Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
Méndez dijo finamente:
– Sí. Es una mierda.
– ¿Entonces, qué…?
– Tiene un alto interés cultural.
– No me venga ahora con esas mandangas, Méndez. ¿Desde cuándo cree usted en la cultura?
– Yo leo en las paradas de los autobuses.
– Pues si lee tanto, a lo mejor sabe para qué leches han venido aquí. Y encima lo tenían proyectado, por lo que se ve, hace muchísimo tiempo.
– Han venido para poner tierra de por medio, Quílez.
– ¿Tienen miedo de que intenten secuestrar a Olga, como hicieron con la otra?
– Yo opino que sí -dijo Méndez pensativamente-. El miedo es libre, pero sin embargo creo que a esa pequeña no le puede ocurrir ya nada. El hombre que secuestró a su hermana Mercedes está muerto. El que le dio las instrucciones, un policía, está muerto también. Ya no quedan enemigos, Quílez. Como dice el himno de la Guardia Civil, la patria goza en calma. Además, ¿quién va a secuestrar aquí a Olga? Estamos en un pequeño barco. Nos envuelve el Nilo. Nos rodea el desierto. No hay modo humano de salir clandestinamente de aquí. Y por si fuera poco a la niña la protege un gorila.
Quílez preguntó torvamente:
– ¿El gorila soy yo?
– Mejorando lo presente.
– La madre que lo parió, Méndez.
– No hay que ofenderse, Quílez, no hay que ofenderse. Lo único que trato de decir es que aquí no corre peligro Gandaria y no corre peligro tampoco la niña. No va a pasar nada.
– Pero usted sigue con su cara de muerto, Méndez.
– Me sigue rondando el maldito pensamiento por la cabeza.
– ¿Qué clase de pensamiento? Dígalo de una vez.
– No lo sé… Ni siquiera es una idea. Lo mejor que puedo hacer es olvidarlo todo. Aquí se respira un clima especial que me ha trastornado los nervios. No hay más que eso.
Quílez lanzó una carcajada.
– De acuerdo Méndez, aquí no va a pasar nada. Venga, vamos a darnos el piro. En el bar del barco aún estaremos a tiempo de beber alguna cosa.
Y se volvió.
Fue entonces.
Seguramente Quílez llegó a ver algo.
Pero sólo le quedó tiempo para susurrar:
– Yo no…
Todo el cuerpo de Quílez pareció girar, pareció doblarse mientras de su garganta escapaba un estertor.
La flecha acababa de penetrarle por la boca.
26 EL MENSAJE
Méndez no perdió ni una fracción de segundo en lanzarse a tierra. Levantarse ya sería otra cosa, pero dejarse caer lo hacía muy bien. Rodó por el suelo, sintiendo que todas sus articulaciones crujían, mientras oía un leve taponazo y el silbido de la segunda flecha.
Le pareció que todo ocurría simultáneamente, mientras él estaba aún cayendo. El silbido pasó junto a su cabeza y luego sonó un tloc. La flecha acababa de estrellarse contra una de las enormes piedras del templo.
Méndez giró sobre sí mismo, sintiendo otra vez que todo su cuerpo crujía. Miró hacia el sitio donde acababa de sonar el taponazo y ya no vio nada. No se distinguía ni siquiera a los vendedores, la plaga bíblica que ataca a todos los visitantes de Egipto. Todo aquel sector del templo estaba vacío.
No se había dado cuenta, mientras hablaba con Quílez, de que todo el grupo se alejaba con el guía. Ahora parecía ser el único habitante del mundo, como si Kom Ombo volviese a ser un templo olvidado, como si las piedras se hubiesen dispersado y las arenas hubieran vuelto a tragarlo otra vez.
Pero el cerebro de Méndez trabajaba con más rapidez que sus mus culos. Supo desde el primer momento que la flecha había sido dispara da con una pistola especial, seguro que desde una de las esquinas del templo. Y hubiera apostado también a que la punta del proyectil estaba envenenada. El asesino o asesina necesitaba obrar sobre seguro.
Pocas veces Méndez habrá notado tan dentro de sí, tan metida en la sangre, la sensación de la muerte.
Pero nada de eso se advirtió en su cara mientras se ponía en pie, con una agilidad que en muchos años no había tenido. Corrió como pudo hacia la esquina del templo, aun sabiendo que allí podía estarle esperando una nueva flecha.
Pero lo único que distinguió fue el grupo de visitantes a lo lejos. Allí estaban los conocidos: Gandaria, Galán, Salomón, Cañada, Manrique, la ciega Clara Alonso y la niña. Allí estaban también todos los desconocidos. Pasajeros de los que no sabía ni el nombre, caras anónimas, manos anónimas, pensamientos en los que nunca podría penetrar. Cualquiera de aquellos seres ignorados, reunidos por el destino en un buque de placer, podía ser el asesino de Quílez.
Y podían serlo por otra razón. Todos ellos estaban dispersos y comprando junto a la entrada del templo. Eso significaba que el guía no podía controlarlos. Significaba que cualquiera de ellos podía haber vuelto atrás unos pasos, sin llamar la atención, y disparar las dos flechas.
Méndez tenía la boca espantosamente seca.
Lanzó una especie de gruñido.
Porque su pensamiento iba mucho más allá. Su pensamiento le decía que habían matado a Quílez… ¡para que la pequeña Olga no estuviese defendida!
La idea le estremeció.
Aunque lo cierto era que también habían tratado de matarle a él. ¿Por qué? ¿Por temor a que hubiese visto algo? ¿O quizá para que también quedara indefenso Gandaria?
Méndez sintió que le temblaban sus rodillas.
Porque la maldita idea anterior estaba volviendo. ¿Qué era lo que había sentido cuando le hablaron de las estatuas con el pie izquierdo adelantado? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?
Una voz dijo entonces a su lado:
– ¿Qué le pasa, señor Méndez?
Méndez giró un poco la cabeza.
Allí estaba el guía.
– Me encuentro como me pasa por… por… por…
– ¿Necesita algo?
Méndez tragó saliva con un chasquido.
– ¿Ha controlado usted al grupo? -preguntó.
– ¿Qué quiere decir?
– Que si los ha tenido bajo su vista.
– No, ahora no. Están comprando. Unos aquí, otros allá… ¿No se da cuenta? Pero ¿qué es lo que le pasa, señor Méndez? ¿Ha visto al dios-cocodrilo paseando por el templo?
Méndez barbotó:
– He visto los huevos del cocodrilo.
Y señaló hacia el cadáver de Quílez, todavía con la flecha clavada en la boca.
Ahora fue el guía el que se apoyó en el muro como si a él también le temblasen las rodillas.
– Dios mío… -barbotó.
– ¿Es usted católico?
– Yo soy cristiano copto.
– Guarde silencio. Llévese a los viajeros al barco y desde allí telefonee a la policía. Supongo que habrá policías vivos en este maldito lugar de los muertos.
– Sí. Hay alguno.
– No deje que cunda la alarma. Si preguntan por Quílez, el muerto, diga que se ha roto un tobillo y que volverá pronto. Yo esperaré aquí. Quiero ser yo el que hable con la policía. ¿Ha entendido?
Hubo suerte, porque la policía se presentó apenas media hora después. La importante fuerza pública consistió en un tipo uniformado de azul y un tipo vestido con pantalones y camiseta verdes. Examinaron la placa de Méndez, le saludaron afectuosamente, le abrazaron, le preguntaron por su familia y por los sueldos que se ganaban en España, y sólo después de todo esto echaron una mirada al muerto.
– Nunca había visto una cosa igual -dijo el de azul, que había asegurado llamarse Nabib-. Normalmente la gente viene al Nilo a oír hablar de muertos, pero no a morirse.
– Este no se ha muerto solo -masculló Méndez.
– No, claro que no. Y además apostaría a que la flecha tiene la punta envenenada. ¿Se ha fijado en el cadáver, señor Méndez? -Nabib hablaba en un correcto francés, lengua que Méndez entendía bastante bien-. ¿Eh? ¿Se ha fijado? La muerte ha sido instantánea porque ni siquiera ha tratado de llevar las manos a la flecha. Y una de dos: o la flecha le ha llegado hasta la médula espinal, cosa que no creo, o el veneno ha producido un efecto fulminante al mezclarse con la sangre de los grandes vasos del cuello. ¿Usted ha visto algo? Porque me doy cuenta, por esa otra flecha, de que también han tratado de matarle a usted.