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Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:

La novela finalista del Premio Planeta 2006 Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. A través de una caja con fotografías, Silvio va dando a conocer a Cecilia su fascinante historia junto a Zachary West, un extravagante norteamericano cuya llegada a Ribanova cambió el destino de quienes le trataron. Con West descubrirá todo el horror desencadenado por el ascenso del nazismo en Alemania y aprenderá el valor de sacrificar la propia vida por unos ideales. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida.
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El sol se nubló y entramos en la casa para tomar el café. Laura me preguntó por mi estado de ánimo, por la situación de mi familia.

– Lo habréis pasado muy mal.

– Qué te voy a contar yo a ti…

Me arrepentí de la frase en el mismo momento. Era como forzar a Laura a recordar que hubo un tiempo en que ella había sido también una mujer digna de lástima, experta a la fuerza en los códigos del dolor. Ella me sonrió de una forma muy rara que no entendí.

– Sí, al principio lo mío también fue duro. Claro que después las cosas vinieron rodadas.

Empezaba a sentirme incómoda. ¿Qué quería decir Laura? ¿A qué se estaba refiriendo? A ella no le pasó inadvertido mi gesto de extrañeza. Se acarició la nuca antes de seguir hablando: también su peinado era nuevo.

– ¿Quieres saber de qué va todo esto, Cecilia? ¿Quieres entender lo que me ha pasado en estos últimos meses?

No sabía qué contestar.

– Mira, Laura, lo que hagas con tu vida es cosa tuya…

– Esa es una frase hecha. Ya sé que todo el mundo en la editorial me ha puesto a parir. Supongo que tú también, y me importa un bledo. Pero te voy a contar cómo ocurrieron las cosas, ¿vale? Y después puedes seguir pensando lo que quieras. Mira, cuando Mateo murió, creí que iba a volverme loca. Había perdido a la persona que más quería en el mundo, y encima estaba convencida de que la culpa de su accidente la había tenido yo. Después del funeral me encerré en casa sin querer ver a nadie. Me pasé días enteros en la cama. Lo único que hacía era llorar y ver la tele. Y una mañana me llamaron por teléfono. Era alguien que preguntaba por Mateo. Ya había ocurrido más veces, así que no me sentí ni mejor ni peor, conté que había muerto y que yo era su viuda. Me horroriza ese título, su viuda. En fin, que aquel tipo se quedó voladísimo, me pidió disculpas, etc., etc., y luego me explicó que tenía el carnet de identidad de Mateo. Lo cierto es que el puto carnet no aparecía por ningún sitio. No lo llevaba encima en el momento del accidente, ni yo tampoco lo había encontrado en los cajones de casa. La Guardia Civil dijo que era posible que hubiese salido despedido de la cartera a consecuencia del impacto. Y unos días después, aquel hombre telefoneaba para decir que el dichoso carnet de mi marido lo tenía él. Le pregunté desde dónde me llamaba, y me dio el nombre de un hotel rural. Se ofreció a enviarme el documento por correo, pero no quise. Le pedí la dirección, cogí un coche y fui hasta allí…

– ¿Tú sola?

– Sí, yo sola. Con los ojos hinchados, siete kilos menos y la cabeza como un bombo. Y, pásmate, por el camino iba bastante tranquila, como si supiera que aquel viaje iba a suponer un antes y un después en mi vida. El hotel estaba a unos cien kilómetros de Madrid, en un desvío de la autovía de Levante… ¿a que ya vas adivinando? Sí, Cecilia, Mateo se había quedado en ese hotel en el viaje de ida a Valencia. No había ido en avión, sino en coche. Con la misma chica con la que se mató. Y la noche del accidente no regresaba a Madrid para darme una sorpresa. Habían dejado una habitación reservada en la casa rural, pensaba pasar la noche allí con su ligue, y volver a Madrid en coche a primera hora de la mañana. Un plan perfecto ¿a que sí? Pero la primera noche el muy memo se dejó el carnet de identidad en la recepción del hotel. De no ser por ese detalle, yo seguiría considerándome culpable de lo que le pasó. Ya ves cómo son las cosas. Todo el mundo piensa que soy la mala de esta historia. Una bruja que en menos de un año se ha olvidado de su marido. Lo que no sabe la gente es que Mateo me lo puso muy fácil. Yo estaba en casa esperando que volviera, y él estaba pisando el acelerador para tirarse cuanto antes a otra tía.

– Laura… no sé qué decirte…

– Ya me lo imagino. Al principio yo tampoco sabía qué hacer, ni qué pensar, ni nada de nada. ¿Conoces a Marina Miranda?

Dije que no.

– Publicó un libro de autoayuda con la editorial. Es psicóloga. Yo la conozco desde hace tiempo, fue novia de mi hermano. Cuando murió Mateo intentó ayudarme, pero no había querido saber nada de ella. La pobre andaba por la casa detrás de mí, con una caja de orfidales en la mano, dándome la tabarra para que bebiese líquido y empeñada en que tenía que dormir. Acabé pidiéndole que se largara, no soportaba tenerla todo el día subida en mi chepa. Por suerte no se enfadó. La llamé aquella misma tarde, al volver a Madrid, y le conté todo. Se portó muy bien. Estuvo varios días viviendo en mi casa, hablando conmigo durante horas y ayudándome a digerir la historia. Luego pedí las vacaciones sin sueldo y me fui de viaje. Fue un consejo de Marina, y me vino muy bien.

– ¿Dónde estuviste? -Era una pregunta estúpida, ya lo sé. ¿Qué más daba eso?

– Por Estados Unidos. De costa a costa, en plan road movie. Alquilé un coche americano, un Chevrolet automático de color cereza. Me quedé en los mejores hoteles, comí en los mejores restaurantes y compré un montón de cosas. Gasté un disparate, pero no me arrepiento: entre el seguro de Mateo y la indemnización de la empresa, me llevé casi dos millones de euros. Al volver vendí la casa con todo lo que tenía dentro. No me traje ni un paño de cocina. La familia de Mateo me puso de vuelta y media, pero a mí me traía al fresco lo que dijera aquella gente. De todas formas, nunca les caí demasiado bien.

– ¿No les contaste lo que había pasado?

– No ¿para qué? Si la madre de Mateo quiere seguir pensando que su hijo es san Francisco de Asís, yo no tengo ningún inconveniente. Por mí, como si lo canonizan. Yo, a lo mío, a seguir con mi vida y a gastarme los millones haciendo lo que me dé la gana. Ya sé que todos me veis como una mantis religiosa o algo parecido, pero me importa un carajo. Así, con todas las letras. Un carajo. Casi prefiero que piensen que soy una hija de puta que una pobre cornuda que llevaba años creyendo que su matrimonio era perfecto mientras su marido se la pegaba con una secretaria. En cuanto a Alexis, es un tío estupendo que apareció en el momento justo. Al final, Cecilia, he tenido más suerte de lo que la gente se cree y no soy tan mal bicho como todo el mundo piensa.

Nos quedamos calladas las dos. Había empezado a llover, y el suelo rojizo de la terraza brillaba como un espejo.

– Mira qué bien, así no tengo que regar. -Laura sonreía-. Eso de estar pendiente de las plantas es una verdadera lata.

Yo nunca había tenido una terraza, ni un jardín, ni siquiera una maceta, así que no podía opinar. Claro que tampoco había tenido nunca un marido, y eso no me impidió juzgar a Laura sin conocer toda su historia.

– Laura -le dije, por fin-. ¿Por qué me lo has contado?

Ella se puso muy seria para contestar.

– Pues… a ver si sé explicarlo… es por ti, y por lo que le ha pasado a tu madre. No quiero que me veas como un ejemplo, que pienses, «bueno, si ella se ha recuperado tan rápido de la muerte de su marido es que no debe de ser tan difícil tirar para adelante, y si yo no soy capaz de hacerlo como ella es porque soy idiota». Sí que es difícil, Cecilia. Pero a mí me allanaron el camino. Olvidar a una mala persona es más sencillo que olvidar a alguien bueno, y no me importa lo que digan los psicólogos. Esto te lo digo yo.

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