Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » La estrella del diablo
La estrella del diablo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La estrella del diablo

Электронная книга - «La estrella del diablo». Краткое содержание книги:

En un verano excepcionalmente caluroso en Oslo, el cuerpo de una joven aparece en el suelo de su apartamento, en medio de un charco de sangre. Tiene amputado un dedo de la mano izquierda, y bajo un párpado le han colocado un pequeño diamante rojo con la forma de una estrella de cinco puntas: el símbolo de las tinieblas, el emblema del diablo. Cinco días después del tétrico hallazgo, un hombre denuncia la desaparición de su esposa. Otro dedo cercenado aparece en escena: lleva un anillo con un diamante rojo engarzado, tallado como una estrella de cinco puntas. Tendrán que pasar cinco días más para que aparezca el tercer cadáver… y se repita el ritual. Son demasiadas coincidencias, y todo apunta a que un asesino en serie está actuando en la ciudad.
Harry Hole no tiene vacaciones, por lo que el jefe Moller le asigna el caso y le impone como compañero a Tom Waaler, un tipo corrupto, implicado en el tráfico de armas y de alguna manera responsable de la muerte de Hellen Gjelten, compañera y amiga de Hole, en el transcurso de una investigación. Harry está decidido a demostrar que sus sospechas sobre Waaler están fundadas, e incluso empieza a preguntarse si no estará relacionado con los crímenes. Los demonios reales y los imaginarios se mezclan en la mente del policía, que se tiene que enfrentar a un criminal sanguinario y a un enemigo implacable dentro del departamento. Sólo tiene una cosa clara: la estrella de cinco puntas es la clave para resolver el misterio.
1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 100
Перейти на страницу:

– La policía -explicó al tiempo que le mostraba la tarjeta de identificación.

– ¿Ah, sí? Espero que no haya ocurrido nada malo…

Un aire de preocupación se perfiló en la red de arrugas y finas líneas que marcaban su rostro. Harry pensó que estaría preocupada por alguien. Tal vez lo pensó porque se parecía a ella, porque también ella se había preocupado por los demás.

– No -dijo automáticamente, repitiendo la mentira y negando con la cabeza-. ¿Podemos entrar?

– Por supuesto.

Ella abrió la puerta del todo y se hizo a un lado. Harry y Beate entraron. Harry cerró los ojos. Olía a jabón de fregar y a ropa vieja. Lógico. Cuando volvió a abrirlos, vio que ella lo observaba con una media sonrisa de curiosidad. Harry le correspondió sonriendo a su vez. Era imposible que ella supiera que él había esperado un abrazo, una caricia en la cabeza y una voz que le anunciase entre susurros que el abuelo los esperaba a él y a Søs en el salón con alguna chuchería.

Los condujo hasta un salón, pero nadie aguardaba allí sentado. El salón, o mejor dicho, los salones, pues había tres consecutivos, tenían en el techo rosetas de las que colgaban arañas de cristal y muebles antiguos y señoriales. Al igual que las alfombras, estaban desgastados, pero todo se veía muy limpio y ordenado como únicamente puede verse en una casa donde vive una persona sola.

Harry estaba pensando en por qué había preguntado si ella vivía allí. ¿Era por la forma en que abrió la puerta? ¿Y por cómo los dejó entrar? De todas formas, casi había esperado ver a un hombre, al señor de la casa, pero parecía que el censo tenía razón. No había nadie más.

– Sentaos -los invitó-. ¿Café?

Parecía más un ruego que una invitación. Harry carraspeó, un tanto incómodo. No estaba seguro de si debía contarle cuanto antes el motivo de su visita.

– Es una buena idea -dijo Beate sonriendo.

La señora le devolvió la sonrisa y se fue a la cocina. Harry miró agradecido a Beate.

– Me recuerda a… -comenzó.

– Ya lo sé -respondió Beate-. Te lo he visto en la cara. Mi abuela también era un poco como ella.

– Ya -dijo Harry mirando a su alrededor.

Eran pocas las fotos de familia que había en la sala. Sólo un par de caras serias en otras tantas fotos desvaídas en blanco y negro, seguramente de antes de la guerra, y cuatro fotos de un niño a diferentes edades. En la foto de adolescente tenía la cara llena de granos, llevaba un peinado de principios de los años sesenta, los mismos ojos de oso de peluche que acababan de encontrarse en la entrada y una sonrisa que era exactamente eso, una sonrisa. Y no sólo ese gesto dolorido que Harry a duras penas había logrado componer a esa edad.

La señora mayor entró con una bandeja, se sentó, sirvió el café y ofreció una bandeja con galletas Maryland. Harry esperó a que Beate terminase para felicitarla por su café.

– ¿Ha leído en los periódicos las noticias sobre las chicas asesinadas en Oslo estas últimas semanas, señora Sivertsen?

Ella negó con la cabeza.

– Aunque me he enterado de lo ocurrido, porque venía en la primera página del Aftenposten. Pero nunca leo esas cosas.

Las arrugas que le ribeteaban los ojos apuntaban en oblicuo hacia abajo cuando sonreía.

– Y me temo que soy una señorita mayor, no una señora.

– Lo siento, creía… -Harry miró hacia las fotos.

– Sí -confirmó la mujer-. Es mi hijo.

Se hizo un profundo silencio. El viento les trajo los ladridos remotos de un perro y una voz metálica que anunciaba que el tren con destino a Halden estaba listo para partir del andén número diecisiete. Soplaba tan débil que apenas movía las cortinas que colgaban delante de la puerta abierta del balcón.

– Bueno -dijo Harry levantando la taza de café, pero se dio cuenta de que, si iba a hablar, lo mejor sería volver a dejarla en la mesa-. Tenemos razones para creer que la persona que mató a las chicas es un asesino en serie, y que una de sus próximos objetivos es…

– Unos pasteles deliciosos, Sra. Sivertsen -interrumpió Beate de repente, con la boca llena. Harry la miró sorprendido. Desde las puertas del balcón se oía el zumbido de los trenes que llegaban a la estación.

La señora mayor sonrió algo confundida.

– Ah, sólo son pasteles comprados, no los he hecho yo -respondió la mujer.

– Permítame que empiece de nuevo, señora Sivertsen -dijo Harry-. En primer lugar, le diré que no hay motivo para inquietarse, tenemos la situación totalmente controlada. En segundo lugar…

– Gracias -dijo Harry cuando bajaban por la calle Schweigaardsgate, ante cobertizos y los edificios bajos de las fábricas. El chalé y el jardín, como un oasis de verdor, contrastaban con la negra gravilla que les rodeaba.

Beate sonrió sin ruborizarse.

– Sólo pensaba que deberíamos evitar una rotura de fémur mental. Está permitido dar rodeos de vez en cuando. Presentar los hechos de una manera más suave.

– Sí, eso dicen. -Harry encendió un cigarrillo-. Nunca se me ha dado bien hablar con la gente. Se me da mejor escuchar. Y puede que…

Guardó silencio.

– ¿Qué? -preguntó Beate.

– Puede que me haya vuelto insensible. Puede que haya dejado de preocuparme. Puede que sea hora de… hacer otra cosa. ¿Te importa conducir?

Le tiró las llaves por encima del techo del coche.

Ella las cogió y se quedó observándolas con una arruga de asombro en la frente.

A las ocho en punto, los cuatro responsables de la investigación se hallaban con Aune congregados otra vez en la sala de reuniones.

Harry informó de la visita a Villa Valle y contó que Olaug Sivertsen se lo había tomado con serenidad. Por supuesto que se quedó impresionada, aunque lejos de sentirse presa del pánico al saber que, posiblemente, se encontraría en la lista mortal de un asesino en serie.

– Beate le propuso que se fuese a vivir con su hijo una temporada -dijo Harry-. Pienso que es una buena idea.

Waaler negó con la cabeza.

– ¿Ah, no? -preguntó Harry sorprendido.

– El asesino puede estar vigilando los futuros escenarios. Si empiezan a ocurrir cosas extrañas, tal vez lo pongamos en fuga.

– ¿De verdad opinas que vamos a utilizar a una señora mayor e inocente como… como… -Beate intentó ocultar su indignación, pero se puso como un tomate y tartamudeó-:…cebo?

Waaler le sostuvo la mirada. Y, por una vez, ella no apartó la suya. Al final, el silencio se hizo tan opresivo que Møller abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, una constelación de palabras al azar. Pero Waaler se le adelantó.

– Sólo quiero estar seguro de que cogeremos a ese tío. Para que todos puedan dormir tranquilos por la noche. Y por lo que yo sé, a la viejecita no le toca hasta la semana que viene.

Møller soltó una risa estentórea y forzada. Y, cuando se dio cuenta de que en realidad no suavizaba nada, se rió aún más alto.

– Da igual -intervino Harry-. Se va a quedar en casa. El hijo vive demasiado lejos, en el extranjero.

– Bien -dijo Waaler-. En cuanto al edificio de los estudiantes, ahora en vacaciones está bastante vacío, como es natural, pero a todos los inquilinos con los que hemos hablado se les ha ordenado que permanezcan en sus viviendas mañana, y poco más al respecto. Hemos dicho que se trata de un ladrón que queremos atrapar con las manos en la masa. Esta noche instalaremos un equipo de vigilancia. Y esperemos que el asesino esté durmiendo.

– ¿Y los chicos del grupo de Operaciones Especiales? -preguntó Møller.

Waaler sonrió.

– Están entusiasmados.

Harry miró por la ventana. Intentaba recordar cómo era estar entusiasmado.

1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)