Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
– Nada de eso.
– Claro que sí.
Lauren asintió por fin.
– Bien, tienes razón, ya me callo. Es sólo que me gustaría que pudiéramos hacer algo -suspiró-. Echo de menos a Tommy.
– Y yo.
– No, pero, quiero decir, de otra manera. Esta mañana cuando me levanté no podía creer que no estuviera allí intentando colarse en el cuarto de baño.
Karen rio.
– Y dejado la pasta de dientes sin tapar.
– Y las medias y calzoncillos en el suelo.
Karen negó con la cabeza.
– Tenemos que estar convencidas de que volverá. Mañana, eso es lo que ha dicho papá.
– ¿Y tú lo crees?
– Ni creo ni dejo de creer. Me limito a esperar.
– Llevo todo el día con ganas de llorar.
– Yo también, excepto en un par de momentos en que todo parecía normal y entonces me daba cuenta de que me había olvidado, y otra vez me entraron ganas.
– Te vi hablando otra vez con Will.
– Quiere que salgamos.
– ¿Y qué le has dicho?
– Que me llame la semana que viene.
Lauren sonrió.
– Es simpático.
– Sí -rio Karen-. Me gusta.
– Y sexy. Me han dicho que salió con Lucinda Smithson el año pasado.
– Ya, pero no me importa. ¿Y qué hay de Teddy Leonard, eh? Este verano se fue a París en un viaje de intercambio y me han dicho que hasta fue a un burdel.
– No lo creo.
Karen rio.
– Le habría dado miedo.
Las dos sonrieron.
– ¿Sabes por qué me gusta Teddy? -preguntó Lauren, y continuó sin esperar contestación-: Porque cuando vino a casa estuvo un rato jugando con Tommy. A veces me preocupa que Tommy nunca esté con chicos mayores, sólo nos ve a nosotras. ¿Te acuerdas que Teddy se lo llevó afuera y estuvieron jugando al rugby como media hora? Tommy estaba feliz. ¿Te conté lo que me dijo después, esa noche? Fui a llevarle un vaso de agua, después de que apagara la luz y me dijo: «Lauren, me gusta ese chico. Puedes casarte con él». ¿Lo puedes creer?
Karen soltó una carcajada uniéndose a la risa de su hermana, pero en cuestión de segundos su alegría se esfumó dando paso a un escalofrío.
– Si le hacen daño, aunque sea un poco… -empezó a decir Karen.
– Los mataremos -terminó su hermana. Ninguna de las dos se paró a pensar en cómo lo harían y en lugar de ello continuaron en silencio. Cuando Karen doblaba la esquina para entrar en su calle dijo:
– No lo puedo creer, mamá no está en casa todavía.
– Probablemente está de camino.
Karen estacionó en la rampa pero ninguna de las dos salió del coche; se quedaron mirando la casa, incómodas. Afuera estaba oscuro.
– Ojalá papá hubiera instalado el sistema ese de iluminación automática -se quejó Karen.
– Nunca imaginé que nuestra casa pudiera dar miedo -musitó Karen.
– ¡Basta! -la atajó Karen-. No hagas que parezca peor de lo que es. Odio cuando te pones cagona, como si fueras un bebé. Vamos.
Cerró de un golpe la puerta del coche y Lauren la siguió. Karen abrió la puerta delantera de la casa con su llave, entró y encendió la luz, rompiendo la penumbra gris del interior de la casa. Ambas se quitaron los abrigos y los colgaron en el armario de la entrada. Después Karen se volvió hacia su hermana y le dijo:
– ¿Ves? No pasa nada. Vamos a hacernos un té y a esperar a mamá. Estará a punto de llegar.
Lauren asintió, pero siguió sin salir del coche.
Karen miró a su hermana, que parecía estar escuchando algo.
– ¿Qué pasa? -susurró.
– No lo sé -contestó Lauren.
– Si me estás tomando el pelo…
– Chisss.
– ¡No pienso callarme! -dijo Karen-. ¡Me estás asustando! ¡No hay que ponerse histéricas!
Lauren ignoró a su hermana y preguntó:
– ¿Por qué hace tanto frío?
– ¡Y yo qué sé! -se apresuró a contestar Karen-. Deben haber bajado el termostato antes de salir esta mañana.
– ¿No sientes el frío? Es como si hubiera una ventana abierta.
Karen iba a responder pero cambió de opinión.
– Tal vez deberíamos esperar afuera -dijo abruptamente.
– Yo creo que deberíamos echar un vistazo.
Karen miró a su hermana.
– Se supone que yo soy la sensata aquí-susurró-. Y creo que deberíamos largarnos de aquí ahora mismo.
– Todavía no.
Lauren caminó unos pasos en dirección al cuarto de estar.
– Dame la mano -dijo, y su hermana obedeció.
– ¿Oyes algo?
– ¡No!
Con gran cautela entraron en la cocina.
– ¿Qué? -preguntó Karen.
– Nada, pero hace un frío helador.
De repente Karen dio un respingo.
– ¡Madre mía!
Lauren se sobresaltó.
– ¿Dónde? -¡Mira!
Karen señalaba a la despensa. Cuando vio lo que había Lauren también se sobresaltó.
Ambas permanecieron quietas mirando el pequeño espacio. Una ventana había sido forzada desde afuera y los vidrios rotos estaban esparcidos sobre el suelo de linóleo.
– ¡Tenemos que salir de aquí! -dijo Lauren.
– No, tenemos que inspeccionar la casa.
– ¿Crees que…?
– No lo sé.
– Bueno, podría ser…
– ¡No lo sé!
Karen caminó de puntillas a un cajón situado junto a la pileta y sacó un cuchillo de cocina de gran tamaño. Se lo pasó a su hermana y ella tomó un palo de amasar.
– Vamos -dijo-. Al piso de arriba.
Avanzaron por el pasillo y subieron las escaleras sin hacer ruido. Dos veces se pararon a escuchar y después siguieron; iban de la mano y con sus armas en alto. Al llegar arriba echaron un vistazo rápido al dormitorio de sus padres.
– Todo parece en orden -dijo Lauren, que empezaba a sentirse más tranquila-. Supongo que quienquiera que haya entrado se asustó al oírnos llegar.
– ¡Chisss! -dijo su hermana, asustándola otra vez-. Vamos a mirar en la habitación de Tommy. Seguro que vinieron a buscar algo suyo.
Caminaron en silencio hasta el dormitorio de su hermano.
– ¿Cómo vamos a saber si falta algo? -preguntó Karen-. Mira todo lo que hay.
Se deslizaron de nuevo por el pasillo, esta vez hasta su propio dormitorio; la puerta estaba entreabierta y Lauren la empujó con el pie.
– ¡Oh, no! -exclamó.
Karen dio un salto atrás y luego adelante, para ver la habitación.
– ¡Oh, no! -dijo también.
El dormitorio estaba patas arriba, ropa y sábanas mezcladas, los libros tirados por el suelo y objetos rotos por todas partes.
Lauren palideció y rompió a llorar. A Karen le temblaban las manos.
– ¡Fueron ellos! -exclamó.
– Pero, ¿por qué?
– No lo sé.
– Pero…
– No lo sé. -También Karen estaba a punto de llorar. Caminó hasta un montón de ropa y sacó una prenda: era un sujetador.
– ¡Oh, no! -gimió.
– ¿Qué? -preguntó Lauren.
– Mira -le respondió Karen mientras le corrían lágrimas por las mejillas. Alguien lo había rasgado con un cuchillo.
Lauren se llevó la mano a la boca.
– Creo que voy a vomitar -dijo.
Entonces ambas escucharon un ruido, irreconocible, pero aun así extraño. No habrían sabido decir si era cercano o no, si se trataba de algo peligroso o inocuo. Era simplemente un ruido que las llenó de terror, sustituyendo el miedo que ya sentían por otro, peor e indescriptible.
– ¡Están aquí! -dijo Karen.
Ambas se miraron.
– ¡Corre!
Echaron a correr escaleras abajo olvidando toda cautela y sólo pensando en salir a la oscuridad. Lauren tropezó en el último escalón y casi cayó, pero Karen la sostuvo y ambas siguieron corriendo. Karen fue la primera en llegar a la puerta; agarró el picaporte y la abrió.
Afuera estaba Megan.
Las chicas chillaron, primero de miedo y luego de alivio.