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La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]

Электронная книга - «La Odisea de Troya [Trojan Odyssey - es]». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso huracán se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
En su camino se encuentra un barco de cruceros, de dimensiones nunca vistas. La muerte amenaza a un número incalculable de personas. Dirk Pitt, su hijo y Al Giordano acuden a rescatarles, pero cuando lo han hecho descubren algo aterrador, que supone una amenaza para toda la humanidad. Dispondrán de pocos días para detener una catástrofe que puede cambiar el mundo para siempre.
La odisea de Troya es una aventura grandiosa, una muestra más del talento excepcional de un maestro del género.
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Pitt le dio la espalda a la tragedia y entró en la timonera, que tenía el suelo cubierto de cristales rotos.

– ¿Qué te parece, Rudi? ¿Llegaremos a la costa o tendremos que acomodarnos en las balsas?

– Quizá lo consigamos si Al logra que el motor no se pare y Patrick consigue achicar el agua que entra por la proa, cosa que parece poco probable. Entra más de lo que sacamos.

– También entra agua por los agujeros de las balas, por debajo de la línea de flotación.

– Hay una lona en uno de los armarios. Si pudiéramos bajarla sobre la proa como una máscara, quizá lograríamos reducir la entrada de agua lo suficiente para que no supere la capacidad de la bomba.

Pitt miró hacia la proa, que estaba hundida casi medio metro en el agua.

– Yo me encargo.

– No tardes mucho -le advirtió Gunn-. Continuaré marcha atrás para disminuir el ritmo de la inundación.

Pitt se asomó a la escotilla de la sala de máquinas.

– Al, ¿qué tal pinta la fiesta?

Giordino se acercó a la escotilla. Estaba hundido hasta las rodillas en el agua mezclada con légamo marrón, tenía las ropas empapadas, y las manos, los brazos y el rostro cubiertos de aceite.

– Apenas si consigo mantenerme por delante, y créeme, esto no es una fiesta.

– ¿Puedes echarme una mano en cubierta?

– Dame cinco minutos para limpiar la bomba. El légamo la tapona si no limpio los filtros.

Pitt bajó la escalerilla y fue hasta el armario ubicado más allá de los camarotes, para sacar la lona encerada. Pesaba mucho, pero consiguió arrastrarla hasta la escotilla de proa y sacarla a cubierta. Giordino no tardó en reunirse con él; por el aspecto, parecía haberse caído en un pozo de alquitrán. Entre los dos desplegaron la lona y ataron las cuatro puntas con cabos de nailon. En dos de las puntas ataron partes del motor destrozado por la granada, para que se hundieran. En cuanto estuvieron preparados, Pitt le hizo una seña a Gunn para que redujera la velocidad.

Lanzaron la lona por encima de la proa aplastada, con los cabos bien sujetos. Esperaron a que el lado de la lona con los pesos se sumergiera en la mezcla de agua y légamo. Luego Pitt le gritó a Gunn.

– ¡Muy bien, ahora adelante muy despacio!

Se situaron uno a cada banda y tiraron de los cabos hasta que el extremo sumergido quedó por debajo de la proa. A continuación ataron los dos cabos y luego recogieron los otros dos cabos para que la lona cubriera toda la sección dañada, cosa que redujo considerablemente la entrada de agua. En cuanto acabaron de atar los dos cabos restantes, Pitt se asomó a la escotilla de proa.

– ¿Qué tal ahora, Patrick?

– Funciona -respondió Dodge, cansado pero contento-. Habéis conseguido reducir la entrada de agua en un ochenta por ciento. La bomba podrá achicar el resto sin problemas.

– Tengo que volver a la sala de máquinas -dijo Giordino-. Tiene un aspecto horrible.

– Como tú -afirmó Pitt con una sonrisa. Apoyó un brazo en los hombros de su compañero-. Avísame si necesitas que te eche una mano.

– No harás más que incordiarme. Tendré las cosas controladas dentro de un par de horas.

Pitt entró en la timonera.

– Ya podemos ponernos en camino, Rudi. El parche parece que funciona.

– Es una suerte que los controles del navegador estén intactos. He programado el rumbo a Barra del Colorado, en Costa Rica. Allí tengo un viejo amigo de la Armada que está retirado y que vive junto a un club náutico. Atracaremos en su muelle y haremos las reparaciones necesarias para poder llegar luego al astillero de la NUMA en Fort Lauderdale.

– Una sabia decisión. -Pitt señaló hacia el enorme y misterioso buque portacontenedores que se veía fondeado frente a Barra del Río Maíz-. Podríamos tener problemas si vamos allí. Más vale prevenir que curar.

– Tienes razón. En cuanto las autoridades nicaragüenses se enteren de que hemos hundido un yate en sus aguas, nos detendrán. -Se enjugó con un trapo la sangre que le manaba de un corte en la mejilla-. ¿Cuál es la historia de la mujer que rescataste?

– La averiguaré en cuanto recobre el conocimiento.

– ¿Has llamado al almirante para informarle de lo ocurrido, o quieres que lo haga yo?

– Ya lo llamo yo.

Pitt fue a la cocina y se sentó delante del ordenador que la tripulación usaba para entretenerse con los juegos, enviar correos electrónicos y buscar alguna cosa en internet. Escribió el nombre del yate, Epona, y esperó los resultados del buscador. En menos de un minuto, apareció en la pantalla el bajorrelieve de una mujer con dos caballos y una breve descripción de la diosa celta de los caballos y la fertilidad. Leyó la información, apagó el ordenador y salió de la cocina. Se cruzó con Renée en el pasillo que separaba los camarotes.

– ¿Qué tal está? -le preguntó.

– Si por mi fuera, ya hubiera arrojado por la borda a esa estúpida arrogante.

– ¿Insoportable?

– Ni te lo imaginas. En cuanto abrió los ojos, comenzó a meterse conmigo. No solo es una mandona, sino que no habla más que español. -Renée hizo una pausa y sonrió con picardía-. Es una farsante.

– ¿Cómo lo sabes?

– Mi madre se apellidaba Ybarra. Yo hablo el español mucho mejor que nuestra invitada.

– ¿Se niega a responder en inglés?

– Así es, pero es pura farsa. Quiere hacernos creer que sólo es una pobre mujer mexicana que trabajaba de cocinera. El maquillaje y el biquini de diseño la traicionan. La tía tiene clase. No es una criada.

Pitt desenfundó su vieja Colt.45.

– Déjame que juegue al tipo duro con ella.

Entró en el camarote donde estaba la mujer, se acercó a ella y apoyó suavemente el cañón del arma en la nariz respingona.

– Siento tener que matarte, preciosa, pero no queremos dejar testigos. Lo comprendes, ¿verdad?

Los ojos color ámbar se desorbitaron y bizquearon al mirar la pistola. Le temblaron los labios al sentir el frío del acero. Miró los inescrutables ojos verdes de Pitt.

– ¡No, no, por favor! -gritó en inglés-. ¡No me mate! Tengo dinero. Déjeme vivir y le haré un hombre rico.

Pitt miró a Renée, que lo miraba boquiabierta, sin tener muy claro si acabaría disparándole a la mujer.

– ¿Quieres ser rica, Renée?

Renée comprendió el juego y lo siguió.

– Ya tenemos una tonelada de oro escondida en la bodega.

– No te olvides de los rubíes, las esmeraldas y los diamantes -añadió Pitt.

– Quizá decidamos no arrojarla a los tiburones durante un par de días si nos dice todo lo que sabe del falso barco pirata, y por qué nos persiguieron durante toda la noche con la intención de matarnos a todos y hundir nuestro barco.

– ¡Sí, sí, por favor! -balbuceó la mujer-. ¡Puedo decirles lo que sé!

Pitt advirtió un extraño reflejo en los ojos, que no invitaba precisamente a la confianza.

– Te escuchamos.

– El yate era de mi esposo y mío -comenzó-. Estábamos haciendo un crucero desde Savannah a través del canal de Panamá hasta San Diego, cuando se nos acercó lo que parecía un inofensivo barco pesquero cuyo capitán nos pidió un botiquín de emergencia para tratar a un marinero herido. Por desgracia mi marido cayó en la trampa y, antes de que pudiéramos reaccionar, los piratas habían abordado nuestro yate.

– Antes de continuar -dijo Pitt-, será mejor que nos presentemos. Soy Dirk Pitt y ella es Renée Ford.

– Ha sido una descortesía por mi parte no haberles dado las gracias por salvarme. Me llamo Rita Anderson.

– ¿Qué le pasó a su marido y a la tripulación?

– Los asesinaron a todos y arrojaron los cadáveres al mar. A mí me perdonaron porque creyeron que les serviría como cebo para atrapar a otros barcos.

– ¿A qué se refiere? -preguntó Renée.

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