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Marte verde [Green Mars - es]

Электронная книга - «Marte verde [Green Mars - es]». Краткое содержание книги:

Marte rojo ya no existe, fue destruido por la fallida revolución del 2062. Una generación más tarde, Marte verde ha sido terraformado y areoformado. Pero también hay otros que quieren explotar las riquezas minerales de Marte, las materias primas que la Tierra necesita. La nueva generación de colonos está expuesta a insurrecciones, conflictos y pruebas. Sobrevivientes de los Primeros Cien, entre ellos Hiroko, Nadia, Maya y Simon, saben que la tecnología no es suficiente. La creación de un nuevo mundo requiere confianza y colaboración, pero esas cualidades son tan escasas como el aire mismo que respiran en Marte…
Tengo la impresión que Kim Stanley Robinson fue uno de los primeros colonos en Marte, y que ha regresado para contarnos la historia en esta brillante nueva novela.
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Entonces Phyllis rodaba sobre él y lo besaba, y él entraba en los dominios del sexo, donde parecían existir unas reglas diferentes. Por ejemplo, aunque Phyllis le gustaba cada vez menos cuanto mejor la conocía, la atracción que ejercía sobre él no se correlacionaba con esto, sino que fluctuaba según unos misteriosos principios autónomos, sin duda inducidos por las feromonas y regidos por las hormonas. Así, unas veces tenía que forzarse a aceptar las caricias de Phyllis, mientras que en otras ocasiones se sentía vivo, con un deseo que parecía aún más intenso debido a la ausencia de afecto. O aun más absurdo, un deseo acrecentado por la repulsión. Esta última reacción era poco frecuente, sin embargo, y a medida que se prolongaba la estancia en Arena, y la novedad del romance se desvanecía, Sax se encontró cada vez más distante cuando hacían el amor: empezó a fantasear y se adentró en la personalidad de Stephen Lindholm, que solía imaginarse acariciando a mujeres de las que Sax sabía poco o nada, como Ingrid Bergman o Marilyn Monroe.

Un amanecer, luego de una de esas noches turbadoras, Sax se levantó con intención de salir al hielo. Phyllis se agitó en sueños y se despertó, y decidió acompañarlo.

Se pusieron los trajes y salieron al alba púrpura. Caminaron en silencio por la morrena contigua al costado del glaciar, y subieron por un sendero de escalones tallados en el hielo. Sax tomó el sendero de banderolas que cruzaba el glaciar más al sur, con intención de escalar la morrena lateral occidental tan lejos corriente arriba como pudiera llegar en una mañana.

Avanzaron entre almenas de hielo que les llegaban a las rodillas, el hielo agujereado como un queso suizo y manchado de rosa por las algas de la nieve. Phyllis estaba encantada como siempre por la fantástica mezcolanza e hizo comentarios a propósito de los seracs más singulares, comparando los que habían dejado atrás esa mañana con una jirafa, con la Torre Eiffel, la superficie de Europa, etcétera. Sax se detenía a menudo para inspeccionar pedazos de hielo jade invadidos por bacterias del hielo. En algunos sitios las algas volvían rosado el hielo jade expuesto en una solana. El efecto era extraño: una especie de vasto campo de helado de pistacho.

Por tanto progresaban con lentitud, y estaban aún sobre el glaciar cuando una secuencia de pequeños y apretados torbellinos salieron de la nada uno tras otro como del sombrero de un mago: demonios de polvo marrón, en los que centelleaban partículas de hielo, en una línea irregular que se abatía sobre ellos. Entonces los remolinos se colapsaron en alguna fluctuación, y con un estampido estridente una ráfaga los embistió con fuerza, silbando pendiente abajo con un empuje tan poderoso que tuvieron que agacharse para no perder el equilibrio.

—¡Menudo vendaval! —exclamó Phyllis en el oído de Sax.

—Son vientos katabáticos —explicó Sax, viendo cómo un grupo de seracs desaparecían en el polvo—. La visibilidad se está reduciendo. Deberíamos intentar llegar a la estación.

Echaron a andar por el sendero de banderolas, avanzando de un punto esmeralda al siguiente. Pero la visibilidad siguió decreciendo hasta que ya no pudieron ver el siguiente marcador.

—Ven, reguardé monos bajo uno de esos icebergs —le dijo Phyllis.

Se encaminó hacia una borrosa prominencia de hielo, y Sax la siguió presuroso, diciéndole: —Ten cuidado, muchos seracs tienen grietas en la base. —Trataba de tomarla de la mano cuando ella desapareció como si hubiese caído por una trampa. Él asió una muñeca alzada y el fuerte tirón lo derribó de rodillas sobre el hielo. Phyllis aun seguía cayendo, deslizándose por una rampa en el extremo de una grieta superficial. Sax tendría que haberla soltado, pero la mantuvo asida instintivamente y se precipitó de cabeza por la abertura. Ambos resbalaron sobre la nieve compacta del fondo de la grieta y la nieve cedió bajo su peso, y cayeron de nuevo, aterrizando sobre arena escarchada tras una breve pero aterradora caída libre.

Sax, que había aterrizado sobre Phyllis, se incorporó ileso. Por el intercomunicador le llegaron unos jadeos alarmantes de Phyllis, pero sólo se había quedado sin resuello. Cuando consiguió controlar la respiración, ella comprobó el estado de sus miembros con cautela y declaró que estaba bien. Sax se admiró de su dureza.

El traje de Sax tenía un desgarrón justo encima de la rodilla, pero por lo demás estaba perfectamente. Sacó un parche del bolsillo y tapó el desgarrón; la rodilla se doblaba sin dolor, así que se olvidó de ella y se puso de pie.

El agujero que habían abierto en la nieve estaba unos dos metros por encima de su brazo extendido. Se encontraban en una burbuja alargada, la mitad inferior de una grieta que tenía forma de reloj de arena. Hacia abajo el muro de la pequeña burbuja era de hielo, y arriba de roca recubierta de hielo. El tosco círculo de cielo visible tenía un color opaco de melocotón, y el muro de hielo azulado de la grieta centelleaba con los reflejos de la polvorienta luz del sol, lo que confería al escenario un aspecto opalescente y muy pintoresco. Pero estaban atrapados.

—Nuestra señal se interrumpirá y saldrán a buscarnos —le dijo Sax a Phyllis cuando ésta se puso en pie junto a él.

—Sí —dijo Phyllis—. ¿Pero nos encontrarán? Sax se encogió de hombros.

—El transmisor deja un registro de dirección.

—¡Pero el viento! ¡La visibilidad puede reducirse a cero!

—Esperemos que puedan apañárselas.

La grieta se extendía hacia el este como un estrecho corredor bajo. Sax se agachó, encendió la linterna de su casco e iluminó el espacio entre la roca y el hielo: se extendía hasta donde alcanzaba la vista, en dirección al sector oriental del glaciar, probablemente hasta alcanzar una de las muchas cavernas pequeñas del borde lateral, así que después de discutir el plan con Phyllis, salió a explorar la grieta, dejando a Phyllis en una posición que permitiera a quien encontrara el agujero verla en el fondo.

Fuera del deslumbrante cono de luz de su linterna, el hielo tenía un intenso azul cobalto, un efecto causado por la misma dispersión de Rayleigh que convertía en azul el cielo. Había mucha luz aun con la linterna apagada, lo que sugería que la capa de hielo sobre su cabeza no era muy gruesa. Debía de tener el grosor aproximado de la altura de su caída, ahora que lo pensaba.

La voz de Phyllis en su oído preguntó si estaba bien.

—Estoy bien —contestó él—. Me parece que este espacio puede haberse originado porque el glaciar ha salvado un escarpe transversal. Así que quizá recorre toda su extensión.

Pero no era así. Unos cien metros más allá, el hielo a la izquierda se cerraba y se unía al hielo que cubría la pared de roca a la derecha: un callejón sin salida.

De regreso caminó despacio, deteniéndose a inspeccionar fisuras en el hielo y pedazos de roca en el suelo que quizá habían sido arrancados del escarpe. En una fisura el cobalto del hielo se transformaba en azul verdoso, y al meter un dedo enguantado en ella, sacó una larga masa azul verdosa, helada en la superficie pero blanda en el interior. Era una masa dendrítica de algas azul verdosas.

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