Secretos en Londres
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos en Londres». Краткое содержание книги:
Esto era una locura.
Y una bendición.
– Debería dejar que se marchara -dijo él.
– ¿Adónde? -Olivia suspiró.
Harry se rio entre dientes.
– A donde necesite ir.
«Junto a usted», tuvo ella ganas de decir; por el contrario, puso la mano en la ventana disponiéndose a cerrarla.
– ¿Le parece que quedemos mañana por la tarde a la misma hora?
Él asintió con la cabeza y ella contuvo la respiración. Había algo muy elegante en sus movimientos, casi como si él fuese un cortesano medieval y ella su princesa subida a una torre.
– Será un honor -dijo Harry.
Aquella noche, cuando Olivia se metió en la cama, aún sonreía.
Sí, el amor tenía mucho que ver en ello.
Una semana después Harry estaba sentado frente a su escritorio, mirando fijamente un papel en blanco.
No es que tuviera intención alguna de anotar nada, pero como mejor solía pensar era sentado frente a su mesa, con un papel colocado justamente en el centro del vade. Así pues, tras haberse acostado en la cama y haber realizado un análisis extraordinariamente minucioso del techo mientras trataba en vano de averiguar cuál era la mejor manera de pedir en matrimonio a Olivia, había venido aquí esperando inspirarse.
Pero no le estaba funcionando.
– ¿Harry?
Entonces levantó la vista, agradeciendo la interrupción. Era Edward, de pie en el umbral de la puerta.
– Me pediste que te avisara cuando hubiera que empezar a vestirse -dijo Edward.
Harry asintió y le dio las gracias. Había pasado una semana desde aquella extraña y maravillosa tarde en casa de los Rudland. Sebastian se había quedado prácticamente a vivir con ellos, tras declarar que la casa de Harry era mucho más cómoda que la suya (y que en ella se comía considerablemente mejor). Edward también pasaba más tiempo en casa y no había llegado borracho ni siquiera una sola vez. Y Harry no había tenido que dedicar ni un minuto a pensar en el príncipe Alexei Ivanovich Gomarovsky.
Bueno, hasta ahora. Aquella noche tenía la celebración ésa de la cultura rusa a la que se había comprometido a asistir. Aunque, en realidad, estaba deseando ir. Le gustaba la cultura rusa. Y la comida. No había ingerido comida rusa decente desde que en vida de su abuela ésta gritaba a los cocineros en la cocina de los Valentine. Suponía que era poco probable que hubiera caviar, pero aun así tenía esa esperanza.
Y naturalmente Olivia estaría allí.
Pensaba pedirle que se casara con él. Mañana. Todavía no tenía claros los detalles, pero se negaba a seguir esperando. La semana anterior había sido un suplicio a la vez que la gloria, ambos encarnados en una mujer de cabellos dorados como el sol y ojos azules.
Seguro que ella habría adivinado sus intenciones. Harry la había cortejado con absoluto descaro durante toda la semana, haciendo todo lo que estaba bien visto (como los paseos por el parque y las charlas con la familia de Olivia), y también muchas cosas indecorosas (como besos robados y conversaciones a media noche de ventana a ventana).
Estaba enamorado. Eso lo había admitido hacía tiempo, lo único que le faltaba era pedirle a Olivia que se casase con él.
Y que ella aceptara, pero Harry creía que aceptaría. Olivia no le había dicho que le quería, pero no tenía por qué hacerlo, ¿verdad? Les correspondía a los caballeros declararse primero y él todavía no lo había hecho.
Únicamente estaba esperando el momento oportuno. Tenían que estar solos. Debería ser de día; quería poder ver bien el rostro de Olivia, grabar en su memoria cualquier exteriorización de emociones. Le confesaría su amor y le pediría que se casase con él. Y entonces la besaría hasta que perdiese el sentido. Quizá también se besaría a sí mismo hasta perder el sentido.
¿Desde cuándo era tan romántico?
Harry se rio entre dientes al tiempo que se levantaba y paseaba hasta la ventana. Las cortinas de Olivia estaban descorridas y su ventana abierta. ¡Qué extraño! Subió su ventana de guillotina y asomó la cabeza para recibir el cálido aire primaveral. Esperó unos instantes, por si acaso ella le había oído, y luego silbó.
En cuestión de segundos apareció Olivia, alegre y con el brillo en la mirada.
– ¡Buenas tardes! -gritó.
– ¿Me estaba esperando? -preguntó él.
– Por supuesto que no. Pero como iba a estar en mi cuarto, no me ha parecido que hubiese motivo alguno para no dejar la ventana abierta. -Se apoyó en el alféizar y le dedicó una sonrisa-. Tendríamos que empezar a arreglarnos para la fiesta.
– ¿Qué se pondrá? -¡Dios! Estaba hablando como una de las amigas chismosas de Olivia. Pero no le importaba. Tenerla ante sí era sencillamente demasiado agradable como para preocuparse de esas cosas.
– Mi madre ha insistido en que me ponga el vestido de terciopelo rojo, pero yo quiero algo de un color que usted pueda apreciar.
A Harry le hizo una ilusión bárbara que Olivia evitara los colores rojo y verde por él.
– ¿El azul, quizá? -pensó ella en voz alta.
– El azul le sienta de maravilla.
– Está usted muy halagador esta tarde.
Él se encogió de hombros, seguro de lucir todavía una sonrisa tremendamente bobalicona.
– Estoy de un humor excelente.
– ¿Aunque deba pasar la velada con el príncipe Alexei?
– Tendrá trescientos invitados, ergo ni un minuto para mí.
Ella se rio entre dientes.
– Creía que estaba empezando a caerle mejor.
Harry supuso que así era. Seguía pensando que el príncipe era un poco idiota, pero le había recolocado el hombro a Sebastian. O, para ser más exactos, había dejado que lo hiciera su criado. Aun así el resultado era el mismo.
Y, lo que era más importante, finalmente había aceptado su derrota y había dejado de hacerle visitas a Olivia.
Por desgracia para Harry, la obsesión del príncipe con Olivia había sido reemplazada por una amistosa devoción por Sebastian. El príncipe Alexei había decidido que Seb tenía que ser su nuevo mejor amigo y había ido a verlo a diario para comprobar su proceso de recuperación. Harry se propuso encerrarse en su despacho durante dichas visitas y había estado haciendo reír a Olivia con los detalles, tal como Sebastian le había pedido. En conjunto, había sido divertidísimo y la demostración definitiva de que el príncipe Alexei era básicamente inofensivo.
– ¡Oh, es mi madre! -exclamó Olivia girándose para mirar a sus espaldas-. Me está llamando desde el otro lado del pasillo. Tengo que irme.
– La veré esta noche -dijo Harry.
Ella sonrió.
– Lo estoy deseando.
Capítulo 20
Para cuando Harry llegó a la residencia del embajador, el baile estaba en pleno apogeo. No pudo determinar qué aspectos de la cultura rusa se celebraban, porque la música era alemana y la comida francesa. Pero a nadie parecía importarle. El vodka circulaba a tutiplén y las carcajadas resonaban por la sala.
Harry buscó a Olivia nada más llegar, pero no la vio por ningún sitio. Estaba casi seguro de que había llegado ya; el carruaje de los Rudland había salido de su casa más de una hora antes de que lo hiciera el suyo. Pero la sala estaba abarrotada. Pronto daría con ella.
El hombro de Sebastian estaba prácticamente curado, pero había insistido en llevar el brazo en cabestrillo y la chaqueta por encima; lo mejor para atraer a las mujeres, le había dicho a Harry. Y, en efecto, había funcionado. Se abalanzaron sobre ellos nada más verlos y Harry se mantuvo encantado en segundo plano, observando divertido cómo Sebastian se deleitaba con la preocupación y el interés de las bellas damas londinenses.