Las fuerzas del mal
- Автор: Уолтерс Майнет
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
James cerró los ojos.
– Fue usted quien previno a Ailsa del peligro de resucitar el pasado -murmuró-. Y coincido con usted, aunque quizá sea un poco tarde.
– Sí, bien, he cambiado mi opinión -dijo el abogado de manera cortante-. La ley de los pobres diablos predijo que su nieta debería ser un clon de Elizabeth porque eso era exactamente lo que usted no quería. Por el contrario, y sólo Dios conoce la razón, lo que tiene es un clon de usted mismo. No se supone que la vida tenga que ser así, James. Se supone que la vida es un coñazo total y sin remedio, donde cada paso hacia delante le obliga a uno a dar dos pasos hacia atrás. -Apretó los puños-. Por la sangre de Cristo, le dije que usted estaba fascinado con ella. ¿Me va a convertir en un mentiroso?
Para su desconcierto, las lágrimas comenzaron a brotar de debajo de los párpados del anciano y a resbalar por sus mejillas. Mark no había tenido la intención de hacer que se derrumbara. Estaba cansado y confundido, y lo había seducido la convicción de Nancy de que James era el duro soldado de su imaginación y no la sombra que Mark había contemplado dos días antes. Quizás el duro soldado había sido el James Lockyer-Fox real durante las pocas horas que Nancy había estado allí, pero ese hombre quebrado cuyos secretos quedaban expuestos era el que Mark reconocía. Todas sus sospechas se unieron para formar un nudo en torno a su corazón.
– ¡Oh, mierda! -dijo, con desesperación-. ¿Por qué no pudo ser honesto conmigo? ¿Qué demonios voy a decirle ahora? «Lo siento, capitana Smith, no fue capaz de satisfacer las expectativas. Usted viste como una tortillera… el coronel es un esnob… y usted habla con acento de Herefordshire.» -Respiró profunda y entrecortadamente-. ¿O quizá deba decirle la verdad? -prosiguió con dureza-. «Hay una interrogante con respecto a quién fue su padre… y su abuelo tiene la intención de repudiarla por segunda vez antes que someterse a una prueba de ADN.»
James se llevó el pulgar y el índice al puente de la nariz.
– Dígale lo que quiera -logró articular-, siempre que no vuelva nunca más.
– Dígaselo usted mismo -dijo Mark, sacando el móvil del bolsillo y memorizando en la agenda el número de Nancy antes de dejar caer el trozo de papel sobre el regazo de James-. Voy a emborracharme.
Se trataba de una pretensión idiota. No había valorado lo difícil que era emborracharse en la campiña de Dorset la tarde del Boxing Day y conducía sin rumbo, en círculos, buscando un pub que estuviera abierto. Al final, y tras reconocer lo absurdo de su actitud, aparcó en el camino de la montaña cerca de la bahía de Ringstead y contempló las olas turbulentas que golpeaban la costa bajo una luz que se desvanecía con rapidez.
El viento había girado hacia el suroeste durante la tarde y las nubes se deslizaban sobre el canal en el aire más cálido. Era un oscuro desierto de cielo bajo, mar rabioso y riscos elevados, y su belleza elemental hizo que recuperara la perspectiva. Media hora después, cuando la espuma era sólo un brillo fosforescente bajo la luz de la luna creciente y los dientes de Mark castañeteaban de frío, puso en marcha el motor y tomó el camino de vuelta a Shenstead.
Cuando la niebla roja se disipó, vio algunas verdades con claridad. Nancy había estado en lo cierto al decir que James había cambiado de opinión en algún momento entre la primera y la segunda carta. Antes de eso, la presión para encontrar a su nieta había sido muy intensa, tanto que James estaba dispuesto a sufragar los costes legales que pudieran derivarse por escribirle. Hacia finales de noviembre la presión actuaba en sentido contrario: «Bajo ninguna circunstancia usted aparecerá en ningún documento legal relativo a esta familia».
¿Qué había ocurrido entonces? ¿Las llamadas telefónicas? ¿La muerte de Henry? ¿Guardaban alguna relación? ¿En qué orden habían tenido lugar? ¿Y por qué James no le había mencionado nada de aquello a Mark? ¿Por qué le escribía una fábula a Nancy y se negaba a discutir el asunto con su abogado? ¿Pensaba que Nancy podía creer en la culpabilidad de Leo y Mark no?
A pesar de la insistencia de James de que el hombre al que Prue Weldon había oído hablar debió de ser su hijo -«Nuestras voces se parecen… él estaba cabreado con su madre por haber cambiado el testamento… Ailsa le echaba la culpa por los problemas de Elizabeth»-, Mark sabía que eso era imposible. Mientras Ailsa moría en Dorset, Leo se estaba tirando a la novia de Mark en Londres y, por mucho que ahora despreciara a la sesohueca que adorara en aquel entonces, nunca dudó de que ella estuviera diciendo la verdad. En aquella época, Becky no tenía remordimientos por ser la coartada de Leo. Pensaba que el romance -mucho más apasionado que todo lo que había vivido con Mark- llegaría a buen puerto. Pero Mark había oído demasiados ruegos histéricos pidiendo una segunda oportunidad desde que Leo la abandonara para creer que ella no se retractaría de la mentira que la habían obligado a decir.
Nueve meses atrás hubiera tenido sentido. Leo, el carismático Leo, se había vengado fácilmente del abogado que se había atrevido a usurpar el sitio de su amigo y, lo peor, se había negado a infringir su voto de confidencialidad hacia sus clientes. Aquello no había sido difícil. Las largas jornadas laborales de Mark y su casi nula afición a ir de fiesta noche tras noche le habían ofrecido a Leo una fruta madura lista para ser mordida, pero a Mark nunca le había pasado por la cabeza la idea de que romper su inminente matrimonio era algo más que un juego malicioso. Incluso Ailsa le había metido la idea en la cabeza: «Ten cuidado con Leo -le había prevenido cuando Mark mencionó las veces que él y Becky habían cenado con su hijo-. Cuando quiere es encantador, pero cuando no logra sus objetivos puede ser muy desagradable».
«Desagradable» no era precisamente la palabra más adecuada para definir lo que Leo había hecho, pensaba ahora. «Sádico», «retorcido», «pervertido», esos vocablos describían mejor la manera cruel en que había destruido las vidas de Mark y Becky. Aquello dejó a Mark a la deriva durante meses. Tanta confianza, tanta esperanza invertida en otra persona, dos años de vida en común, la boda prevista para el verano y la desesperada vergüenza de las explicaciones posteriores. Nunca la verdad, por supuesto: «Se estaba acostando a mis espaldas con un ludópata depravado con edad suficiente para ser su padre». Sólo las mentiras: «No funcionó… necesitábamos espacio… nos dimos cuenta de que no estábamos listos para un compromiso a largo plazo».
En ningún momento había tenido tiempo de dar un paso atrás y hacer balance. Antes de que transcurrieran veinticuatro horas de su llegada a Dorset para apoyar a James durante el interrogatorio policial, Becky sollozaba por el móvil, diciéndole que lo sentía, que no había querido que todo saliera así, pero la policía le había exigido que confirmara dónde había estado dos noches antes. No había acompañado a un grupo de empresarios japoneses por Birmingham en calidad de relaciones públicas de una agencia de desarrollo, como le dijera a Mark, sino que estaba con Leo en su chalé de Knightsbridge. Y no, no había sido un asunto de una noche. El romance había comenzado tres meses antes y ella llevaba semanas intentando decírselo a Mark. Ahora que el secreto era público y notorio, iba a mudarse con Leo. Cuando Mark volviera a casa ella se habría marchado.
Ella lo sentía… lo sentía… lo sentía…
Mark había luchado en privado con su congoja. En público se mostraba impasible. El dictamen del patólogo -«No hay pruebas de violencia… la sangre de la terraza era de un animal»- restó valor a la investigación y el interés de la policía hacia James decayó muy pronto. ¿Qué sentido tenía decirle a su cliente que la razón por la que su acusación contra Leo había sido rechazada como «delirante y sin fundamento» se debía a que la novia de su abogado lo había exonerado? No hubiera podido contárselo ni aunque lo considerara necesario. Sus heridas eran demasiado recientes para abrirlas a la inspección pública.