El Misterio De La Casa Aranda
- Автор: Тристанте Джеронимо
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
Dicho esto, don Bernabé y su esposa salieron del despacho dejando a Víctor boquiabierto, perplejo y con la sensación de haber hecho el más espantoso de los ridículos. Acudió a aquella casa con el propósito de presionar a su máximo sospechoso y sólo había conseguido quedar como un imbécil. A veces pensaba que aún tenía mucho que aprender. Decidió tomar un coche de alquiler para darse prisa, pues tenía localidad para el Teatro de la Zarzuela. Esta noche daban Tocar el violón, La voz pública y Para una modista, un sastre. Necesitaba relajarse.
Capítulo 21
Víctor miraba embelesado por la ventana de su despacho. El ir y venir de carruajes y transeúntes por la calle Carretas lo mantenía sumido en una especie de relajante sopor, al menos de cara a don Alfredo, pues la inquieta mente del joven y ambicioso subinspector no dejaba de cavilar e iba una y otra vez de un caso a otro.
¿Qué tenía que ver lo ocurrido con el Indiano con los sucesos acaecidos con Aurora y don Donato? ¿Qué era aquello de El Rincón del Diablo? Allí había una historia de piratas, al menos de contrabandistas, y eso le hacía intuir que existía dinero detrás, o un tesoro, tal vez. Parecía haber una conspiración en torno a los recién casados, aunque todo el mundo prefirió creer que aquel asunto había sido obra de don Augusto Alvear. ¿Quién o quiénes estaban detrás de aquel turbio asunto? ¿Quién había ido a comprar, hacía diez años, tres ejemplares de La Divina Comedia idénticos al maldito de la casa de la calle San Nicolás? Parecía como si alguien hubiera decidido proveerse de una buena reserva de volúmenes exactamente iguales al maldito libro. ¿Para qué? Para nada bueno, eso seguro.
El otro caso parecía asunto resuelto. Todo apuntaba a aquel imbécil de don Gerardo, un inútil que se había dedicado a cometer tropelías durante toda su vida, sin que éstas le reportaran el merecido castigo. Lógicamente, el nivel de sus fechorías había ido en aumento hasta llegar a donde ni siquiera su padre podría salvarle: el asesinato múltiple. Sintió lástima por los padres de Gerardo de La Calle; aunque don Bernabé le había hecho sentirse como un auténtico y rematado imbécil la noche anterior.
Aquel hombre rezumaba clase, buenas maneras y, sobre todo, inteligencia, mucha inteligencia. Era un caballero. Captó el propósito del policía, leyó sus intenciones y, por último, lo había colocado en su sitio sin una sola voz, sin una mala palabra. Lo amenazó veladamente, cierto, pero sólo le dijo algo que el subinspector ya sabía: es peligroso molestar a las familias influyentes.
Y quizás él estaba molestando a demasiadas.
Eran las doce de la mañana cuando el mozo de los recados sacó de sus ensoñaciones a Víctor. Una nota de Clara le informaba de que aquella misma noche realizarían una prueba con el libro maldito gracias a la colaboración de la criada de su hermana, Nuria, y su novio, un carbonero de Lugo. A Víctor no le gustaba la idea, pues pensaba que no iban a sacar nada en claro de aquel experimento, pero, a pesar de ello, no ignoraba que debía aprovechar cualquier oportunidad de ver a su amada. No tenía la certeza de que la joven lo amara, pues, aunque parecía mirarlo con buenos ojos, tampoco él se había atrevido a declararse oficialmente.
¿No correría la misma suerte que don Fernando Hernández, el músico? Desechó el pensamiento al instante; él no era un artista apocado y pusilánime, iba a conseguir lo que quería. Estaba seguro.
O al menos no iba a rendirse a las primeras de cambio.
Envió a su vez otra nota a la joven contestándole que asistiría a la prueba y, tras terminar con unos papeleos que tenía pendientes, volvió a casa de doña Patro a paso vivo. Comió y durmió luego una larga y reparadora siesta. Despertó más tarde de las seis y se dedicó a leer un poco para distraer la mente de los dos casos que estaba intentando resolver. La prensa venía densa. Los periódicos liberales y los conservadores polemizaban por el hecho de que el ministro de Hacienda, señor Orovio, hubiera abandonado el último Consejo de Ministros antes de que éste concluyera. Según unos, era un indicio de que había disensiones en el ejecutivo y se anunciaba una crisis de Gobierno. Según los otros, los miembros del ejecutivo habían mostrado su apoyo unánime a las inminentes reformas del señor ministro de Hacienda. Así era el país. Hasta el más mínimo detalle se interpretaba en clave política. Al menos en aquellos momentos. Por su parte, El Parlamento denunciaba la injusta detención de uno de sus redactores, quien, tras presenciar una riña en plena calle San Agustín, había acudido a la inspección de orden público más cercana a reclamar a los agentes de la autoridad su intervención para evitar una desgracia. Ante la negativa del agente a personarse en el lugar de los hechos, el periodista lo amenazó con denunciar públicamente en su periódico aquel comportamiento, por lo que el plumilla fue detenido al instante. El pobre periodista había pasado toda la noche en el calabozo entre maleantes. Víctor se indignó. Le molestaba que el poder establecido atacara a la prensa libre, quizá la única institución de aquel atrasado país que se hallaba en condiciones de denunciar el sistema caciquil que todo lo dominaba. Por supuesto, había unos cuantos periódicos que molestaban a los poderosos y por eso intentaban silenciarlos. España no cambiaba.
Cenó frugalmente a las nueve y partió hacia la casa maldita cuando los relojes daban las diez. Allí se encontró con su adorada Clara, que había pedido permiso a su madre para llevar a cabo aquel experimento, encaminado a averiguar qué mal afligía a su hermana. La joven parecía ilusionada. Don Alfredo, que había sido avisado por Víctor, ya se hallaba presente en la casa, junto con Nuria y su novio, además de Gregorio, el mayordomo de suaves y estudiadas maneras.
El novio de la joven criada, el carbonero, se llamaba Antón y parecía no haber salido en su vida de su pazo natal, allá en la lejana Galicia. Además, daba continuamente la sensación de no entender muy bien lo que se le decía, por lo que Víctor dudó de que el pobre fuera consciente del asunto en que su novia y la señora de ésta lo habían metido. Esperaron a que dieran las doce en la cocina bebiendo aguardiente y café. Todos se sentaron en la inmensa mesa de roble. Sólo faltaba Eugenio, el caballerizo, que se había ausentado unos días para visitar a su anciana madre en Benasque. La iluminación de la estancia era más bien pobre, por lo que las caras de los contertulios aparecían cadavéricas y alargadas a los ojos de los allí reunidos. La conversación fue escasa, y se creó un extraño ambiente entre los presentes, que sentían como si algo irreparable fuera a ocurrir aquella noche. La casa del Indiano parecía ejercer una turbia influencia sobre todo el que ponía los pies en ella.
Excepto Antón, claro, que con la vista perdida, la boca abierta y expresión bobalicona miraba el fuego como hipnotizado, embebido en extrañas cavilaciones. Lo enviaron a dormir a la cama de matrimonio del Indiano y el pobre dio las gracias una y otra vez a sus anfitriones por dejarlo descansar en tan cómodo y elegante lecho. A las dos de la madrugada, Clara, que hacía las veces de dueña de la casa, ordenó que todos se situaran en sus puestos. Nuria y Gregorio comprobaron que el infeliz dormía profundamente y la amada de Víctor ordenó que se procediera según lo dispuesto. Dejaron solos a los dos novios en el cuarto maldito con la esperanza de que el experimento diera algún resultado. Previamente se aseguraron de que no hubiera objeto punzante alguno en la habitación, con la intención de que Nuria, al igual que sus predecesoras, hubiera de bajar a la cocina a buscar un enorme cuchillo. Don Alfredo, Víctor, Clara y Gregorio aguardaron en el vestíbulo por el que se accedía al cuarto, tras la puerta cerrada del dormitorio, intentando escuchar lo que ocurría dentro.