mencionan en sus testamentos. Pero no me haga demasiado caso. Yo no puedo estar enterado de esas cosas.
Hizo un gesto de saludo y se alejó.
Méndez siguió mirando al vacío.
Sabía que no iba a tener demasiado tiempo libre en Luxor. Era aquí donde la policía egipcia abriría el informe oficial sobre la muerte de Quílez. Era aquí donde le interrogarían a él, a Méndez, aunque nada nuevo podría decir. Y en fin, era aquí donde Cañada y Manrique tendrían que disponer la repatriación del cadáver. Después de todo, Quílez había sido algo así como un empleado suyo.
En aquel momento Galán penetraba en el camarote de Salomón Gandaria. El monóculo de éste despidió un relampagueo mientras se abría y cerraba la puerta.