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Un asesino irresistible

Электронная книга - «Un asesino irresistible». Краткое содержание книги:

Martina de Santo, nuestra detective más internacional, ha sido ascendida al cargo de inspectora. Como tal, tendrá que resolver el extraño asesinato de la baronesa de Láncaster, cuyo cadáver, abandonado en un prado, muestra señas de haber sido atacado por un criminal y por un animal salvaje simultáneamente. Al hilo de la investigación, Martina se introducirá en el cerrado y excéntrico mundo de la aristocracia española, contemplará sus grandezas y sus miserias y las luchas cainitas por mantener sus privilegios. Una trama perfecta de Martina, quien tendrá que aplicarse a fondo para solucionar este nuevo y fascinante enigma.
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– No era de eso de lo que presumía -dije.

– Todo en Hugo era hiperbólico, una pura exageración, cuando no un fracaso. Su hermano Lorenzo, mucho más prudente, consiguió ir apartándole de la dirección de las empresas familiares. Hugo no ignoraba que su influencia en los consejos de administración disminuía cada día.

Martina estiró una mano, aparentemente para coger un vaso de agua que había en la mesilla, pero, en su lugar, agarró el paquete de Player's y, antes de que lo hubiésemos podido impedir, había encendido uno.

– Inspectora, no debería…

– Gracias por preocuparse por mi salud, Horacio -dijo ella, expulsando con delectación una bocanada de humo-. El abogado de los Láncaster, Joaquín Pallarols, con quien mantuve una entrevista para informarme de las finanzas del ducado, pues del corrupto administrador, Julio Martínez Sin, hice mejor en no fiarme, me confió que, desde la muerte del duque, al frente de las nuevas empresas y operaciones financieras ya sólo figuraba Lorenzo. Hugo no tenía ninguna duda de que, igualmente, el testamento de su madre le relegaría. La frustrante sensación de estar siendo objeto de una sistemática marginación fue creciendo hasta dar paso a un ánimo de venganza. Pero Hugo sólo se decidiría a pasar a la acción cuando su prima Casilda le envolvió en sus amorosas redes. La pasión alimentó la codicia, y ésta generó el crimen. Entre los dos amantes, les decía, entre Hugo y Casilda ingeniaron una trama maquiavélica que incluía un doble asesinato: uno falso, el de la espuria Azucena, del que pretendían culpar a Pablo; y otro perfecto, el que debería haber acabado con la vida de Lorenzo.

»Para cumplir sus propósitos, ambos episodios tenían que resultar consecutivos en el tiempo. En primer lugar, la Policía, dando por hecho que eran los restos de Azucena -pero siendo, en realidad, los de la hermana Benedictina-, descubriría el cadáver tendido junto al aprisco, en el que se habrían depositado algunos cabellos de Pablo de Abrantes, a fin de inculparle. Y, en segundo lugar, durante la batida que se organizaría contra la peligrosa pantera que merodeaba por los bosques, Hugo le dispararía un escopetazo a su hermano Lorenzo.

»Aquel imaginativo plan tenía un inconveniente. Para algunas de sus tareas, como, por ejemplo, para trasladar el cadáver de la hermana Benedictina desde el cementerio de las monjas hasta el refugio del ganado, eran necesarias dos personas. Pero Hugo no podía colaborar. Si quería conservar su coartada, debería permanecer en todo momento en La Corza Blanca. Fue entonces cuando captaron a Elisa como cómplice.

– Así lo ha admitido ella misma en su confesión -corroboró el comisario-. Hugo de Láncaster, con quien ya había tenido un breve y tormentoso romance, volvió a seducirla, ahora con promesas de boda. Esa modesta muchacha, Elisa Santander, le dio ingenuamente crédito. Llegó a verse como la futura duquesa de Láncaster y la ambición la cegó.

– No tan modesta ni tan ciega, comisario -le advirtió Martina-. Y, desde luego, nada inocente. Si en este caso ha llegado a actuar una pantera de las nieves, salvaje y con las garras bien afiladas, ha sido ella, Elisa.

– Hay una laguna en su argumentación, Martina -observé-. Hugo y Casilda no tenían necesidad de reclutar un tercer cómplice ni de trasladar el cadáver hasta el aprisco. Podían haberlo dejado en cualquier otro lugar del bosque, junto al cementerio, sin ir más lejos, y, de idéntico modo, simular que esa mujer había sido atacada por un felino. El resultado habría sido el mismo.

– Se equivoca, Horacio. En ese caso, el cadáver de la religiosa no se habría descongelado.

Fui yo quien se congeló con esa salida.

– ¿De qué está hablando, inspectora?

– De cómo consiguieron engañar a los forenses con la hora de la muerte. Recuerde que la hermana Benedictina había sido enterrada en un viejo y gélido osario del cementerio medieval, en condiciones de un frío extremo. Aquel día, 24 de diciembre de 1989, nevó. Al caer la noche, la temperatura había descendido bastante por debajo de los cero grados, provocando la congelación del cadáver y paralizando los fenómenos y síntomas de su natural degradación. Doce horas después de su funeral, hacia las tres de la madrugada del día de Navidad, tras haber profanado el camposanto y haber cambiado los cadáveres, Casilda y Elisa sumergieron el cuerpo de la hermana Benedictina en el río Turbión, debajo del Puente de los Ahogados, durante el suficiente tiempo como para activar su descongelación. Al contacto con el agua, la temperatura del cadáver aumentó, permitiendo, a partir de ese momento, el normal desarrollo de los fenómenos cadavéricos.

El comisario cuestionó:

– ¿Cómo sabe que la sumergieron precisamente en esa parte del río, debajo del Puente de los Ahogados?

– Por la ausencia de sal marina en el agua retenida en los pulmones de Benedictina y por las partículas de flora reveladas por la autopsia -detalló Martina-. Existe una microscópica especie de alga fluvial que se da en esos tramos embalsados del río Turbión, bajo los puentes, o en las pozas, pero no en su desembocadura, pues el flujo de la marea y la salinidad impiden su desarrollo.

– Volvamos a la manipulación del cadáver -propuso Satrústegui, tras aceptar esa explicación-. Ya tenemos a las dos mujeres, a Casilda y a Elisa, transportando el cuerpo de Benedictina hacia los pastos, monte arriba, a través del bosque. Pero la temperatura nocturna seguía siendo extremadamente baja. Una vez abandonado junto al refugio del ganado, pero a la cruda intemperie, ese cadáver casi desnudo volvería a congelarse.

Martina apagó el cigarrillo. Con las manos, se echó el pelo hacia atrás. De lo pálida que estaba, también ella tenía un aspecto un tanto cadavérico.

– Buena observación, comisario. Así, en efecto, ocurrió. El cadáver de Benedictina se heló de nuevo, provocando esta vez una ulterior confusión de síntomas entre los efectos de la helada y la rigidez cadavérica. Por esa razón, y tal como pretendían los autores del engaño, a fin de fingir la muerte de Azucena de Láncaster con la misma eficacia con que antes habían creado una vida para ella, el doctor Marugán situó la data de la muerte entre las dos y las cuatro de la madrugada del día de Navidad. Hora en que Hugo de Láncaster dormía plácidamente en su habitación de La Corza Blanca, a cuarenta kilómetros de distancia.

Satrústegui se pasó los dedos por los párpados.

– Parece cosa de brujas.

La inspectora sonrió.

– Al menos, de dos. Saben que, popularmente, llaman al palacio de Láncaster la Casa de las Brujas. Pues bien, el plural ya está justificado.

Satrústegui inventarió:

– Vamos a ver si la he seguido, Martina. Esas dos mujeres, Casilda y Elisa, asfixiaron a la duquesa en su dormitorio y la sacaron del palacio cuando todos dormían. Cargando con sus restos, caminaron a través del bosque hasta el cementerio monástico y ocultaron su cadáver en el mismo osario donde reposaba el de una monja recién fallecida. Cerraron el sepulcro, dejando a doña Covadonga dentro, y sumergieron los restos de la religiosa en el río para confundir al forense con la data de su muerte. Su última estratagema consistió en trasladar monte arriba el cuerpo de la hermana Benedictina, abandonándolo como si fuese el cadáver de Azucena de Láncaster.

– ¡Perfecto, comisario! -aplaudió Martina-. Ni yo misma lo habría resumido mejor. Respecto a este punto, tan sólo añadiré que todos esos movimientos estuvieron sincronizados con el único, y mucho más simple, que el señor Bruno Arnolfino, director del Circo Véneto, tenía que hacer, manipulando una de las jaulas de los felinos. Recuerden que ese circo estaba acampado en el municipio de Turbión de las Arenas, muy cerca del palacio de Láncaster.

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