La elegancia del erizo
- Автор: Барбери Мюриель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:
¿Acaso es eso morir? ¿Tan miserable es? ¿Y cuánto tiempo todavía?
Una eternidad, si sigo sin saber.
Paloma, hija mía.
Hacia ti me vuelvo. Hacia ti, la última.
Paloma, hija mía.
No he tenido hijos, porque no lo quiso la suerte. ¿He sufrido por ello? No. Pero de haber tenido una hija, habrías sido tú. Y, con todas mis fuerzas, lanzo una súplica para que tu vida esté a la altura de lo que prometes.
Y después, una iluminación.
Una iluminación de verdad: veo tu hermoso rostro serio y puro, tus gafas de montura rosa y esa manera que tienes de triturarte el bajo del chaleco, de mirar directamente a los ojos y de acariciar al gato como si pudiera hablar. Y me echo a llorar. A llorar de alegría dentro de mí. ¿Qué ven los curiosos inclinados sobre mi cuerpo roto? No lo sé.
Pero, por dentro, luce un sol.
¿Cómo se decide el valor de una vida? Lo que importa me dijo Paloma un día, no es morir, sino lo que uno hace en el momento en que muere. ¿Qué hacía yo en el momento de morir?, me pregunto con una respuesta ya preparada en el calor de mi corazón.
¿Qué hacía yo?
Había conocido al otro y estaba dispuesta a amar.
Tras cincuenta y cuatro años de desierto afectivo y moral, apenas salpicado por la ternura de un Lucien que no era sino la sombra resignada de mí misma, tras cincuenta y cuatro años de clandestinidad y de triunfos mudos en el interior acolchado de un espíritu solitario, tras cincuenta y cuatro años de odio por un mundo y una casta convertidos por mí en exutorios de mis fútiles frustraciones, tras esos cincuenta y cuatro años de nada, de no conocer a nadie, ni de estar jamás con el otro:
Manuela, siempre.
Pero también Kakuro.
Y Paloma, mi alma gemela.
Mis camelias.
Tomaría gustosa con vosotros una última taza de té.
Entonces, un cocker jovial, con las orejas y la lengua colgando, cruza mi campo de visión. Es una tontería… pero me dan ganas de reír. Hasta siempre, Neptune, eres un perro tontarrón pero parece que la muerte nos hace perder un poco los papeles; quizá te dedique a ti mi último pensamiento. Y si eso tiene algún sentido, se me escapa por completo.
Ah, no, mira por dónde.
Una última imagen.
Qué curioso… Ya no veo rostros…
Pronto llegará el verano. Son las siete. Repican las campanas en la iglesia del pueblo. Vuelvo a ver a mi padre con la espalda inclinada, concentrado en el esfuerzo, removiendo la tierra de junio. El sol declina. Mi padre se incorpora, se enjuga la frente con la manga y emprende el regreso al hogar.
Fin de la jornada.
Van a dar las nueve.
En paz, muero.
Última idea profunda
¿Qué hacer
frente al jamás
si no es buscar
el siempre
en unas notas robadas?
Esta mañana la señora Michel ha muerto. La ha atropellado la furgoneta de reparto de una tintorería, cerca de la calle Del Bac. No consigo creer que esté escribiendo estas palabras.
La noticia me la ha dado Kakuro. Al parecer, Paul, su secretario, iba por esa calle justo en ese momento. Ha visto el accidente desde lejos, pero cuando ha llegado era ya demasiado tarde. La señora Michel ha querido socorrer al clochard, Gégène, el de la esquina de la calle Del Bac, ese que está como un tonel de gordo. Ha corrido tras él pero no ha visto la furgoneta. Según parece se han tenido que llevar a la conductora al hospital porque le había dado una crisis de nervios.
Kakuro ha llamado a la puerta de casa a eso de las once. Ha pedido verme y entonces me ha cogido la mano y me ha dicho: «No hay modo de evitarte este dolor, Paloma, así que te lo digo tal cual ha ocurrido: Renée ha tenido un accidente hace poco, a eso de las nueve. Un accidente muy grave. Ha muerto.» Lloraba. Me ha apretado la mano muy fuerte. «Dios mío, pero ¿quién es Renée?», ha preguntado mamá, asustada. «La señora Michel», le ha contestado Kakuro. «¡Ah!», ha exclamado mamá, aliviada. Kakuro le ha dado la espalda, asqueado. «Paloma, ahora tengo que ocuparme de un montón de cosas nada agradables, pero nos veremos después, ¿de acuerdo?», me ha dicho. He dicho que sí con la cabeza y yo también le he apretado la mano muy fuerte. Nos hemos hecho un saludito a la japonesa, una rápida inclinación de cabeza. Nos comprendemos. Nos duele tanto a los dos.
Cuando se ha ido, lo único que yo quería era evitar a mamá. Ha abierto la boca, pero yo le he hecho un gesto con la mano, con la palma levantada hacia ella, para decir: «Ni lo intentes.» Ha soltado como un hipido pero no se me ha acercado y ha dejado que me fuera a mi cuarto. Allí me he acurrucado hecha una bola en la cama. Al cabo de media hora, mamá ha llamado suavemente a la puerta. He dicho: «No.» No ha insistido.
Desde entonces, han pasado diez horas. También han pasado muchas cosas en el edificio. Las resumo: Olimpia Saint-Nice se ha precipitado a la portería al enterarse de la noticia (había venido un cerrajero a abrirle la puerta) para llevarse a León y lo ha instalado en casa. Pienso que la señora Michel, que Renée… lo habría querido así. Eso me ha aliviado un poco. La señora de Broglie ha dirigido todas las operaciones, bajo el mando supremo de Kakuro. Es curioso, pero la vieja cascarrabias casi me ha resultado simpática. Le ha dicho a mamá, su nueva amiga: «Hacía veintisiete años que estaba aquí. La vamos a echar de menos.» Ha organizado al instante una colecta para las flores y se ha encargado de ponerse en contacto con la familia de Renée. ¿Tendrá familia? No lo sé, pero la señora de Broglie va a investigar.
Lo peor es la señora Lopes. Ha sido también la señora de Broglie quien se ha encargado de darle la noticia, cuando ha venido a las diez a limpiar. Al parecer se ha quedado un momento ahí plantada sin comprender nada, tapándose la boca con la mano. Y luego se ha caído al suelo. Cuando ha vuelto en sí, quince minutos después, sólo ha murmurado: «Perdón, oh, perdón», se ha vuelto a poner el pañuelo y se ha ido a su casa.
Un dolor así te parte el corazón.
¿Y yo? ¿Qué siento yo? Parloteo sobre los pequeños acontecimientos del 7 de la calle Grenelle pero no soy muy valiente que digamos. Me da miedo ir al interior de mí misma y ver qué ocurre allí. También siento vergüenza. Pienso que quería morir para hacer sufrir a Colombe, a mamá y a papá porque todavía yo no había sufrido de verdad. O más bien: sufría pero sin que me hiciera daño de verdad y, por ello, todos mis pequeños proyectos eran lujos de adolescente sin problemas. Racionalizaciones de niña rica que quiere hacerse la interesante.
Pero ahora, y por primera vez, he sentido dolor, tanto dolor. Es como un puñetazo en el estómago, me corta la respiración, tengo el corazón hecho migas y siento retortijones. Un dolor físico insoportable. Me he preguntado si me recuperaría algún día de este dolor. Me dolía tanto que tenía ganas de gritar. Pero no he gritado. Lo que noto ahora que el dolor sigue aquí pero ya no me impide andar o hablar es una sensación de impotencia y de absurdo totales. Entonces, ¿es así? De golpe, ¿todos los posibles se apagan? Una vida llena de proyectos, de conversaciones apenas empezadas, de deseos que ni siquiera se han realizado, ¿se apaga en un segundo y ya no hay más nada, ya no hay nada que hacer, ya no se puede volver atrás?