La ciudad y los perros
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La ciudad y los perros». Краткое содержание книги:
Algunos tienen desviada el alza, el guión, otros están con el interior del cañón ligeramente dañado. Esto no basta, claro está. Pero es posible que un cadete modificara la posición del alza, sin darse cuenta, y apuntara mal. La bala ha podido seguir una trayectoria rampante. Y el cadete Arana, por una desgraciada coincidencia, pudo estar en mala posición, mal cubierto. En fin, sólo es una hipótesis, mi coronel.
— La bala no cayó del cielo–dijo el coronel, más tranquilo, como si algo se hubiera resuelto–No me dice usted nada nuevo, la bala se le escapó a uno de la retaguardia. ¡Pero esos accidentes no pueden ocurrir aquí! Lleve mañana mismo todos los fusiles a la armería. Que cambien los inservibles. Capitán, encárguese de que en las otras compañías se haga también una revisión. Pero no ahora; dejemos pasar unos días. Y con mucha prudencia: no debe trascender una palabra de este asunto. Está en juego el prestigio del colegio, e incluso el del Ejército. Felizmente, los médicos han sido muy comprensivos.
Harán un informe técnico, sin hipótesis. Lo más sensato es mantener la tesis de un–error cometido por el propio cadete. Hay que cortar de raíz cualquier rumor, cualquier comentario. ¿Entendido?
— Mi coronel–dijo el capitán–Permítame hacerle observar que esta tesis me parece mucho más verosímil que la de un tiro de la retaguardia.
— ¿Por qué? — dijo el coronel- ¿Por qué más verosímil?
— Más aún, mi coronel. Yo me atrevería a afirmar que la bala salió del fusil del propio cadete. Es imposible que, apuntando a blancos situados a varios metros de altura sobre el terreno, la trayectoria de una bala sea rampante. El cadete ha podido accionar el gatillo inconscientemente, al caer sobre el fusil. He visto con mis propios ojos que los cadetes se arrojaban de manera defectuosa, sin ninguna técnica. Y el cadete Arana jamás se distinguió en las campañas.
— Después de todo, es posible–dijo el coronel, muy calmado-. Todo es posible en este mundo. ¿Y usted de qué se ríe, Gamboa?
— No me río, mi coronel. Perdóneme, pero se ha confundido.
— Así espero–dijo el coronel, palincándose el vientre y sonriendo, por primera vez–Y que esto les sirva de lección. El quinto año y sobre todo la primera compañía, nos ha dado malos ratos, señores. Hace unos días expulsamos a un cadete que robaba exámenes, rompiendo ventanas, como un gangster de película.
Ahora esto. Pongan mucho cuidado en el futuro. No hago amenazas, señores, entiéndanlo bien. Pero tengo una misión que cumplir aquí. Y ustedes también. Debemos cumplirla como militares, como peruanos. Sin contemplaciones ni sentimentalismos. Venciendo todos los obstáculos. Pueden retirarse, señores.
Una tarde que regresaba del colegio, el flaco Higueras me dijo: “¿no te importa que vayamos a otro sitio? Prefiero no entrar a esa cantina». Le dije que no me importaba y me llevó a un bar de la avenida Sáenz Peña, oscuro y sucio. Por una puerta muy pequeña, junto al mostrador, se pasaba a un salón grande. El flaco Higueras conversó un momento con el chino que atendía; parecían conocerse mucho. El flaco pidió dos cortos y cuando terminamos de beber, me preguntó mirándome muy serio, si yo era un hombre tanEl capitán Garrido y el teniente Gamboa salieron. El coronel se quedó mirándolos, con expresión solemne, hasta que la puerta se cerró tras ellos. Entonces, se rascó la barriga.
macho como mi hermano. «No sé, le dije, creo que sí. ¿Por qué?» «Me debes cerca de veinte soles, me respondió. ¿No es cierto?» Sentí una culebra en la espalda, ya no me acordaba que ese dinero era prestado y pensé, ahora me va a pedir que le pague y qué hago. Pero el flaco me dijo: «no es para cobrarte. Sólo que ya eres un hombre y necesitas plata. Yo puedo prestarte cuanto te falte. Pero para eso es necesario que la consiga. ¿Quieres ayudarme a conseguir plata?». Le pregunté qué tenía que hacer y me contestó: «es peligroso y si te da miedo, no hemos dicho nada. Hay una casa que yo conozco y está vacía. Es de gente rica, tienen para llenar no sé cuántos cuartos de billetes, así como Atahualpa, tú ya sabes eso». "¿Quieres decir robar?», le pregunté. «Sí, dijo el flaco. Aunque no me gusta esa palabra. Esa gente está podrida en plata y ni tú ni yo tenemos dónde caernos muertos. ¿Tienes miedo? No creas que quiero obligarte. ¿De dónde crees que conseguía tanto dinero tu hermano? Lo que tienes que hacer es muy fácil.» «No, le dije, perdóname, pero no quiero.» No tenía miedo pero me había agarrado de sorpresa y sólo pensaba cómo nunca me había dado cuenta de que mi hermano y el flaco Higueras eran ladrones. El flaco no me habló más del asunto, pidió otras dos copas y me ofreció un cigarrillo. Como siempre, me contó chistes. Era muy gracioso, cada día sabía nuevos cuentos colorados y los contaba muy bien, haciendo muecas y cambiando de voz. Abría tanto la boca para reírse que se veían sus muelas y su garganta. Yo lo escuchaba y también me reía, pero seguro notó en mi cara que pensaba en otra cosa, porque me dijo: "¿qué te pasa?; ¿te has puesto triste por lo que te propuse? Olvídate del asunto». Yo le dije: "¿Y si un día te pescan?». Él se puso serio. «Los soplones son muy brutos, me contestó. Y, además, son más ladrones que nadie. Pero, en fin, si me pescan me friego. Así son las cosas de la vida.» Yo quería seguir hablando de lo mismo y le pregunté: "¿y cuánto tiempo de cárcel te darían, si te pescan?». «No sé, dijo él, eso depende de ' la plata que tenga en el momento.» Y me contó que una vez pescaron a mi hermano, metiéndose a una casa de La Perla. Un cachaco que pasaba por ahí le sacó la pistola y le estuvo apuntando y le decía: «caminando para la comisaría, cinco metros adelante, o lo quemo a balazos, so ladrón». Y que mi hermano se echó a reír con gran concha y le dijo: "¿estás borracho? Me estoy entrando ahí porque la cocinera me espera en su cama. Si quieres ver, méteme la mano al bolsillo y verás». Y dice que el cachaco dudó un momento, pero después le dio curiosidad y se le acercó. Le puso la pistola en el ojo y mientras le hurgaba el bolsillo, le decía: «te mueves un milímetro y te hago polvo el ojo. Si no te mueres, te quedas tuerto, así que quieto». Y cuando sacó la mano tenía un fajo de billetes. Mi hermano se echó a reír y le dijo: «tú eres un cholo y yo soy un cholo, somos hermanos. Quédate con esa plata y déjame ir. Otro día vendré a ver a la cocinera». Y el cachaco le contestó: «me voy a mear, ahí detrás de esa pared. Si estás aquí cuando vuelva, te cargo a la comisaría por corromper a la autoridad». Y el flaco también me contó que una vez casi los agarran a los dos, por Jesús María. Los pescaron saliendo de una casa y un cachaco comenzó a tocar silbato y ellos corrían por los techos. Al fin se tiraron a un jardín y mi hermano se torció el pie y le gritó: «córrete que a mí ya me fundieron». Pero el flaco no quiso escaparse solo y lo fue arrastrando hasta uno de los buzones de las esquinas. Se metieron ahí y estuvieron apretados, casi sin respirar, no sé cuántas horas y después tomaron un taxi y vinieron al Callao. Después de esto dejé de ver al flaco Higueras varios días y pensé: «ya lo han cogido». Pero una semana más tarde volví a verlo, en la Plaza de Bellavista y volvimos a ir donde el chino a tomar una copa, a fumar y a conversar. Ese día no tocó el tema, ni tampoco el siguiente, ni los otros. Yo iba a estudiar todas las tardes donde Tere, pero no había vuelto a esperarla a la salida de su colegio porque no tenía plata. No me atrevía a pedirle al flaco Higueras y pasaba muchas horas pensando en la manera de conseguir unos soles. Una vez en el colegio nos pidieron comprar un libro y se lo dije a mi madre. Se puso furiosa, gritó que hacía milagros para que pudiéramos comer y que al año siguiente no volvería al colegio, porque ya tendría trece años y debía ponerme a trabajar. Me acuerdo que un domingo fui donde mi padrino, sin decir nada a mi madre. Tardé más de tres horas en llegar, tuve que atravesar a pie todo Lima. Antes de tocar la puerta de su casa, aguaité por la ventana a ver si lo descubría; tenía miedo que saliera su mujer, como la vez pasada, y lo negara. No salió su mujer, sino su hija, una flaca sin dientes. Me dijo que su padre estaba en la sierra y que no volvería antes de diez días. Así que no pude comprarme el libro, pero mis compañeros me lo prestaban y así hacía las tareas. Lo grave era no poder ir a buscar a Tere a su colegio, eso me tenía deprimido. Una tarde que estábamos estudiando y como su tía se había ido un momento al otro cuarto, ella me dijo: «ya nunca has vuelto a esperarme-. Y yo me puse rojo, y le dije: «pensaba ir mañana. ¿Siempre sales a las doce, no?». Y esa noche salí a la Plaza de Bellavista a buscar al flaco Higueras, pero no estaba. Se me ocurrió que andaría en el bar ése de la avenida Sáenz Peña y me fui hasta allá. La cantina estaba llena de gente y de humo y había borrachos que gritaban. Al verme entrar, el chino me gritó: largo de aquí, mocoso». Y yo le dije: «tengo que ver al flaco Higueras, es urgente». El chino entonces me reconoció y me señaló la puerta M fondo. El salón grande estaba más lleno que el de la entrada, con el humo casi no se podía ver, y había mujeres sentadas en las mesas o en las rodillas de los tipos, que las manoseaban y las besaban. Una de ellas me agarró la cara y me dijo: "¿qué haces aquí, renacuajo?». Y yo le dije: «calla, puta». Y ella se rió pero el borracho que la tenía abrazada me dijo: «te voy a dar un cuete por insultar a la señora». En eso apareció el flaco. Cogió al borracho de un brazo y lo calmó diciéndole: «es mi primo y el que quiera hacerle algo se las ve conmigo».»Está bien, flaco, dijo el tipo, pero que no ande diciendo putas a mis mujeres. Hay que ser educado y sobre todo de chico.» El flaco Higueras me puso una mano en el hombro y me llevó hasta una mesa donde había tres hombres. No conocía a ninguno; dos eran criollos y el otro serrano. Me presentó como a su amigo, hizo que me trajeran una copa. Yo le dije que quería hablarle a solas. Fuimos al urinario, y allí le dije: «necesito plata, flaco; por lo que más quieras, préstame dos soles». Él se rió y me los dio. Pero luego me dijo: «oye, ¿te acuerdas de lo que hablamos el otro día? Bueno, yo también quiero que me hagas un favor. Te necesito. Somos amigos y tenemos que ayudarnos. Es sólo por una vez. ¿Bueno?». Yo le contesté: «bueno. Sólo una vez y a cambio de todo lo que te debo». «De acuerdo, me dijo. Y si nos va bien, no te arrepentirás.» Regresamos a la mesa y les dijo a los tres tipos: les presento a un nuevo colega». Los tres se rieron, me abrazaron y estuvieron haciendo bromas. En eso se acercaron dos mujeres y una de ellas comenzó a fregar al flaco. Quería besarlo y el serrano le dijo: «déjalo en paz. ¿Por qué mejor no besuqueas a la criatura?». Y ella dijo: «con mucho gusto». Y me besó en la boca mientras los otros se reían. El flaco Higueras la separó y me dijo: «ahora, anda vete. No vuelvas por acá. Espérame mañana a las ocho de la noche en la Plaza Bellavista, junto al cine». Me fui y traté de pensar sólo en que al día siguiente iría a esperar a Tere, pero no podía, estaba muy excitado por lo del flaco Higueras. Se me ocurría lo peor, que los cachacos nos pescarían y que me mandarían a la Correccional de la Perla por ser menor y que Tere se enteraría de todo y no querría oír hablar más de mí.