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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– ¿Y de qué la conoces, si puede saberse?

– Es mi profesión, tengo que relacionarme con ese tipo de gente -mintió sintiéndose culpable.

– ¿Y qué has averiguado sobre el libro? -preguntó de nuevo la joven, cambiando de tema y de caso.

– Estuve en una librería especializada en localizar los ejemplares más extraños y difíciles de encontrar. Y adivina.

– ¿Qué?

– Hace diez años alguien encargó tres ejemplares exactamente iguales al de la biblioteca de la casa maldita.

– ¿Y quién fue?

– El dueño no lo recuerda, un tipo alto, no sabe más; pero eso demuestra a las claras que este caso viene de lejos. Recuerda que hace ahora diez años que Milagros, la anterior propietaria de la casa, intentó matar a su marido.

– ¿Casualidad? -dijo Clara sonriendo.

– Demasiada casualidad me parece.

– ¿Qué piensas?

– Creo que alguien, por algún motivo y conociendo lo acontecido hace cincuenta años con la filipina, decidió preparar un golpe maestro: la continuación de la leyenda que había surgido tras la muerte de don Diego Vicente Reinosa. No sé muy bien cómo, ese alguien es capaz de sustituir el libro a su antojo de la biblioteca.

– ¿Algún pasadizo?

– No, me consta que no -aseguró él sonriendo como quien oculta algo-. Pero considero que se encargó muy mucho de que el libro pareciera el culpable del extraño comportamiento de Milagros y de Aurora.

– ¿Y no fue así?

– Hombre, no me atrevo a descartarlo de buenas a primeras, pero me inclino más por algún tipo de droga que altere la conciencia de la víctima. Es evidente que Milagros ha sufrido el mismo proceso que tu hermana, de eso no hay duda.

– ¿Y cómo iban a drogarlas a las dos?

– No sé, no tengo ni idea. Por otra parte, te diré que llegué a pensar que ese fragmento del libro fuera algún tipo de conjuro. No me malinterpretes, no me refiero a un conjuro en el sentido mágico, sino una serie de palabras, un sortilegio capaz de hacer entrar en trance a alguien y dominar su voluntad.

– Pero mi madre lo leyó en su dormitorio y no intentó matar a mi padre.

– Eso es.

– Quizá sólo haga efecto en la habitación en que murió el Indiano. No perdemos nada por probar -reflexionó ella.

– ¿Por probar qué? Me parece una tontería; además, necesitaríamos a alguna chica que se prestara a ello y tuviera un marido o un novio a quien situar en la misma habitación.

– ¡Nuria!

– ¿La criada de casa de tu hermana? ¡Estás loca, Clara! Me niego.

– ¿Y si ella estuviera de acuerdo? No perdemos nada con intentarlo; además, tú y tus hombres estaríais allí, no correría peligro.

– No sé, supongo que tienes razón, no perdemos nada, pero no me parece buena idea.

Los ojos de la chica brillaban por primera vez en muchos días. Parecía ilusionada con la posibilidad de ayudar a su hermana.

– Por favor… -rogó ella.

– En fin, que sea lo que Dios quiera -aceptó Víctor dándose por vencido-. Habla con ella, a ver qué se puede hacer.

El subinspector salió de casa de las Alvear a eso de las ocho, dio un paseo para hacer tiempo y cuando oyó dar las nueve se dirigió a casa de don Bernabé de La Calle, el padre de don Gerardo. Sabía que aquella era una hora intempestiva, por lo que la eligió a propósito, para causar la máxima molestia posible. Un simple vistazo al exterior de la morada de la familia era suficiente para deducir que allí vivía gente adinerada. La inmensa casona estaba situada en la calle de Villanueva, cerca de Recoletos, era de estilo neoclásico con una imponente fachada jalonada por columnas de estilo dórico y adornada con unas inmensas vidrieras que dotaban al inmueble de una excelente iluminación. El jardín, aunque exiguo, estaba bien cuidado, con un magnífico seto de cipreses que el jardinero había mimado con esmero salpicándolo con figuras vegetales aquí y allá que recordaban al mismísimo Versalles.

Tras tirar del llamador, Víctor fue recibido por una criada de aspecto simplón que se sobresaltó un tanto al ver la placa del agente. De inmediato hizo llegar la tarjeta del subinspector a su señor. Don Bernabé, interrumpiendo la cena íntima con su esposa, apareció sin tardanza en el vestíbulo. Parecía alarmado.

– Perdone si interrumpo su cena, pero me temo que el asunto es urgente -dijo el policía, y mostró su placa con aire intimidatorio.

Don Bernabé era un hombre de mediana estatura, pelo cano, incipiente calvicie y enormes bigotes blancos que se había enriquecido con el negocio del azúcar de Cuba.

– Se trata de mi hijo, ¿verdad?

– En efecto. Necesito hablar con usted.

– No hay problema. ¿Qué ha hecho?; ¿alguna bronca?; ¿está bien?

– Me temo que es algo más grave -dijo muy circunspecto el subinspector.

– Está bien, pase, pase a mi despacho.

– Creo que sería necesaria la presencia de su esposa.

– ¿Cómo?

– Sí, tengo que hablar con ustedes de asuntos domésticos.

Don Bernabé mostró sorpresa. Víctor leyó en su rostro que no sabía cómo reaccionar.

– Engracia -requirió el señor a la criada-, acompañe al señor a mi despacho; la señora y yo iremos en un momento. Y sírvale lo que quiera.

La doméstica condujo al detective al amplio despacho de la casa. Víctor se quedó de pie, paseando nerviosamente sobre la mullida alfombra.

Poco después entró el anfitrión acompañado de una dama canosa y entrada en carnes, como su hijo.

– Aquí mi señora, Irene. Tome asiento, don…

– Don Víctor.

– Sabrá que ésta no es una hora muy adecuada… -comenzó diciendo don Bernabé.

– Lo sé y les pido disculpas, pero hoy mismo he realizado unas averiguaciones que me han hecho imprescindible venir -mintió.

– Diga, diga.

– Se trata de una serie de asesinatos que estamos investigando.

– Sí, lo sé -dijo el aristócrata con entonación de fastidio-, el asunto de María de los Ángeles. Me enteré. Era como una hija para nosotros.

– Sí, pero hay algo más.

– ¿Y bien? -intervino la señora de la casa.

– Miren, es verdad que María de los Ángeles de Pelayo murió asesinada por el hombre al que buscamos que, por cierto, es zurdo -añadió, y la frase hizo aparecer un extraño rictus en el rostro de doña Irene-. Y lo cierto es que don Gerardo no se portó demasiado bien con la hija de su amigo, don Cosme de Pelayo.

– Nunca aprobé la conducta de mi hijo en aquel asunto, pero eso no le hace culpable de asesinato -bufó don Bernabé.

– Ya, ya, claro, pero el caso es que hay más.

– ¿Sí?

– Tenemos informaciones que apuntan a que su hijo dejó embarazada a una criada suya, Agapita. Esa chica fue expulsada de esta casa y terminó prostituyéndose. Pero eso no es todo; fue asesinada también. Por el mismo hombre.

Doña Irene se persignó. Se quedó blanca. Don Bernabé, lejos de estallar de ira como esperaba Víctor, tomó aire, con calma, y empezó a hablar pausadamente a la vez que miraba al policía con ojos inteligentes y penetrantes.

– Mire, joven, reconozco que no sabía que Agapita había sido asesinada por el mismo hombre que nuestra querida María de los Ángeles y es un dato que tendré que valorar con más calma, pero ¿qué quiere que haga yo ahora? ¿Qué tenemos que ver con ello aquí, mi santa esposa, y un servidor? Investigue usted, hombre de Dios, que para eso le pagan, y venga luego con sus conclusiones. ¿Qué pretendía molestándonos así, que montáramos un numerito? No le ocultaré que mi hijo no ha resultado ser precisamente un miembro honorable de nuestra sociedad, pero no le creo capaz de algo así, de manera que si insinúa que ha tenido algo que ver con esas muertes, tiene dos posibilidades ante usted. Le diré la primera: lo demuestra y todo el peso de la ley cae sobre Gerardo. Y también le avanzo la segunda: no lo demuestra. Tendría usted problemas por haber sembrado la duda sobre familia tan influyente. Y no me malinterprete, no le estoy amenazando, al contrario, le muestro en panorámica las posibilidades que se abren ante usted, y es usted, y solamente usted, quien debe resolver cómo actuar. De cualquier manera, ninguna de esas dos posibilidades pasa por venir a interrumpir la cena de dos ancianos decentes e importunarles acerca del comportamiento de su único hijo que, dicho sea de paso, les está costando la salud. Así que ahora le ruego que abandone esta mi casa, y que en lo sucesivo haga lo que ha de hacer: su trabajo. Vamos, querida. Engracia le acompañará a la salida.

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