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Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]

Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:

Megan y Duncan Richards son gente normal. Él es banquero; ella, agente inmobiliaria. Tienen dos hijas adolescentes y un hijo. Viven en una casa preciosa. Todo indica que sus días de activistas políticos, allá por 1968, han quedado muy atrás. Después de todo, cualquiera que fuera joven en 1968 tiene un pasado activista.
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
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Pasados unos instantes Lauren suspiró:

– Veo todo esto y no entiendo nada.

Karen no contestó y se limitó a tomar un grueso volumen titulado Anuario de 1968.

– Tiene que estar aquí -dijo y miró el reloj de pared y añadió en un susurro-: No tenemos mucho tiempo, mamá estará esperándonos.

Lauren asintió:

– Tú busca ahí, debería estar a finales del año y yo seguiré mirando a ver si encuentro alguna fotografía.

Durante unos minutos ambas permanecieron en silencio pasando páginas. Entonces Karen se puso rígida y dio con el codo a su hermana, señalando un pequeño bloque de texto. Lauren inclinó la cabeza y leyó:

Por todo el país hubo una variedad de pequeñas manifestaciones de desobediencia civil por parte de grupos radicales. California se convirtió en foco central de los autodenominados «revolucionarios», en espacial el área de San Francisco, donde se registraron actos violentos esporádicos. En Berkeley una bomba estalló en las oficinas del Banco de América. Un grupo de manifestantes irrumpió en el cuartel general del Servicio de Reclutamiento en Sacramento y vertió sangre sobre los archivos. Hubo una serie de asaltos a bancos, con los que los radicales buscaban una forma rápida de reunir fondos para futuras actividades revolucionarias. Uno de estos atracos, ocurrido en Lodi, California, resultó en la muerte de dos guardias de seguridad y tres radicales cuando estalló un tiroteo.

– ¿Eso es todo? -preguntó Lauren.

Karen resopló:

– Necesito saber más, quiero comprender lo que hacían.

Su hermana miró una de las fotografías de los libros abiertos sobre la mesa y vio una imagen inquietante de un grupo de estudiantes con las bocas abiertas como gritando de rabia. En el centro de la fotografía uno de ellos hacía un gesto obsceno con el dedo en dirección a la cámara.

– ¿Qué es eso? -preguntó Karen.

Lauren leyó el pie de foto:

– Chicago, la convención Nacional de Demócratas. -Suspiró.- Miro estas fotos y todo me parece historia antigua, como si hubiera ocurrido hace millones de años.

Karen movió la cabeza.

– El mundo se volvió loco y ellos también. Eso es todo. -Excepto que ellos siguen igual.

– Probablemente mucha gente -contestó Karen-. Sólo que lo disimulan mejor.

– Me pregunto -dijo Lauren con voz queda- si realmente creían en algo. Quiero decir, de verdad, y si nosotras deberíamos hacer lo mismo.

Karen se disponía a contestarle pero se detuvo. Sonó la campana y se apresuraron a devolver los libros a sus estantes y regresar a casa, dejando la última pregunta en suspenso con las fotografías y las palabras que acababan de examinar.

***

Un poco más tarde de las tres, Duncan llamó a su secretaria por el intercomunicador:

– Doris, salgo un momento a comprar unas cosas, defiende el fuerte hasta que yo vuelva, ¿de acuerdo?

– Pero, señor Richards, ¿por qué no se marcha a casa? Podemos arreglárnosla…

Duncan la interrumpió.

– Lo haré, pero aún me quedan algunas cosas que hacer. Cuando vuelva le avisaré.

Colgó el teléfono y tomó su abrigo de un perchero que había en un rincón del despacho. Mientras se lo ponía se preguntó si el calor que empezaba a sentir se debería al miedo o a la excitación. Llegó a la conclusión de que ambas cosas iban de la mano. Tomó su maletín, que previamente había vaciado, y se dirigió a la puerta.

Lo primero que hizo fue sacar el coche del estacionamiento y llevarlo a otro, público, situado a unas tres cuadras. Era un lugar cubierto y la mitad de las plazas estaban vacías;

subió a la segunda planta y estacionó en el rincón menos iluminado que encontró.

Al tomar el ascensor para bajar a la calle reparó en una colilla aplastada en el suelo. La tomó con cuidado y la metió en un sobre que guardó en bolsillo de su traje. Después se detuvo frente a una peluquería unisex cuyos clientes eran principalmente estudiantes. La recepcionista lo miró con una sonrisa.

– ¿En qué podemos ayudarlo?

Duncan respiró hondo y sonrió.

– Quería que me cardaran el pelo -contestó.

La mujer lo miró asombrada.

– ¿En serio? Bueno, podemos… -dijo. Y entonces vio la sonrisa de Duncan y continuó-: Me está tomando el pelo, ¿no?

– Bueno, quizás en otro momento -contestó Duncan-. En realidad vengo a buscar un champú que me han encargado mis hijas; el problema es que no me acuerdo del nombre.

– ¿Redken? ¿Natural Wave? ¿Uno sin aminoácidos? ¿Cómo tienen el pelo sus hijas?

– Viene en un frasco rojo y blanco.

– ¿Cómo éste?

– Puede ser.

La joven sonrió.

– ¿Por qué no mira en la zona de lavabos, tal vez lo reconozca. -Hizo un gesto hacia la parte trasera del establecimiento.

Duncan asintió. Tenía la mano en el bolsillo y tocaba las llaves del coche, esperando el momento adecuado. En cuanto vio lo que estaba buscando cruzó el local y las dejó caer al suelo. Se agachó con cuidado a recogerlas junto con varios mechones de pelo cortado. Luego se metió ambas cosas en el bolsillo y se dirigió al estante de los champús. Después volvió a la recepción.

– Creo que es éste -dijo.

– Muy bien. -Lo metió en una bolsa.- Son 12 dólares.

Duncan pareció asombrado.

– ¿Por doscientos mililitros?

– Doscientos cincuenta, en realidad.

– Creo que me he equivocado de profesión -dijo Duncan-. Debería hacerme vendedor de champús.

La mujer rio mientras tomaba el dinero y le dijo adiós con la mano.

Una vez en la calle sacó los mechones de pelo y los metió en el sobre junto con la colilla. Después se dirigió a la droguería que había en la esquina y compró dos pares de guantes de látex, bolsas de basura, varias cintas adhesivas y remedios contra el resfriado. No le costó mucho encontrar un taxi que lo condujo hasta el centro comercial más cercano. Después de pagar al taxista entró rápidamente consultando la hora en su reloj, asegurándose de no permanecer demasiado tiempo fuera del banco. El centro comercial era de los más antiguos y ocupaba un terreno que, Duncan recordaba, antes había sido zona de pastos verdes y hermosos, con vacas y caballos paciendo tranquilamente y maizales mecidos por la brisa de verano. Pero ahora era terreno rentable. Dieciocho años atrás, ser capaz de aceptar ese hecho lo habría entristecido, y lo avergonzaba que ya no fuera así. El banco se había encargado de gestionar la hipoteca y había colaborado a financiar la construcción; ése había sido uno de sus primeros proyectos y tras su inauguración lo había visitado varias tardes para contar el número de vehículos estacionados. Durante las vacaciones había recorrido los pasillos del centro calculando la cifra de visitantes y sintiéndose aliviado al comprobar que eran numerosos.

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