Lo que hice por amor
- Автор: Филлипс Сьюзен Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lo que hice por amor». Краткое содержание книги:
¿Qué debería hacer una actriz para mejorar su suerte? Desde luego, NO sería ir a Las Vegas, NO sería escaparse con su detestable pareja televisiva, el macizo tío bueno, Bramwell Shepard… y NO debería verse envuelta en medio de un ridículo incidente que la lleva a ser la protagonista de una desastrosa huída. Antes de saber cómo, Georgie disfruta de un matrimonio falso, de un marido falso, y tal vez (o quizá no) de sexo falso.
Es una lucha a muerte contra los paparazzi y Georgie no tiene la suerte de su lado. Ahí están la terrorífica ama de llaves de Bram; el insistente padre de Georgie; el agente más pelota del mundo; ese frío directivo de los estudios; ¡y la nueva esposa de su ex marido, una pacifista internacional que bien podría ser merecedora de ese estúpido premio, el Nobel de la Paz!
Por lo que respecta al hombre de Georgie… Bram, es su ángel de ojos azules y retorcido corazón negro, que jamás se ha preocupado de nadie más que de sí mismo. Bueno, da el pego como hombre enamorado… gracias al medio millón de dólares que ella le paga.
Es oficial. Se ha casado con el diablo. ¿O no?
Son dos enemigos trabajando sin guión bajo los brillantes focos del plató… allí donde las emociones más fuertes pueden llevar sorprendentes disfraces.
¿Cómo podía tener una visita con un guardia apostado en la puerta de la finca?
Bram le cogió la mano y le puso el anillo.
– Esta vez procura ser más cuidadosa.
Ella contempló el diamante de gran tamaño.
– Lo he pagado yo, ¿no?
– Todo el mundo debería tener una mujer rica.
Georgie pasó con brusquedad junto a él y recorrió el pasillo con rapidez. A mitad de camino de las escaleras, se detuvo de golpe.
Su ex marido la esperaba en la planta inferior.
Capítulo 17
Meg tiró con nerviosismo de uno de sus pendientes de ámbar.
– Le he dicho que no podía entrar.
El aspecto de Lance era tan malo como podía serlo el de alguien tan pulcro como él. Por lo visto, se estaba dejando crecer el pelo y la barba para su próxima película de acción, porque dos centímetros de barba oscura y descuidada sobresalían de su mandíbula y su cabello negro colgaba desparejo alrededor de su mentón cuadrado. Su aspecto no resultaba atractivo, aunque sin duda mejoraría después de que su equipo de peluquería y maquillaje acabara con él. Una camiseta manchada de café se ajustaba a aquellos voluminosos músculos a cuyo mantenimiento Lance dedicaba varias horas diarias. Unas pulseras estrechas de yute trenzado -parecidas a la cinta que Meg llevaba en la frente pero más desgastadas- rodeaban su muñeca, y calzaba unas sandalias de lona y cuerda. Un hábil dentista había moldeado sus impecables dientes blancos, pero Lance nunca había permitido que nadie tocara su ligeramente torcida nariz. Su oficina de prensa decía que se la había roto en una pelea callejera entre adolescentes, pero en realidad fue al tropezar en los escalones de la casa de la hermandad universitaria a la que pertenecía y había tenido miedo de operarse para que se la enderezaran.
– Georgie, te he dejado media docena de mensajes. Como no me contestabas, tenía miedo de que… ¿Por qué no has respondido a mis llamadas?
Ella aferró la barandilla de la escalera.
– Porque no quería.
Como la mayoría de los actores de papeles protagonistas de Hollywood, Lance no era excepcionalmente alto, apenas un metro ochenta, pero su mandíbula de granito, su masculino mentón partido, sus enternecedores ojos oscuros y su pronunciada musculatura compensaban su escasa estatura.
– Necesitaba hablar contigo. Necesitaba oír tu voz para asegurarme de que estabas bien.
Georgie deseaba que Lance se arrastrara a sus pies. Quería oírle decir que había cometido el mayor error de su vida y que haría cualquier cosa para recuperarla, pero eso no parecía que fuera a suceder. Georgie descendió un escalón.
– Tienes un aspecto horrible.
– He venido directamente desde el aeropuerto. Acabamos de llegar de Filipinas.
Ella se obligó a terminar de bajar las escaleras.
– Viajas en un jet privado. El trayecto no puede haber sido muy duro.
– Dos personas de nuestro equipo se han puesto enfermas. Ha sido…
Lance miró por encima del hombro hacia Meg, quien montaba guardia detrás de él; se había quitado los botines naranja y, con sus desnudos tobillos emergiendo de las mallas azules de diseño de leopardo, parecía que la hubieran sumergido, cabeza abajo, en una cuba de pintura de distintos colores.
– ¿Podemos hablar en privado? -preguntó Lance.
– No, pero a Meg siempre le has caído bien. Puedes hablar con ella.
– Ya no me cae bien -contestó Meg-. Creo que es un mamón.
Lance odiaba que no lo adoraran y el desánimo se reflejó en sus ojos. Estupendo.
– Envíame un e-mail -sugirió Georgie-. Tengo invitados y he de regresar a la fiesta.
– Cinco minutos. No te pido más.
Una idea alarmante acudió a la mente de Georgie.
– Hay fotógrafos por todas partes. Si te han visto entrar…
– No soy tan estúpido. Mi coach personal me ha dejado su coche y tiene las ventanillas tintadas, así que nadie me ha visto. He llamado al interfono y alguien me ha dejado entrar.
A Georgie no le costó deducir quién le había permitido la entrada a la finca. En la cocina había un intercomunicador y seguro que Chaz sabía cuánto odiaría ella que Lance se presentara en aquellos momentos. Georgie introdujo el pulgar en el bolsillo de sus pantalones.
– ¿Jade sabe que estás aquí?
– Claro. Nos lo contamos todo y ella entiende por qué tengo que hacer esto. Ella sabe lo que siento por ti.
– ¿Y qué es, exactamente, lo que sientes por Georgie?
Bram descendió con gran calma las escaleras. Con su cabello rubio y despeinado, su mirada lavanda de hombre harto de la vida y su ropa blanca de Gatsby, parecía el supermimado y hastiado, pero potencialmente peligroso, heredero de una perdida fortuna licorera de Nueva Inglaterra.
Lance se acercó a su ex esposa en actitud protectora.
– Esto es entre Georgie y yo.
– Lo siento, tío. -Bram acabó de bajar las escaleras-. Perdiste tu oportunidad de mantener una conversación privada con ella cuando la cambiaste por Jade. ¡Pobre imbécil!
Lance dio un amenazante paso al frente.
– No sigas por ahí, Shepard. No digas una palabra más acerca de Jade.
– Relájate. -Bram apoyó el codo en el primer poste de la barandilla-. Lo único que siento por tu esposa es admiración, pero eso no significa que alguna vez deseara casarme con ella. El mantenimiento es demasiado caro.
– Nada de lo que tengas que preocuparte -dijo Lance con voz tensa.
Aunque Bram era bastante más alto que su ex marido, la estupenda forma física de Lance debería hacer que su presencia resultara más imponente, pero, de algún modo, la perfecta elegancia de Bram le proporcionaba ventaja en aquella pelea de machos. Georgie no pudo evitar preguntarse cómo una mujer como ella había acabado casada con dos hombres tan impresionantes. Se acercó a Bram.
– Di lo que tengas que decir, Lance, y después déjame en paz.
– ¿Puedes venir fuera un momento?
– Georgie y yo no tenemos secretos el uno para el otro. -Bram dejó que su voz fuese un murmullo tipo Clint Eastwood años setenta-. A mí no me gustan los secretos. No me gustan en absoluto.
Georgie consideró la posibilidad de sobreponerse a aquellos instintos machistas, pero sólo durante un instante.
– Bram es muy posesivo. La mayor parte de las veces, de una forma positiva.
Él curvó la mano en la nuca de Georgie.
– Y procuraremos que siga así.
La oleada de diversión que Georgie experimentó le indicó que llevaba demasiado tiempo viviendo con el demonio. Aun así, aquélla era su batalla, no la de Bram, y aunque apreciaba mucho su apoyo, tenía que librarla ella sola.
– No parece que Lance vaya a marcharse así como así, de modo que será mejor que solucione esto de una vez por todas.
– No tienes por qué hablar con él. -Bram le soltó la nuca-. Nada me gustaría más que una buena excusa para enviar a la calle a este bastardo de una patada en el culo.
– Sé que lo harías, cariño, pero siento estropearte la diversión. ¿Te importa dejarnos solos unos minutos? Te prometo que te lo contaré todo. Sé lo mucho que te gusta reírte.
Meg le lanzó una mirada furibunda a Lance y cogió a Bram del brazo.
– Vamos, colega. Te prepararé otra copa.
¡Justo lo que Bram no necesitaba! Pero la intención de Meg era buena.
Él fijó la mirada en Georgie y ella se dio cuenta de que intentaba decidir la duración e intensidad del beso que iba a darle. Sin embargo, con gran sabiduría, restó énfasis a la escena y sólo le rozó la mano.
– Estaré cerca por si me necesitas.
Georgie quería quedarse en el vestíbulo, pero Lance tenía otra idea y entró en el salón obligándola a seguirlo. Su pasión por las superficies lisas y las líneas duras y modernas harían que desdeñara aquella encantadora habitación, con sus naranjos chinos, las telas tibetanas y los cojines indios con espejitos. Además, aunque la casa de Bram era espaciosa, podría haber cabido en una esquina de la enorme finca en la que ella y Lance habían vivido.