En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
– ¿Cuántos murieron? -pregunté por fin.
– ¿En los campos? Nadie lo sabe. Se habla de cientos de miles. Han empezado a hacer listas de víctimas, pero la cifra exacta no se conocerá nunca.
– Me pregunto a cuántos habría podido salvar hace cinco años, cuando me pediste ayuda.
Zachary me detuvo con un gesto.
– No pienses en eso. Posiblemente, tu colaboración no hubiese valido de nada. Las fronteras polacas estaban mejor controladas por los alemanes de lo que creíamos. En aquel momento pensamos que unos cuantos pasaportes podían ser de utilidad, pero finalmente sólo salieron de Polonia los que lo hicieron de forma completamente clandestina. Quizá te hubieses arriesgado en balde.
Aquello no me consoló. No me pesaba únicamente mi negativa a colaborar. También tenía sobre mí, como una losa, mi indiferencia, mi incredulidad, mi cómoda estupidez, mi firme intención de seguir ignorando una realidad terrible y demasiado próxima.
– ¿Qué va a pasar ahora? Con los nazis, quiero decir.
– Los jerarcas del movimiento están detenidos. En otoño, los aliados celebrarán un juicio en Nuremberg. Habrá algunas condenas…
– ¿Algunas?
Zachary se pasó un pañuelo por la frente.
– Sí, Silvio. No quiero hacerme ilusiones. No creo que gente como Goering o como Ribbentrop vayan a salir bien parados, pero ten la completa seguridad de que sólo las cabezas visibles del partido nazi y de las SS van a soportar penas severas. Muchos mandos intermedios ni siquiera pisarán la cárcel. Y los demás tardarán sólo unos meses en volver a sus vidas. La mayor parte de los guardianes de los campos, de los torturadores, de los agentes de la Gestapo que organizaban las razzias periódicas en los guetos, no van a tener un castigo.
– No entiendo nada…
– ¿Sabes cuál es el problema? Que son demasiados. Sí, Silvio. Un gran porcentaje de la población de Alemania participó de alguna forma en las operaciones de exterminio. ¿Qué pueden hacer los aliados? ¿Buscar hasta al último de ellos para condenarlos a todos? ¿Quién reconstruiría el país, cómo volvería Alemania a la vida normal? Más vale aceptarlo: es necesario que nos pongamos una venda en los ojos para asimilar la reinserción de parte de los culpables. Dentro de unos años, los que torturaron a Ithzak Sezsmann vivirán plácidamente en algún pueblecito de la Selva Negra, tendrán sus trabajos o sus negocios y serán considerados ciudadanos ejemplares. Ése es el precio que habrá que pagar para reconstruir el mundo después de la guerra. Fingir que somos sordos, ciegos y mudos.
Zachary se puso de pie y pensé que estaba dando por terminada nuestra reunión, pero me equivocaba.
– ¿Tienes hambre? Son más de las diez, y no acostumbro a cenar tan tarde. Voy a pedir que nos preparen algo para comer.
Entró en la casa, y al poco volvió seguido por un criado que llevaba una bandeja con bocadillos. Yo no tenía ganas de nada, pero comí espoleado por el buen apetito de Zachary West.
– Háblame de Elijah -le pedí-. ¿Qué ha hecho estos años?
– Terminar los estudios y lamentarse por no haber ido al frente. No niego que fui yo quien lo impidió. Tengo amigos en el Estado Mayor y evité que fuese llamado a filas. Yo ya he vivido una guerra, y a ti te tocó otra. No iba a permitir que Elijah pasase por lo mismo. Aún no me ha perdonado, pero es arquitecto y trabaja en Nueva York, así que no me importa que me guarde rencor por haber saboteado su alistamiento. Ya se le pasará.
– ¿Y Hannah Bilak?
– Conseguí sacarla de Polonia poco después de la invasión. Ithzak podía haber salido con ella, pero ya sabes que no quería dejar a su padre. Cuando Amos murió, fue tarde para ayudarle a huir. Debieron de trasladarle al gueto con todos los demás. Supongo que consiguió escapar, quizá durante la insurrección del 43, o antes tal vez. Lo que no entiendo es por qué no se quedó escondido en alguna casa de Varsovia, como hicieron otros. Prefiero no imaginar cómo se organizó. Seguro que estuvo dando tumbos de un lado a otro, caminando campo a través, perdido, sin orientación y con poca ayuda… un chiquillo como Ithzak no estaba preparado para una aventura así. Pero ¿a quién se le ocurre entrar en territorio austríaco?
– Seguro que sólo pensaba en reunirse con Hannah cuanto antes…
– Pues entonces debió haberse quedado quietecito esperando tiempos mejores, y tal vez hubiera tenido alguna posibilidad. -Me pareció que se le empañaban los ojos, pero había tan poca luz que no puedo asegurarlo-. Pobre Ithzak. Y pobre Hannah. Aunque no lo reconoce, aún conservaba la esperanza de que Sezsmann siguiese con vida.
– ¿Donde está ahora?
– Vive en Baltimore, con su madre. La señora Griessmer llegó a Estados Unidos unos meses antes que Hannah. Las cosas no han sido fáciles para ella. Te conté que su marido la había abandonado cuando se intensificó la persecución a los judíos, ¿verdad? Pues él y sus dos hijos murieron en el bombardeo de Dresde.
Habían pasado trece años desde aquel verano en Varsovia, pero no había olvidado a Edith Griessmer. No quería imaginar los estragos que el tiempo y las desdichas habrían hecho en su rostro. Prefería recordarla como era entonces, vestida de azul, luciendo un peinado a la moda y la sonrisa radiante que no había sido capaz de encontrar en ninguna otra mujer. Zachary me contó que Hannah había obtenido un diploma de enfermera, y trabajaba en un hospital de Baltimore.
– Elijah ha ido a visitarlas varias veces. Están bastante bien. Tendré que ponerme en contacto con Hannah para darle las malas noticias. Le resultará duro saber que Ithzak ha muerto, pero es mejor así. Espero que ahora se decida a rehacer su vida. Está muy guapa, ¿sabes? Elijah dice que la mitad de los hombres de Baltimore quieren casarse con ella.
Un criado retiró la bandeja de los bocadillos y nos trajo dulces y café. Zachary sirvió las tazas.
– ¿Y qué me cuentas de ti, Zachary? ¿Qué es eso de que has dejado la embajada? ¿Y por qué dices que no te gusta la política, si recuerdo que no había nada que te interesara más? ¿De verdad trabajas para una corporación?
Mi amigo dejó en la mesa la taza de café que sostenía, y luego me miró gravemente.
– Han cambiado algunas cosas. Silvio… Hace seis años te pedí una ayuda que me negaste… Entonces tenías tus motivos y sé que ahora piensas de forma diferente. Por eso estás aquí. Pero quiero saber si esta vez puedo contar contigo, porque te necesito de nuevo.
– Estoy a tus órdenes.
– Ni siquiera sabes lo que voy a pedirte.
– Da igual.
– Entonces, escucha…
Supongo que ya lo habrás adivinado, pero Zachary West era un espía. Había empezado a trabajar para los servicios secretos de su país al término de la primera guerra mundial. Su cargo en la embajada americana de Madrid era una tapadera cómoda que le permitía viajar sin problemas por España y por otros lugares de Europa, y la lesión de su pierna (en realidad, bastante menos aparatosa de lo que pensábamos todos) le convertía a los ojos de los demás en un inofensivo lisiado ideal para no levantar sospechas. Según me contó, en un principio se le encomendaron misiones más bien sencillas, hasta que un día de 1926, en mitad de la noche, recibió la visita de uno de sus superiores americanos. Querían encargarle un trabajo de mayor enjundia e iban a enviarle a Alemania. Fue entonces cuando se produjo el misterioso traslado de Elijah a Ribanova. Por primera vez, Zachary tuvo la sensación de que su vida podía correr peligro, y por eso prefirió no dejar a su hijo a merced de los acontecimientos. Si algo malo ocurría, Elijah estaría mejor en nuestra casa que con media docena de criados. Recordé con una sonrisa aquellas cartas sin sobre que mi padre entregaba al bueno de Elijah, y cómo yo había tramado un plan para interceptar la correspondencia de mi amigo y averiguar así el lugar exacto en el que se encontraba su padre.