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La estrella del diablo

Электронная книга - «La estrella del diablo». Краткое содержание книги:

En un verano excepcionalmente caluroso en Oslo, el cuerpo de una joven aparece en el suelo de su apartamento, en medio de un charco de sangre. Tiene amputado un dedo de la mano izquierda, y bajo un párpado le han colocado un pequeño diamante rojo con la forma de una estrella de cinco puntas: el símbolo de las tinieblas, el emblema del diablo. Cinco días después del tétrico hallazgo, un hombre denuncia la desaparición de su esposa. Otro dedo cercenado aparece en escena: lleva un anillo con un diamante rojo engarzado, tallado como una estrella de cinco puntas. Tendrán que pasar cinco días más para que aparezca el tercer cadáver… y se repita el ritual. Son demasiadas coincidencias, y todo apunta a que un asesino en serie está actuando en la ciudad.
Harry Hole no tiene vacaciones, por lo que el jefe Moller le asigna el caso y le impone como compañero a Tom Waaler, un tipo corrupto, implicado en el tráfico de armas y de alguna manera responsable de la muerte de Hellen Gjelten, compañera y amiga de Hole, en el transcurso de una investigación. Harry está decidido a demostrar que sus sospechas sobre Waaler están fundadas, e incluso empieza a preguntarse si no estará relacionado con los crímenes. Los demonios reales y los imaginarios se mezclan en la mente del policía, que se tiene que enfrentar a un criminal sanguinario y a un enemigo implacable dentro del departamento. Sólo tiene una cosa clara: la estrella de cinco puntas es la clave para resolver el misterio.
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Cuando Møller dio por finalizada la reunión, Harry decidió que las manchas de sudor a ambos lados de la camisa de Aune habían adquirido la forma de Somalia. Los tres se quedaron sentados.

Møller sacó cuatro Carlsberg que guardaba en la nevera de la cocina.

Aune asintió con un destello feliz en la mirada. Harry negó brevemente con la cabeza.

– Pero ¿por qué? -preguntó Møller mientras abría las botellas de cerveza.

– ¿Por qué nos da libremente la clave que revela su próxima jugada?

– Está intentado decirnos cómo podemos cogerlo -explicó Harry al tiempo que abría la ventana.

Por ella entraron los sonidos que llenaban la ciudad en la noche estival y la actividad desesperada de los efímeros efemerópteros: música procedente de coches descapotables que circulaban despacio, risas exageradas, tacones altos que repiqueteaban raudos contra el asfalto. Gente con ilusiones.

Møller miró incrédulo a Harry y luego a Aune, como para obtener su confirmación de que Harry estaba loco.

El psicólogo juntó las yemas de los dedos delante de su pajarita.

– Puede que Harry tenga razón -admitió-. No es raro que un asesino en serie rete y ayude a la policía porque lo que en el fondo desea es que lo atrapen. Hay un psicólogo, Sam Vatkin, según el cual los asesinos en serie desean que los cojan y los castiguen para justificar su superego sádico. Yo me inclino más por la teoría que dice que necesitan ayuda para detener al monstruo que llevan dentro. Que ese deseo de que los descubran se debe a cierto nivel de comprensión objetiva de la enfermedad.

– ¿Saben que son enfermos mentales?

Aune hizo un gesto afirmativo.

– Eso… -dijo Møller levantando la botella-… debe de ser un infierno.

Møller se fue a devolver la llamada a un periodista del Aftenposten que quería saber si la policía apoyaba la recomendación del Defensor del Menor, que pedía que los niños se mantuviesen dentro de sus casas.

Harry y Aune se quedaron sentados escuchando los sonidos remotos de los gritos inarticulados de una juerga y oyendo a The Strokes, interrumpidos por una llamada a la oración que, por alguna razón, de repente, resonaba metálica y quizá blasfema, pero también extrañamente bella, todo lo cual entraba por la misma ventana abierta.

– Sólo por curiosidad -dijo Aune-. ¿Cuál fue el factor desencadenante? ¿Cómo se te ocurrió lo del cinco?

– ¿Qué quieres decir?

– Sé algo acerca de los procesos creativos. ¿Qué pasó?

Harry sonrió.

– Vete a saber. Lo último que vi antes de dormirme esta mañana fue que el reloj de la mesilla mostraba tres cincos. Tres mujeres. Cinco.

– El cerebro es una herramienta extraña -admitió Aune.

– Bueno -dijo Harry-. Según una persona que sabe de claves, necesitamos la respuesta a la pregunta cómo, antes de que hayamos descifrado la verdadera clave. Y esa respuesta no es cinco.

– Entonces, ¿por qué?

Harry bostezó y se estiró.

– El porqué es tu terreno, Ståle. Yo me conformo con que lo cojamos.

Aune sonrió, miró el reloj y se levantó.

– Eres una persona muy extraña, Harry.

Se puso la chaqueta de tweed.

– Ya sé que últimamente has estado bebiendo, pero tienes mejor pinta. ¿Ha pasado ya lo peor, por esta vez?

Harry negó con la cabeza.

– Sólo estoy sobrio.

Un cielo abovedado vestido de gala cubría a Harry mientras se dirigía a su casa.

En la acera, a la luz de la señal de neón que colgaba sobre la entrada de la pequeña tienda de ultramarinos Niazi, junto al edificio de Harry, había una mujer con gafas de sol. Tenía una mano puesta en la cadera y en la otra llevaba una de las bolsas blancas de plástico de Niazi, sin logotipo. Sonreía y parecía que estuviera esperándolo.

Era Vibeke Knutsen.

Harry comprendió que estaba interpretando un papel, una broma en la que quería que él participara. Así que moderó los pasos, intentando devolverle una sonrisa que trasmitiera algo parecido. Que había esperado verla allí. Y por extraño que pudiera parecer, así era, aunque no lo comprendió hasta ese momento.

– No te he visto en el Underwater últimamente, querido -dijo ella levantando las gafas y cerrando un poco los ojos a la luz del sol que todavía aparecía suspendido justo encima de los tejados.

– He estado intentando mantener la cabeza por encima del agua -respondió Harry al tiempo que sacaba el paquete de cigarrillos.

– Vaya, tienes ingenio lingüístico -respondió Vibeke estirándose.

Aquella noche no llevaba puesto ningún animal exótico, sino un vestido de verano azul muy escotado que la joven llenaba de sobra. Le ofreció el paquete y ella cogió un cigarrillo que se puso entre los labios de un modo que Harry no pudo calificar más que como indecente.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó-. Creía que solías hacer la compra en Kiwi…

– Está cerrado. Es casi media noche, Harry. Tuve que venir hasta tu barrio para encontrar algo abierto.

Vibeke Knutsen exhibió una sonrisa más amplia aún y entrecerró los ojos como un gato amoroso.

– Éste es un vecindario algo peligroso para una niña un viernes por la noche -advirtió Harry encendiéndole el cigarrillo-. Podías haber mandado a tu hombre si era una compra tan urgente…

– Refrescos -aclaró ella levantando la bolsa-. Para que las copas sean menos fuertes. Y mi prometido está de viaje. Pero, si esto es tan peligroso, ¿no deberías llevar a la chica a un lugar seguro?

Hizo un gesto hacia el edificio donde él vivía.

– Te puedo invitar a una taza de café -dijo Harry.

– ¿Ah, sí?

– Café soluble. Es todo lo que puedo ofrecer.

Cuando Harry entró en la sala de estar con el hervidor de agua y el tarro de café, Vibeke Knutsen estaba sentada en el sofá, con los zapatos en el suelo y las piernas dobladas debajo del trasero. La piel, blanca como la leche, relucía en la penumbra. Encendió otro cigarrillo, uno de los suyos en esta ocasión. Eran de una marca extranjera que Harry nunca había visto. Sin filtro. A la luz temblona de la cerilla, vio que se le había descascarillado el esmalte de las uñas de los dedos de los pies.

– No sé si aguantaré más -confesó Vibeke-. Ha cambiado tanto… Cuando llega a casa, siempre está intranquilo y anda de un lado para otro en la sala de estar y, si no, se va a entrenar. Parece que le cuesta esperar al próximo viaje. Intento hablar con él, pero me corta o me mira como si no entendiera nada. Desde luego, somos de dos planetas completamente diferentes.

– La suma de la distancia de los planetas y la fuerza de atracción entre ellos es lo que los mantiene en su órbita -explicó Harry sirviendo el café liofilizado.

– ¿Más ingenio lingüístico? -Vibeke retiró una hebra de tabaco de la punta de la lengua, húmeda y rosada.

Harry sonrió.

– Algo que leí en una sala de espera. A lo mejor tenía la esperanza de que fuera cierto. En mi caso.

– ¿Sabes qué es lo más extraño? No le gusto. Y aun así, sé que nunca permitirá que me vaya.

– ¿Qué quieres decir?

– Me necesita. No sé exactamente para qué, pero es como si hubiese perdido algo y me utiliza para sustituirlo. Sus padres…

– ¿Sí?

– No mantiene contacto con ellos. Nunca me los ha presentado, creo que ni siquiera saben que existo. Hace poco sonó el teléfono y era un hombre que preguntaba por Anders. Enseguida tuve la sensación de que se trataba de su padre. No sé cómo, pero se oye en la forma en que los padres pronuncian el nombre de sus hijos. Por un lado, es algo que han dicho tantas veces que resulta el sonido más natural del mundo y, al mismo tiempo, es algo íntimo, una palabra que los desnuda. Y lo pronuncian rápidamente y como avergonzados. «¿Está Anders?» Pero cuando le dije que tenía que despertarlo, la voz empezó a hablar en un idioma extranjero, o… bueno, extranjero no, sino como tú y yo hablaríamos si tuviéramos que inventar palabras sobre la marcha. Igual que hablan en los templos cuando entran en trance.

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