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La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
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Un pequeño tic aleteó en una comisura de la boca de Joanna.

– No me gusta nada que interfiera en cosas que no le incumben. Ruth es bastante capaz de cuidar de sí misma.

– Dios mío, usted es de verdad irreal -dijo Sarah con profundo asombro-. Le importa una mierda, ¿verdad?

– Está haciendo esto deliberadamente, doctora Blakeney.

– Si se refiere a mis imprecaciones, entonces, sí, tiene toda la razón del mundo -replicó Sarah-. Quiero escandalizarme tanto de mí misma como lo estoy de usted. ¿Dónde está su sentido de la responsabilidad, perra despreciable? Ruth no se materializó del aire. Usted y su esposo pasaron un momento jodidamente bueno cuando la hicieron, y no lo olvide. -De forma abrupta, dedicó su atención al teléfono-. Hola, sargento, sí, estoy en Cedar House. Sí, también ella está aquí. No, no hay ningún problema, es sólo que creo saber cómo entró el asesino de Mathilda. ¿Le ha contado alguien que ella guardaba una llave de la puerta de la cocina debajo de un tiesto de plantas junto a la carbonera de la parte de atrás? Ya lo sé, pero lo había olvidado. -Hizo una mueca-. No, ya no está allí. Se encuentra sobre la mesa de la cocina. La usé para entrar. -Se apartó el receptor del oído-. No lo hice a propósito -dijo con frialdad pasado un momento-. Ustedes deberían de haber registrado con un poco más de minuciosidad al principio, y así no habría pasado. -Colgó el receptor con una fuerza innecesaria-. Las dos tenemos que quedarnos aquí hasta que llegue la policía.

Pero la compostura había abandonado a Joanna.

– ¡Salga de mi casa! -chilló-. ¡No permitiré que se me hable así en mi casa! -Corrió escaleras arriba-. ¡No se saldrá con la suya! ¡ La denunciaré al consejo médico! El fango se pega. Les diré que asesinó usted al señor sturgis y luego a mi madre.

Sarah la siguió de cerca, la observó entrar en el baño y cerrar la puerta con un golpe, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

– Las pataletas y convulsiones puede que hayan dado resultado con Mathilda, pero puede estar condenadamente segura de que no funcionarán conmigo. ¡Maldición! -rugió de pronto, poniendo la boca cerca de la puerta de madera de roble-. Es usted una mujer de cuarenta años, vaca estúpida, así que compórtese de acuerdo con su edad.

– ¡No se atreva a hablarme así!

– Pero es que me saca usted de quicio, Joanna. Sólo siento desprecio por la gente que no puede funcionar a menos que esté drogada hasta la estupidez. -Tranquilizantes, había conjeturado Jack.

No hubo respuesta.

– Necesita ayuda -continuó con tono flemático-, y la mejor persona para proporcionársela se encuentra en Londres. Es un psiquiatra especializado en toda clase de drogadicción, pero no la aceptará a menos que esté bien dispuesta a dejarlo. Si le interesa le daré una carta para él; si no lo está, le sugiero que se prepare para las consecuencias a largo plazo que tienen las sustancias adictivas sobre el cuerpo humano, comenzando con la única cosa que usted no quiere, Joanna. Envejecerá usted con mucha mayor prontitud que yo, Joanna, porque su química física se encuentra bajo un ataque constante y la mía no.

– Salga de mi casa, doctora Blakeney. -Estaba comenzando a calmarse.

– No puedo, hasta que llegue el sargento Cooper. Y no es su casa, recuerde, es la mía. ¿Qué está tomando?

Hubo un largo, largo silencio.

– Valium -replicó Joanna, por último-. El doctor Hendry me lo recetó cuando regresé aquí después de la muerte de Steven. Intenté asfixiar a Ruth en la cuna, así que mi madre lo llamó y le imploró que me diera algo.

– ¿Por qué intento asfixiar a Ruth?

– Parecía la cosa más sensata que hacer. Yo no estaba funcionando demasiado bien.

– ¿Y la ayudaron los tranquilizantes?

– No lo recuerdo. Estaba siempre cansada, eso sí lo recuerdo.

Sarah le creía, porque podía creer algo así de Hugh Hendry. Síntomas clásicos de depresión posparto, y en lugar de darle a la pobre mujer un antidepresivo para levantarle el ánimo, el idiota la había sumido sin remedio en un estado de letargía dándole sedantes. No era de extrañar que le costara tanto llevarse bien con Ruth, cuando una de las consecuencias trágicas de la depresión posparto, cuando no se la trataba adecuadamente, era que las madres tenían dificultad para desarrollar unas relaciones afectivas naturales con sus bebés, a quienes veían como la razón de su repentina incapacidad para funcionar. Dios, pero si eso explicaba muchísimas cosas sobre esta familia, si las mujeres de la misma tenían tendencia a la depresión posparto.

– Yo puedo ayudarla -dijo Sarah-. ¿Me permitirá que la ayude?

– Muchísimas personas toman Valium. Es perfectamente legal.

– Y muy eficaz en las circunstancias adecuadas y bajo una supervisión correcta. Pero usted no lo obtiene de un médico, Joanna. Los problemas de la adicción al diazepán están tan bien documentados que ningún médico responsable continuaría recetándoselo. Lo que significa que usted tiene un suministrador privado y que las tabletas no le resultan baratas. Los medicamentos del mercado negro nunca lo son. Permítame ayudarla -repitió.

– Usted nunca ha tenido miedo. ¿Qué puede saber de nada si nunca ha tenido miedo?

– ¿De qué tenía miedo usted?

– Tenía miedo de dormirme. Durante años y años tuve miedo de irme a dormir. -De repente se echó a reír-. Pero ya no. Ella está muerta.

Sonó el timbre de la puerta.

El sargento Cooper estaba de un humor muy picajoso. Las últimas veinticuatro horas habían resultado frustrantes para él, y no sólo porque había tenido que trabajar durante el fin de semana y se había perdido el almuerzo del domingo con sus hijos y nietos. Su esposa, cansada e irritable ella misma, le había echado la inevitable reprimenda sobre su falta de compromiso para con la familia. «Tienes que plantarte -le dijo-. La fuerza policial no es tu propietaria, Tommy.»

Habían retenido a Hughes durante la noche en la comisaría de policía de Learmouth, pero lo habían puesto en libertad sin cargos al mediodía siguiente. Tras su persistente negativa de la tarde anterior a decir nada en absoluto, volvió aquella mañana a su declaración anterior, a saber, que había estado conduciendo sin rumbo por ahí antes de volver a la casa que ocupaba. Dio las nueve como hora de llegada. Cooper, al que Charlie Jones envió a hablar con los jóvenes que compartían la casa ocupada con él, había regresado con una profunda irritación.

– Está apañado -le dijo al inspector detective jefe-. Tenían la coartada preparada. Hablé con cada uno por separado, les pedí que me dieran cuenta de sus movimientos la noche del sábado seis de noviembre, y cada uno de ellos me contó la misma historia. Estaban mirando el televisor portátil y bebiendo cerveza en la habitación de Hughes cuando él entró a las nueve en punto. Se quedó allí durante toda la noche, al igual que su furgoneta, que estuvo aparcada en la calle, delante de la casa. Yo no mencioné a Hughes ni una sola vez, ni dejé entender que estuviese para nada interesado en él o su maldita furgoneta. Me ofrecieron la información gratuitamente y sin que se la pidiera.

– ¿Cómo podían saber que nos había dicho las nueve?

– ¿El abogado?

Charlie sacudió la cabeza.

– Muy improbable. Tengo la impresión de que su cliente no le gusta más que a nosotros.

– En ese caso, es una cuestión acordada de antemano. Si lo interrogan, Hughes siempre dirá que ha regresado a casa a las nueve.

– O están diciendo la verdad.

Cooper profirió un bufido de burla.

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