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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Me dejo caer sobre una silla y la vida retoma su curso.

Un curso por lo demás poco o nada apasionante: recuerdo que sigo siendo portera y que a las nueve tengo que estar en la calle Del Bac para comprar limpiador para cobre. «A las nueve» es una precisión fantasiosa. Pero planificando bien mis tareas del día siguiente, me había dicho: «Iré hacia las nueve.» Cojo pues mi carrito de la compra y mi bolso y me voy por el mundo a buscar esa sustancia que saca brillo a los adornos de las casas de los ricos. Fuera hace un maravilloso día de primavera. Desde lejos diviso a Gégène, que se levanta con esfuerzo de sus cartones; me alegro por él por el buen tiempo que se anuncia. Pienso brevemente en el apego del clochard por el gran gurú arrogante de la gastronomía, y la idea me hace sonreír; al que es feliz, la lucha de clases se le antoja de pronto secundaria, me digo, sorprendida del bajón en mi conciencia social.

Y entonces ocurre: bruscamente, Gégène se tambalea. Estoy a quince pasos nada más y frunzo el ceño, inquieta. Se tambalea mucho, como sobre el puente de un barco presa del cabeceo, y alcanzo a ver su rostro y su expresión perdida. ¿Qué ocurre?, pregunto en voz alta apretando el paso hacia el necesitado. Por lo general, a estas horas Gégène no está ebrio y, por añadidura, aguanta tan bien el alcohol como una vaca la hierba de los prados. Para colmo de males, la calle está casi desierta; soy la única que ha reparado en el pobre hombre de andares vacilantes. Da unos pasos torpes en dirección a la calzada, se detiene y, cuando apenas me separan dos metros de él, echa a correr de pronto como alma que lleva el diablo. Y esto es lo que ocurre a continuación.

Esto que, como todo el mundo, habría preferido que no ocurriera jamás.

23

Mis camelias

Me muero.

Sé con una certeza cercana a la adivinación que me estoy muriendo, que voy a expirar en la calle Del Bac, una bonita mañana de primavera, porque un clochard llamado Gégène, aquejado del baile de san Vito, ha trastabillado sobre la calzada desierta sin preocuparse de los hombres ni de Dios.

A decir verdad, tampoco estaba tan desierta la calzada.

He corrido en pos de Gégène abandonando bolso y carrito.

Y me han atropellado.

Sólo al caer al suelo, tras un instante de estupor y de incomprensión total, y antes de que el dolor me hiciera pedazos, he visto lo que me había atropellado. Descanso ahora de espaldas, con unas inmejorables vistas sobre el flanco de la furgoneta de reparto de una tintorería. Ha tratado de evitarme y se ha echado hacia la izquierda, pero demasiado tarde: su ala delantera derecha me ha golpeado de pleno. «Tintorería Malavoin» indica el logo azul sobre el pequeño utilitario blanco. Si pudiera, me reiría. Los caminos de Dios son tan explícitos para quien se molesta en descifrarlos… Pienso en Manuela, que se echará la culpa hasta el final de sus días por esta muerte perpetrada por una tintorería que sólo puede ser el castigo por el doble robo del cual, por su grandísima culpa, he sido a mi vez culpable… Y el dolor me anega; el dolor del cuerpo, un dolor que irradia, que se desborda, logrando la proeza de no estar en ningún sitio concreto y de infiltrarse por todos los lugares donde puedo sentir algo; y el dolor del alma también, porque he pensado en Manuela, a la que voy a dejar sola, a la que no volveré a ver, y porque ello me abre en el corazón una herida lancinante.

Dicen que en el momento de morir uno vuelve a ver toda su vida. Pero ante mis ojos abiertos de par en par que ya no disciernen ni la furgoneta ni a su conductora (la joven empleada del tinte que me había tendido el vestido de lino color ciruela y ahora llora y grita sin preocuparse lo más mínimo del decoro), ni a los transeúntes que han acudido tras el impacto y me hablan mucho sin que nada de lo que dicen tenga sentido, ante mis ojos abiertos de par en par que ya no ven nada de este mundo desfilan rostros queridos y, para cada uno, tengo un pensamiento desgarrador.

En lugar de rostro, en realidad, primero hay un hocico. Sí, mi primer pensamiento es para mi gato, no por ser el más importante de todos sino porque, antes de los verdaderos tormentos y las verdaderas separaciones, necesito quedarme tranquila sobre la suerte de mi compañero con patas. Sonrío para mis adentros pensando en la gran mole obesa que me ha hecho las veces de acompañante durante estos diez últimos años de viudedad y de soledad, una sonrisa algo triste y tierna porque, vista desde la muerte, la proximidad con nuestros animales de compañía ya no parece esa evidencia menor que el día a día vuelve banal; en León se han cristalizado diez años de vida, y caigo en la cuenta de hasta qué punto esos gatos ridículos y superfluos que atraviesan nuestras vidas con la placidez y la indiferencia de los imbéciles son los depositarios de los momentos buenos y alegres y de la trama feliz de éstas, incluso bajo el tendal de la desgracia. Hasta siempre, León, me digo, despidiéndome de una vida que nunca hubiera creído tan preciada.

Luego pongo mentalmente el destino de mi gato entre las manos de Olimpia Saint-Nice, con el alivio profundo que nace de la certeza de que lo cuidará bien.

Ahora ya puedo afrontar a todos los demás.

Manuela.

Manuela, amiga mía.

En el umbral de la muerte, te tuteo al fin.

¿Recuerdas esas tazas de té en la seda de la amistad? Diez años de té y de llamarnos de usted y, al final del camino, un calor en el pecho y esta gratitud sin límites por quién sabe quién o qué, la vida, quizá, por haber tenido la gracia de ser tu amiga. ¿Sabes que mis pensamientos más bellos los he tenido contigo? Tener que morir para ser por fin consciente de ello… Todas esas horas de té, esos largos intervalos de refinamiento, esa gran dama desnuda, sin adornos ni palacios, sin los cuales, Manuela, yo no habría sido más que una portera, mientras que por contagio, porque la aristocracia del corazón es una afección contagiosa, hiciste de mí una mujer capaz de cultivar una amistad… ¿Me habría sido acaso tan fácil transformar mi sed de indigente en placer del Arte y encandilarme con murmullos de hojas, camelias que languidecen y todas esas joyas eternas del siglo, con todas esas perlas preciosas en el movimiento incesante del río, si, semana tras semana, no te hubieras consagrado conmigo, ofreciéndome tu corazón, al sacro ritual del té?

Cuánto te añoro ya… Esta mañana comprendo lo que morir significa: en el momento de desaparecer, quienes mueren para nosotros son los demás pues yo estoy ahí, tumbada sobre la acera algo fría y me trae sin cuidado fallecer; ello no tiene más sentido esta mañana que ayer. Pero ya nunca volveré a ver a los que quiero, y si morir es eso, desde luego es la tragedia que dicen que es.

Manuela, hermana mía, no quiera el destino que yo haya sido para ti lo que fuiste tú para mí: un parapeto de la desgracia, una muralla contra la trivialidad. Continúa y vive, pensando en mí con alegría.

Pero, en mi corazón, no verte nunca más es una tortura infinita.

Y hete ahí, Lucien, en una fotografía que amarillea ya, ante los ojos de mi memoria. Sonríes, silbas. ¿La sentiste tú también así, mi muerte y no la tuya, el final de nuestras miradas mucho antes del terror de sumirte en la oscuridad? ¿Qué queda exactamente de una vida cuando quienes la vivieron juntos hace tiempo que han muerto? Experimento hoy un sentimiento curioso, el de traicionarte; morir es como matarte de verdad. No es suficiente pues que sintamos alejarse a los demás; aún hay que dar muerte a quienes sólo subsisten a través de nosotros. Y sin embargo, sonríes, silbas y, de pronto, yo también sonrío. Lucien… te quise bien, y por ello, quizá, merezca el descanso. Dormiremos en paz en el pequeño cementerio de nuestro pueblo. A lo lejos, se oye el río. En sus aguas se pescan alosas y gobios. Los niños van a jugar a sus orillas, gritando a pleno pulmón. Por la tarde, al ponerse el sol, se oye el ángelus.

Y usted, Kakuro, querido Kakuro, gracias a quien he creído en la posibilidad de una camelia… Si pienso hoy en usted es sólo fugazmente; unas pocas semanas no son la clave de nada; de usted no conozco mucho más que lo que fue para mí: un bienhechor celestial, un bálsamo milagroso contra las certezas del destino. ¿Podía ser de otro modo? Quién sabe… No puedo evitar que esta incertidumbre me encoja el corazón. ¿Y si…? ¿Y si me hubiera hecho reír, hablar y llorar un poco más, lavando de todos estos años la mancha de la falta y devolviéndole a Lisette, en la complicidad de un amor improbable, su honor perdido? Cuán patético… Ahora se pierde usted en la noche, y, en el momento de no verlo nunca más, he de renunciar a conocer jamás la respuesta del destino…

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