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Marte verde [Green Mars - es]

Электронная книга - «Marte verde [Green Mars - es]». Краткое содержание книги:

Marte rojo ya no existe, fue destruido por la fallida revolución del 2062. Una generación más tarde, Marte verde ha sido terraformado y areoformado. Pero también hay otros que quieren explotar las riquezas minerales de Marte, las materias primas que la Tierra necesita. La nueva generación de colonos está expuesta a insurrecciones, conflictos y pruebas. Sobrevivientes de los Primeros Cien, entre ellos Hiroko, Nadia, Maya y Simon, saben que la tecnología no es suficiente. La creación de un nuevo mundo requiere confianza y colaboración, pero esas cualidades son tan escasas como el aire mismo que respiran en Marte…
Tengo la impresión que Kim Stanley Robinson fue uno de los primeros colonos en Marte, y que ha regresado para contarnos la historia en esta brillante nueva novela.
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—¡Caramba! —exclamó; arrancó unas pocas hebras congeladas y luego metió el resto en su resquebrajadura natal.

Había leído que las algas estaban penetrando en la roca y el hielo del planeta, y que las bacterias llegaban aún más abajo. Pero encontrar algunas enterradas allí, tan lejos del sol, era suficiente para maravillarse.

Apagó la linterna del casco y el azul cobalto de la luz glacial resplandeció alrededor, brumoso y profundo. Tan oscuro, tan frío, ¿cómo podía sobrevivir allí una criatura?

—¿Stephen?

—Ya voy. Mira —le dijo a Phyllis cuando se reunió con ella—. Son algas azul verdosas, hay un montón allá abajo.

Las levantó para que ella las viera, pero Phyllis apenas si echó un vistazo. Sax se sentó y sacó una bolsa de muestras del bolsillo y metió una pequeña hebra de algas dentro, y luego la miró con los veinte aumentos de la lupa. Eso no era suficiente para permitirle ver todo lo que él quería, pero sí le mostró los largos filamentos de verde dendrítico, que tenían un aspecto viscoso porque empezaban a descongelarse. Su atril tenía catálogos de fotos con ampliaciones similares, pero no encontró ninguna especie que se pareciese a aquélla en todos los detalles.

—Puede que no esté descrita —dijo—. Desde luego estas cosas le hacen preguntarse a uno si el índice de mutación no será más alto que los índices estándar. Tendríamos que preparar experimentos para determinarlo.

Phyllis no respondió.

Sax se guardó sus reflexiones mientras seguía buscando en los catálogos. Todavía estaba en ello cuando oyeron unos chillidos chirriantes y unos siseos por la radio. Phyllis empezó a gritar por la frecuencia común. Muy pronto escucharon voces en el intercom, y no mucho después un casco redondo se inscribió en el agujero.

—¡Estamos aquí! —gritó Phyllis.

—Esperen un segundo —dijo Berkina—, dejaremos caer una escala de cuerda.

Y después de una oscilante y torpe escalada estuvieron de nuevo en la superficie del glaciar, parpadeando en la luz fluctuante y polvorienta y agachándose para resistir el viento racheado, todavía muy fuerte. Phyllis reía y explicaba lo que había ocurrido con su estilo habitual.

—¡Estábamos tomaditos de la mano, para no perdernos, y bum, abajo!

Y los rescatadores estimaban la fuerza bruta de las ráfagas más fuertes. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Pero cuando entraron en la estación y se quitaron los cascos, Phyllis le echó una breve mirada, una mirada muy curiosa en verdad, como si le hubiese revelado algo que la había puesto en guardia, como si él le hubiese recordado algo allí, en el fondo de la grieta. Como si su comportamiento lo hubiera delatado, sin error posible, como su viejo camarada Saxifrage Russell.

Trabajaron en el glaciar durante todo el otoño septentrional. Los días se hicieron más cortos y los vientos más fríos. Unas grandes e intrincadas flores de hielo crecían en el glaciar cada noche, y sólo se derretían un poco en las márgenes a media tarde; después se endurecían de nuevo y servían como base para los pétalos aún más complejos que aparecían a la mañana siguiente, los pequeños y afilados copos cristalinos brotando en todas direcciones a partir de las aletas y dientes más grandes bajo ellos. No podían evitar aplastar mundos fractales enteros a cada paso mientras avanzaban sobre el hielo en busca de las plantas, ahora cubiertas de escarcha, para ver cómo les iba tras la llegada del frío. Contemplando aquel yermo blanco, con el viento cortante calándolo a pesar del traje aislante, Sax pensó que era inevitable que las heladas invernales causaran estragos.

Pero las apariencias engañaban. Claro que habría heladas mortíferas, pero las plantas se estaban endureciendo, como decían los jardineros, se estaban aclimatando a las arremetidas del viento. Se trataba de un proceso en tres estadios, recordó Sax mientras cavaba en la nieve fina y compacta para encontrar las señales. Primero, unos sensores fitocromos en las hojas captaban el acortamiento de los días (y ahora se estaban acortando muy deprisa; más o menos con una frecuencia semanal pasaban unos frentes oscuros que dejaban caer nieve sucia de los vientres negros y bajos de los cumulonimbos). En el segundo estadio, el crecimiento se detenía, los carbohidratos se trasladaban a las raíces y la concentración de ácido abscísico en algunas hojas aumentaba hasta que éstas caían. Sax encontró muchas hojas así, amarillentas o pardas y todavía colgando de los tallos, apretándose contra el suelo y proporcionando un poco más de aislamiento a la planta aún viva. Durante esta etapa el agua salía de las células y formaba cristales de hielo intercelulares, y las membranas celulares se endurecían, mientras que las moléculas de los azúcares reemplazaban a las moléculas de agua en algunas proteínas. En el tercer y más frío estadio, un hielo fino recubría las células sin romperlas, en un proceso llamado vitrificación.

En este punto las plantas podían tolerar temperaturas inferiores a los 220°K, la media en Marte antes de su llegada, pero que ahora era la más baja que se alcanzaba en el planeta. Y la nieve que caía en las cada vez más frecuentes tormentas servía como aislante para las plantas, ya que mantenía las superficies que cubría más calientes que las superficies expuestas al viento. Mientras excavaba en la nieve con dedos entumecidos, los entornos subníveos le parecían a Sax un lugar fascinante, sobre todo las adaptaciones al espectro de luz azul seleccionado que se difundía a través de más de tres metros de nieve, otro ejemplo de la dispersión de Rayleigh. Le hubiera gustado estudiar el mundo invernal in situ durante los seis meses de la estación: descubrió que le gustaba estar bajo las oscuras olas bajas de las nubes, en la superficie blanca del glaciar nevado, encorvándose contra el viento y pisando sobre montones de nieve. Pero Claire quería que regresara a Burroughs para trabajar en un tamarisco de la tundra que estaba sobreviviendo con éxito en las tinajas de Marte. Y Phyllis y el resto de los visitantes de Armscor y la Autoridad Transitoria iban a regresar también. Así que un día dejaron la estación en manos de un pequeño equipo de investigadores-jardineros, y, en una caravana de vehículos, viajaron de vuelta al sur.

Sax había gemido al oír que Phyllis y su grupo regresarían con ellos. Tenía la esperanza de que la separación física pondría fin a su relación con Phyllis y lo libraría de ese ojo inquisitivo. Pero en vista de que iban a regresar juntos, se imponía alguna acción. Tendría que romper la relación si es que quería ponerle fin, y ciertamente lo quería. Todo ese asunto de liarse con ella había sido un error desde el principio, ¡la tontería del impulso de lo inexplicable! Pero el impulso se había acabado, y lo había dejado en compañía de una persona que en el mejor de los casos era irritante, y en el peor, peligrosa. Y desde luego no lo consolaba pensar que él había actuado de mala fe todo el tiempo. Cada pequeño acontecimiento de aquella relación parecía poca cosa, pero el conjunto adquiría una dimensión monstruosa.

Por eso en la primera noche en Burroughs, cuando su consola de muñeca emitió un pitido y Phyllis apareció y le propuso que cenasen juntos, Sax accedió, cortó la llamada y se dijo con cierto malestar que sería una situación incómoda.

Fueron a cenar a un restaurante terraza que Phyllis conocía en el Monte Ellis, al oeste de Hunt Mesa. Ella se empeñó en que se sentaran en una esquina, desde la que se dominaba el distrito alto… entre Ellis y la Montaña Mesa, donde los bosques de Princess Park estaban bordeados por nuevas mansiones. Al otro lado del parque, la Montaña Mesa estaba casi recubierta de cristal y parecía un hotel gigantesco, y las mesas más distantes no eran menos llamativas.

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