Un asesino irresistible
- Автор: Bolea Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asesino irresistible». Краткое содержание книги:
Cas me ha hablado mucho de Azucena. Fui yo misma la que sacó el tema, no vayas a pensar. Ambas llegaron a conocerse bastante bien, y parece ser que se apreciaban mutuamente. Cas me aseguró que ella la había defendido desde el primer momento frente a otros miembros de la familia que, de forma más o menos disimulada, la repudiaban por su origen plebeyo. Las burlas por tan injusta causa llegaron a ser muy crueles. ¿Me tratarán a mí de la misma manera? ¡Espero que no!
Hugo estaba enamorado de Azucena, de eso a Cas no le cabía la menor duda. Y, tal como ahora lo está haciendo conmigo, disfrutó con ella de una larga luna de miel. Asimismo, estuvieron en el yate de Cursufi y en la casa de Hugo en Kenia, a la que, por cierto, no se ha decidido a llevarme aún. Hugo fue generoso con su primera mujer. Puso a su disposición una cuenta corriente, prácticamente ilimitada, a fin de renovar su vestuario y convertirla en muy poco tiempo en una dama y en una estrella de la vida social. «Azucena era bastante inteligente -recordó Cas; estábamos en la terraza del Fin de Siècle disfrutando de la puesta de sol y tomando unos gin-tonics-. Y muy ambiciosa. Asumió su papel con una intensidad que incluso a mí, en mi calidad de actriz, me asombraba.» «¿Quieres decir que estaba actuando?», le pregunté. «¡Claro que sí! -me replicó Cas-. ¡Exactamente como actuarás tú si quieres sobrevivir!»Espero, Martina, que mi carácter no cambie como cambió el suyo, porque Azucena empezó a frecuentar malas compañías y a aparecer en las revistas. Al principio, lo hacía como acompañante de Hugo en recepciones y fiestas; pero después, a los pocos meses, vendía sus propias entrevistas y elegía sus compromisos con ayuda de una agencia. Quizá tú misma, Martina, recuerdes, como me sucede a mí, pues tan sólo ha pasado poco más de un año, algunos de aquellos reportajes de la primera baronesa de Santa Ana -pronto me designarán a mí como «la segunda»- con trajes de alta costura y peinados de fantasía, posando en lugares de ensueño -incluso, para disgusto de la duquesa, de mi suegra, en los propios jardines del palacio de Láncaster-. «Empezó a corromperse -me dijo Casilda-. Hacía cosas reprobables… Invertía por su cuenta, con el dinero que Hugo le daba a manos llenas, y se enredó con otros hombres.» «¿Por qué?», pregunté, asombrada. «¿No tenía bastante con uno solo, y tan irresistible como Hugo?» «Al parecer, mi querida hermanita, no», fue la respuesta de Cas. Me hice el juramento de no engañar jamás a Hugo. Si lo nuestro, por lo que sea, no llega a funcionar, lo dejaremos de manera civilizada. «Acepta tu nuevo rango, Dalia -me animó Cas-. Y represéntanos con dignidad, no como Azucena…»
El clima de confianza entre nosotras estaba alcanzando tal nivel de intimidad que me atreví a preguntarle a las claras quién había acabado con su vida. «Ojalá lo supiera -me repuso Cas-. De una cosa puedes estar absolutamente segura: tu marido es inocente.»Hugo se presentó en ese momento, vestido para la cena, y su sola presencia disipó cualquier nubarrón que pudiera cernirse sobre su pasado. Su limpia mirada azul se posó en la mía al tiempo que me cogía las manos y me besaba en la boca exactamente como yo había soñado siempre que me besaría un hombre como él en el nacimiento de un amor perdurable.
Esa noche, en nuestra suite, con las ventanas abiertas a la brisa del trópico, supe mostrar a Hugo, con mis caricias, con mis besos, que creía en él, en su inocencia, en nuestro futuro, y que le amaba.
Tuya, siempre
Dalia
Nota: Hugo me está preparando una fiesta de presentación en sociedad. El no sabe que yo lo sé, pero se celebrará el primer domingo de mayo, es decir, apenas hayamos regresado a España, en el palacio de Láncaster. Espero, Martina, que puedas venir. Tu compañía me resultará del máximo apoyo. ¡Estoy tan nerviosa!
59. ¿Dónde está Martina?
Pese a todos aquellos acontecimientos, pese a los asesinatos de Jacinto Rivas y del juez Nicolás Peregrino, más el intento de acabar con la vida de Ernesto Buj (quien la salvó gracias a que su perrito, Cisco, consiguió llamar la atención de una pareja que, en busca de intimidad, había acudido de noche a la playita donde fue agredido), Martina de Santo no dio señales de vida.
¿Dónde diablos estaba la inspectora?
Nadie lo sabía. Se había tomado unos días libres justo antes de que Jacinto Rivas apareciese desnucado en el aprisco de los pastos, muy cerca -¿de manera casual, nos preguntábamos algunos?- del lugar donde, dos años atrás, fue abandonado el cadáver de Azucena de Láncaster.
La ausencia de Martina me extrañaba tanto que, en cuanto tuve oportunidad, pregunté a Conrado Satrústegui por su paradero. El comisario me informó de que la inspectora había adelantado sus vacaciones. Al parecer, se proponía realizar una larga travesía por el África central, acompañando a una expedición antropológica que iba en busca de los antiguos hombres-leopardo. A lo largo de las próximas semanas, en cualquier caso, iba a permanecer incomunicada.
Como ignoraba la fecha de su regreso, yo la iba llamando de vez en cuando a su casa, pero no cogía el teléfono. En una ocasión, mis pasos me llevaron a la parte alta de la ciudad y me acerqué hasta la casa modernista de tres plantas en que ella vivía. A través de las verjas, se veía claramente que el césped necesitaba siega. Sin embargo, me extrañó que del buzón, que debería estar congestionado, no asomasen cartas. Di por supuesto que Martina había dejado la llave a alguien de confianza para que se encargase de recogerlas.
Concluía el mes de abril y seguíamos sin noticias suyas. El buen tiempo y la humedad hicieron que las alamedas estallasen de margaritas y calas. Hasta las casamatas militares de la muralla perimetral se cubrieron de buganvilla en flor. Fue un mes espléndido, sobre todo para el subinspector Barbadillo.
En ausencia de Martina, le había tocado a Casimiro cargar con el peso de las investigaciones en curso. El subinspector, picado aún por el reciente ascenso de Martina, debió de considerar que aquélla era su gran oportunidad para tomarse la revancha y se dedicó a los nuevos casos en cuerpo y alma.
Era eficaz, y pronto comenzaron a palparse sus progresos. Tanto que, en un tiempo relativamente breve, Barbadillo había conseguido reunir los suficientes indicios como para deducir que los últimos crímenes, el del jardinero de los Láncaster y el del magistrado que había instruido la causa de Hugo, más la seria intentona de mandar al Hipopótamo al otro barrio, eran obra de un mismo individuo: un antiguo campeón de lucha libre y ex presidiario llamado Óscar Domínguez, alias Toro Sentado.
Domínguez acababa de salir de la cárcel. Tras su rastro pusimos patas arriba media ciudad y removimos después la otra media. Desde su salida de la prisión de Santa María de la Roca, había estado residiendo en una pensión del casco viejo, cuya hoja de recepción firmó con su nombre auténtico. Se le había visto en numerosos bares, así como rondando los domicilios del juez Peregrino y del ex inspector Buj. A pesar de todos esos testimonios, y de que el metro noventa y el centenar largo de kilos de Toro Sentado hacían que su figura difícilmente pasase desapercibida, parecía habérselo tragado la tierra.
Barbadillo me pidió información sobre él y elaboré un perfil. Mi conclusión fue clara: Óscar Domínguez carecía de móviles para ejecutar esos asesinatos, por lo que sólo cabía pensar que los perpetró por encargo.