Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » La estrategia Bellini
La estrategia Bellini - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La estrategia Bellini

Электронная книга - «La estrategia Bellini». Краткое содержание книги:

El paradero de un retrato de Mehmet II, gran héroe del Imperio otomano, pintado por el artista renacentista Bellini ha sido un misterio durante siglos. En el Estambul de 1840 circula el rumor de que el cuadro ha aparecido en Venecia, y el sultán quiere poseerlo a toda costa. Yashim, el célebre detective eunuco, es el encargado de recuperarlo, y para ello cuenta con la inestimable ayuda de Stanislaw Palieski, el decadente embajador de Polonia.
Yashim y Palieski viajan de incógnito a Venecia, una ciudad de palacios vacíos y silenciosos canales, por la que se mueven oscuros tratantes de arte, hombres que se han hecho a sí mismos y marchitos aristócratas. Cuando dos cuerpos aparecen en el canal, la búsqueda del retrato perdido se convierte en un peligroso juego del gato y el ratón que amenaza con destruir el trono otomano y desencadenar feroces luchas de poder en Europa.
Jason Goodwin, ganador del Edgar Award por El Árbol de los Jenízaros y cuyas novelas han sido traducidas a treinta y siete idiomas, es uno de los mayores expertos en Estambul, una ciudad codiciada y codiciosa atrapada entre el exotismo de su pasado y la inestabilidad de los nuevos tiempos.
La estrategia Bellini es «una novela magnífica, inteligente y evocadora» (Independent) de «un escritor de enorme talento» (Financial Times).
1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 73
Перейти на страницу:

Para su sorpresa, la contessa estaba de pie con la mano en la cadera, observándolo.

No había hecho ningún esfuerzo para recuperar su florete.

La cimitarra estaba firmemente fijada a la pared, Yashim soltó de mala gana su presa, y se dejó caer al suelo.

La contessa sonrió.

– Al parecer, siempre he de encontrarme con sabreurs -dijo.

– ¿Sabreurs?

Ella hizo un gesto señalando la cimitarra.

– Ustedes conquistaron la Europa oriental con eso. Es el antepasado de nuestro sable. Los húngaros lo adoptaron, como adoptaban cualquier cosa que ustedes llevaran al campo de batalla. Húsares. Dragones. Bandas militares. Nosotros luchamos igual con igual, Yashim Pachá.

– Sí -dijo Yashim. Se agachó para recuperar un pedazo de turbante. Envolvió con él su sangrante mano, y lo rasgó con los dientes-. Sí, por supuesto.

– Y el sable ganó la batalla de Waterloo -añadió ella-. No está de moda ahora.

Yashim envolvió su cabeza con el resto del turbante.

Cuando se sintió adecuadamente vestido, dijo:

– No soy ningún pachá.

Ella avanzó unos pasos y tiró de la campanilla.

– Café, Antonio -y dirigiéndose a Yashim dijo-: El pueblo de Venecia parece pensar que es usted un pachá. Usted les ha dado algo que habían perdido durante muchos años. A mis ojos, es usted un pachá. Incluso pese a la caja vacía.

Yashim pensó que detectaba una pizca de diversión -una cruel diversión, en aquellos hermosos ojos negros. El pachá… ¡Con su caja vacía! Yashim, el eunuco.

– Contessa… yo… -se encontró balbuceando-. Los armenios… El Corán… Reconocí la escritura…

Ella se llevó un dedo a su labio inferior, y lo dejó allí, con aire reflexivo.

– Usted conocía el esquema.

– Fui entrenado para él -replicó Yashim-, del mismo modo, al parecer, que lo fue usted.

Capítulo 88

– Lamento lo de su mano.

– Lo dudo.

Ella se rió.

– Fue usted mejor que yo, Yashim Pachá. Yo pensaba… esperaba que aprendería algo sobre usted. Menos de lo que me imaginaba -hizo una pausa, bajando sus párpados-. Usted nunca atacó. Quizás debería haberle dejado coger ese sable.

– Estaba pegado a la pared -señaló Yashim.

– Pero no se trata de eso -prosiguió ella, con una voz fascinada-. Usted se escondía. ¿Cómo lo hizo?

Yashim se encogió de hombros.

– Tuve suerte.

– No sea condescendiente conmigo.

Yashim hizo una pausa.

– Tal vez la utilicé a usted.

– ¿Que me utilizó? ¿Cómo?

– Me temo que era usted casi demasiado buena, contessa. Yo no soy un experto en florete, o en esgrima, pero vi cómo movía usted los pies. La manera en que avanzaba para atacar parecía perfecta. Sólo que usted no se concentraba en su oponente.

– Espero que no piense que lo subestimé.

Yashim movió la cabeza en un gesto negativo.

– No es eso. Usted no me subestimó… Ni siquiera me sopesó. Más tarde, pensó que me escondía. Yo diría que… Usted realmente no miraba.

Yashim pudo ver que ella se ruborizaba, y se mordía el labio.

– ¿Está usted diciendo que yo presumía?

– Es usted consciente de su poder -dijo él con voz inexpresiva-. Y es hermosa, naturalmente.

– Y la belleza me hace débil.

– No. Es el pensar en ello lo que la desequilibró.

– ¡Que me desequilibró! ¿Hay algo más que debería saber, maestro?

Él vaciló. Se trataba, de hecho, de algo más que había percibido en sus movimientos; pero, bueno, nunca había luchado con una mujer.

– ¿Por qué no me mató usted, Yashim Pachá?

Lo dijo tan repentinamente que Yashim no tuvo tiempo de reaccionar.

– ¿Cómo puede usted estar tan segura de mí? -dijo.

– ¡Ah! ¿Tan segura? -La mujer volvió a reír, pero sin alegría-. Gracias, Antonio. Eso es todo.

Ella sirvió el café en dos diminutas tazas de porcelana. Su mano apenas temblaba.

Cogió la taza de Yashim y se la pasó, con una ligera reverencia.

Estaban muy cerca.

– Eletro -dijo ella-. Un hombre llamado Popi Eletro.

Ella retrocedió hasta la bandeja, y cogió su taza.

– Entonces lo supe -añadió, y tomó un sorbo-. Boschini fue ahogado. El conde Barbieri fue asesinado, al salir de mi casa. Pero ellos eran mi gente.

– ¿Su gente? -Yashim estaba confuso.

– Como los pachás, Yashim. Sonrió-. Pero Eletro era uno de… los reaya.

Las ovejas: los reaya, los no creyentes a los que el sultán estaba sin duda destinado a gobernar. Hombres corrientes.

– Y entonces lo supe -dijo-. El Fondaco dei Turchi. Puede usted verlo desde esta ventana, Yashim Pachá. Venga.

Una discordante ovación sonó afuera cuando se asomó a la ventana. La contessa levantó una esbelta mano.

– ¿Ve usted esa ruina? En siglos pasados, Yashim Pachá, el Fondaco era su caravansar en Venecia, el han del comercio otomano. Seguro y aislado… pero magnífico, por supuesto. Ahí es donde celebramos la partida.

Yashim miró afuera. Las barcazas se habían marchado; unas pocas góndolas se balanceaban en las suaves aguas del Gran Canal. Sin embargo, la gente seguía allí, atestando el pontón situado casi en frente del Palazzo d'Aspi.

– ¡Consumad la unión! -sugirió un gondolero, su voz perdida entre la risa de sus amigos.

Yashim retiró la cabeza.

– Conozco el Fondaco -dijo-. Lo que queda de él. Alguien ha estado usando el hammam como prisión. Una prisión privada.

Ella se encogió de hombros.

– No me sorprendería.

– ¿La partida, contessa?

Por primera vez, ella adoptó un aspecto precavido.

– Eletro era el dueño del edificio. Por eso estaba allí.

– ¿Eletro? -preguntó Yashim con incredulidad.

Ella se encogió levemente de hombros.

– El Fondaco es una ruina. Y Venecia es barata.

Yashim no dijo nada, estudiando la cara de la mujer.

Ella le devolvió la mirada.

– Sea lo que sea lo que usted ve, Yashim Pachá, no es miedo.

– No -admitió él.

– Boschini y Barbieri eran los otros jugadores. Y cuando Eletro fue asesinado, entonces comprendí.

– Pero ¿por qué celebrar una partida en esa ruina?

Ella se encogió de hombros.

– Com’era, dov’era.

Tal como era, donde estaba. Yashim había oído esa expresión anteriormente.

– Yo… nosotros… Queríamos fingir, por un momento, que nada había cambiado realmente.

– ¿Nosotros?

– El duque y yo.

– ¿El duque?

– El duque de Naxos. Nuestro invitado en Venecia.

La cabeza le estaba dando vueltas a Yashim.

– Pero el duque de Naxos…

– Murió hace trescientos años, sí. Joseph Nasi, un financiero judío. El sultán Selim el Borracho le hizo duque de Naxos por su ayuda en la captura de Chipre.

– ¿De modo que ese duque -su invitado- era un impostor? ¿Y usted lo sabía?

Ella lo miró, evaluándolo. Alargó sus manos.

– Quizás usted realmente ha venido a salvarme.

Capítulo 89

Una anciana se quejó a la policía de que un mendigo se había instalado en las escaleras de su casa, y no se movía.

Estaba sentado en los escalones, con la cabeza sobre las rodillas. Para cuando Scorlotti llegó a su lado estaba clavado en el lugar; sólo sus brazos se habían alzado de forma extraña, como los brazos de una persona devota, cuando le llegó el rigor monis.

No había ninguna marca en él, excepto una mancha de color violeta en su nuca, y una leve magulladura sobre su nuez. Sus documentos, así como una pequeña cantidad de monedas, seguían en sus bolsillos.

1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 73
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)