La ciudad y los perros
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La ciudad y los perros». Краткое содержание книги:
Bebieron las Colas sin hablar. Paulino los miraba descaradamente, con sus ojos malignos. El padre de Arana bebía del pico de la botella, a tragos cortos; a veces, se quedaba con la botella suspendida sobre la boca y los ojos ausentes. Reaccionaba haciendo una mueca y volvía a tornar otro trago. Alberto bebía sin ganas, el gas le hacía cosquillas en el estómago. Procuraba no hablar, temía que el hombre se lanzara a nuevas confidencias. Miraba a un lado y a otro. No se veía a la vicuña, probablemente estaba en el estadio. El animal huía al otro extremo del colegio cuando los cadetes estaban libres. Durante las clases, en cambio, venía a recorrer el campo de hierba a pasos lentos y gimnásticos. El padre de Arana pagó las bebidas y dio a Paulino una propina. El edificio de las aulas no se veía, aún estaban sin encender las luces de la pista de desfile y la neblina había descendido hasta el suelo.
— ¿Sufría mucho? — preguntó el hombre-. El sábado, al traerlo aquí. ¿Sufría mucho?
— No, señor. Estaba desmayado. Lo subieron a un coche en la avenida Progreso. Y lo trajeron directamente a la enfermería.
— Sólo nos avisaron el sábado en la tarde–dijo el hombre, con voz fatigada-. A eso de las cinco. Hacía como un mes que no salía y su madre quería venir a verlo. Siempre lo castigaban por una cosa u otra. Yo pensaba que eso lo obligaba a estudiar más. Nos llamó por teléfono el capitán Garrido. Fue algo duro para nosotros, joven. Vinimos al instante, casi choco en la Costanera. Y ni siquiera nos dejaron estar con él. Eso no habría ocurrido en una clínica.
— Si ustedes quisieran, podrían llevarlo a otra clínica. No se atreverán a prohibirles eso.
— El médico dice que ahora no se lo puede mover. Está muy grave, ésa es la verdad, para qué engañarse.
Su madre se va a volver loca. Está furiosa conmigo, sabe usted, eso es lo más injusto, por lo del viernes.
Las mujeres son así, todo lo tergiversan. Si yo he sido severo con el muchacho, ha sido por su bien. Pero el viernes no pasó nada, una tontería. Y me lo saca en cara todo el tiempo.
— Arana no me contó nada–dijo Alberto-. Y eso que siempre me hablaba de sus cosas.
— Le digo que no pasó nada. Vino a la casa por unas horas, le habían dado un permiso no sé por qué.
Hacía un mes que no salía. Y apenas llegó quiso ir a la calle. Era una desconsideración, no es cierto, qué es eso de llegar y salir disparado de su casa. Le dije que se quedara con su madre, que tanto se desespera
cuando no sale. Nada más, fíjese si no es una tontería. Y ahora ella me dice que yo lo martiricé hasta el final, ¿no es injusto y estúpido?
— Su señora debe estar nerviosa–dijo Alberto-. Es natural. Una cosa así…
— Sí, sí–dijo el hombre-. No hay manera de convencerla que descanse. Se pasa todo el día en la enfermería, esperando al médico. Y para nada. Apenas nos habla, fíjese. Calma, un poco de paciencia señores, estamos haciendo todo lo posible, ya les avisaremos. El capitán puede ser muy amable, nos quiere tranquilizar, pero hay que ponerse en nuestro caso. Parece tan increíble, después de tres años, ¿cómo le puede ocurrir a un cadete un accidente así?
— Es decir–dijo Alberto-. No se sabe. Mejor dicho…
— El capitán nos explicó–dijo el hombre–Lo sé todo. Ya sabe usted, los militares son partidarios de la franqueza. Al pan pan y al vino vino. No hablan con rodeos.
— ¿Le contó todo con detalles?
— Sí–dijo el padre-. Se me ponían los pelos de punta. Parece que el fusil chocó cuando él apretaba el gatillo. ¿Se da usted cuenta? En parte es culpa del colegio. ¿Qué clase de instrucción les dan?
— ¿Le dijo que se había disparado él mismo? — lo interrumpió Alberto.
— Fue un poco brusco en eso–dijo el hombre-. No debió decirlo delante de su madre. Las mujeres son débiles. Pero los militares no tienen pelos en la lengua. Yo quería que mi hijo fuera así, una roca. ¿Sabe lo que nos dijo? En el Ejército los errores se pagan caros, así, tal como se lo cuento. Y nos dio explicaciones, que los peritos revisaron el arma, que todo funciona perfectamente, que la culpa fue sólo del muchacho.
Pero yo tengo mis dudas. Yo pienso que la bala se escapó por accidente. En fin, uno no puede saber. Los militares entienden de estas cosas más que uno. Además, ahora qué importa.
— ¿Le dijo todo eso? — insistió Alberto.
El padre de Arana lo miró.
— Sí. ¿Por qué?
— Por nada–repuso Alberto-. Nosotros no vimos. Estábamos en el cerro.
— Me disculpan–dijo Paulino-. Pero tengo que cerrar.
— Será mejor que vuelva a la enfermería–dijo el hombre–Tal vez ahora podamos verlo un rato.
Se levantaron y Paulino les hizo un saludo con la mano. Volvieron a avanzar sobre la hierba. El padre de Arana caminaba con las manos a la espalda; se había subido las solapas del saco. «El Esclavo nunca me habló de él», pensó Alberto. «Ni de su madre.»
— ¿Puedo pedirle un favor? — dijo-. Quisiera ver a Arana un momento. No digo ahora. Mañana, o pasado, cuando esté mejor. Usted podría hacerme entrar a su cuarto diciendo que soy un pariente, o un amigo de la familia.
— Sí–dijo el hombre-. Ya veremos. Hablaré con el capitán Garrido. Parece muy correcto. Un poco estricto, como todos los militares. Después de todo, es su oficio.
— Sí–dijo Alberto-. Los militares son así.
— ¿Sabe? — dijo el hombre-. El muchacho está muy resentido conmigo. Yo lile doy cuenta. Le hablaré y si no es bruto comprenderá que todo ha sido por su bien. Verá que las responsables son su madre y la vieja loca de Adelina.
— ¿Es una tía suya, creo? — dijo Alberto.
— Sí–afirmó el hombre, enfurecido-. La histérica ésa. Lo crió como a una mujercita. Le regalaba muñecas y le hacía rizos. A mí no pueden engañarme. He visto fotos que le tomaron en Chiclayo. Lo vestían con faldas y le hacían rulos, a mi propio hijo, ¿comprende usted? Se aprovecharon de que yo estaba lejos.
Pero no se iban a salir con la suya.
— ¿Usted viaja mucho, señor?
— No–respondió brutalmente el hombre-. No he salido nunca (le Lima. Ni me interesa. Pero cuando yo lo recobré estaba maleado, era un inservible, un inútil. ¿Quién me puede culpar por haber querido hacer de él un hombre? ¿Eso es algo de que tengo que avergonzarme?