La Mordaza De La Chismosa
- Автор: Уолтерс Майнет
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
Hughes inclinó la silla hacia atrás, relajado, complaciente, increíblemente confiado.
– Yo les gusto, inspector. Es un talento que tengo. Pero no me pregunte de dónde viene, porque no podría decírselo. Tal vez el irlandés que llevo dentro.
– Por el lado de su madre, supongo.
– ¿Cómo lo ha adivinado?
– Es usted típico, señor Hughes. Probablemente el hijo ilegítimo de una puta que se tiraba cualquier cosa por dinero, si su extremo prejuicio contra las prostitutas es algo por lo que pueda juzgarse. No sabría quién fue su padre porque podría haber sido cualquiera de los cincuenta que se la follaron durante la semana en que usted fue concebido. De ahí su desprecio y odio hacia las mujeres y su incapacidad para llevar una relación adulta. No tuvo ningún modelo masculino del que aprender o al que emular. Dígame -murmuró-, ¿el obtenerlo gratis le hace sentir superior al triste hombrecillo anónimo que pagó por engendrarlo? ¿Por eso resulta tan importante?
Los ojos azules se entrecerraron con enojo.
– No tengo por qué escuchar esto.
– Me temo que sí. Verá, estoy muy interesado en su aversión patológica hacia las mujeres. No puede hablar de ellas sin mostrarse ofensivo. Eso no es normal, señor Hughes, y puesto que el sargento Cooper y yo estamos investigando un crimen extraordinariamente anormal, su actitud me alarma. Permítame que le dé la definición de trastorno psicopático de la personalidad. -Volvió a consultar la hoja de papel-. Se manifiesta en deficiencia o ausencia de actividad laboral, delincuencia persistente, promiscuidad sexual y comportamiento sexual agresivo. Las personas que padecen este trastorno son irresponsables y en extremo insensibles; no sienten ninguna culpabilidad por sus actos antisociales y les resulta difícil establecer relaciones duraderas. -Alzó la mirada-. Es una descripción bastante buena de usted, ¿no le parece? ¿Lo han tratado alguna vez por este tipo de trastorno?
– No, con toda la jodida seguridad que no -replicó él, furioso-. Jesús, ¿qué es esta basura, en todo caso? ¿Desde cuándo el robo ha sido un delito anormal?
– No estamos hablando de robo.
Hughes adoptó una repentina actitud cautelosa.
– ¿De qué estamos hablando?
– De las cosas que usted les hace a las chicas.
– No le entiendo.
Charlie se inclinó agresivamente hacia delante, con los ojos como pedernal.
– Oh, sí que lo sabe, asqueroso chalado. Usted es un pervertido, Hughes, y cuando lo encierren y el resto de los prisioneros descubra por qué lo han metido en la cárcel, sabrá cómo es hallarse en el extremo receptor del comportamiento agresivo. Lo matarán a palizas, orinarán sobre su comida, y usarán la navaja de afeitar con usted si pueden pillarlo solo en las duchas. Es una de las rarezas de la vida carcelaria. Los prisioneros comunes odian a los delincuentes sexuales, en particular a los delincuentes sexuales a los que sólo se les pone dura con las niñas. Cualquier cosa que hablan hecho ellos palidece hasta la insignificancia al lado de lo que usted y la gente como usted les hacen a las crías indefensas.
– ¡Jesús! Yo no me lo hago con crías. Odio a las jodidas crías.
– Julia Sefton acababa de cumplir los dieciséis cuando usted se la tiró. Casi podría haber sido hija suya.
– Eso no es un delito. No soy el primer hombre que ha dormido con una chica lo bastante joven como para ser su hija. Sea realista, inspector.
– Pero usted siempre se liga muchachas jóvenes. ¿Qué tienen las chicas jóvenes que tanto lo excita?
– Yo no me las ligo a ellas. Son ellas las que se me ligan a mí.
– ¿Lo asustan las mujeres de más edad? Ésa es la pauta habitual de los chalados. Tienen que arreglárselas con niñas porque las mujeres maduras los aterrorizan.
– ¿Cuántas veces tengo que decírselo? Yo no me lo hago con niñas.
De modo abrupto, Jones cambió de tema.
– El sábado seis de noviembre, el mismo día en que la señora Gillespie se suicidó, Ruth le robó a su abuela unos pendientes de diamante. ¿Llevó usted a Ruth allí ese día?
Pareció que Hughes estaba a punto de negarlo, y luego se encogió de hombros.
– Me pidió que la llevara.
– ¿Por qué?
– ¿Por qué qué?
– ¿Por qué le pidió que la llevara? ¿Qué quería hacer allí?
Hughes adoptó una expresión vaga.
– No me lo dijo. Pero yo no entré en ningún momento en la jodida casa, y no sabía que tenía planeado robar ningunos jodidos pendientes.
– Así que ella le telefoneó a la casa donde vive como ocupa, le pidió que fuera con el coche hasta Southcliffe a recogerla y que la llevara a Fontwell y luego de vuelta a Southcliffe, sin explicarle por qué.
– Sí.
– ¿Y eso es lo único que hizo usted? ¿Actuó como su chófer y fue de un lado a otro y esperó fuera de Cedar House mientras ella entraba?
– Sí.
– Pero usted ha admitido que ella no le gustaba. De hecho, la despreciaba. ¿Por qué tomarse tantas molestias por alguien que no le gustaba?
– Valía la pena por un polvo.
– ¿Con una muerta?
Hughes sonrió.
– Ese día estaba cachondo.
– Ella le ha dicho a mi sargento que estuvo ausente del colegio durante más de seis horas. Desde Southcliffe a Fontwell hay cuarenta y ocho kilómetros, así que digamos que tardó cuarenta y cinco minutos en cada viaje. Eso deja cuatro horas y media sin justificar. ¿Quiere decir que se quedó sentado dentro de su furgoneta en Fontwell durante cuatro horas y media haciendo girar los pulgares mientras Ruth estaba dentro con su abuela?
– No fue tanto rato. Nos detuvimos en el camino de vuelta para echar un polvo.
– ¿Dónde aparcó exactamente en Fontwell?
– Ahora no puedo recordarlo. Siempre estaba esperándola en un sitio u otro.
Charlie apoyó un dedo sobre la hoja de papel arrugada.
– Según el tabernero del Three Pigeons, su furgoneta estuvo aparcada en su patio delantero aquella tarde. Después de diez minutos usted se alejó, pero lo vio detenerse junto a la iglesia para recoger a alguien. Debemos suponer que se trataba de Ruth, a menos que ahora vaya a decirnos que llevó a una tercera persona a Fontwell el día en que se suicidó la señora Gillespie.
La expresión cauta volvió a los ojos de Hughes.
– Era Ruth.
– De acuerdo. En ese caso, ¿qué estuvieron haciendo Ruth y usted durante cuatro horas y media, señor Hughes? Desde luego no estaba echándole un polvo. No hacen falta cuatro horas y media para echarle un polvo a una muerta. O quizá sí que le hacen falta a alguien que padece un trastorno psicopático de personalidad. Tal vez le hace falta todo ese tiempo para que se le levante.
Hughes se negó a dejarse picar.
– Supongo que no hay ninguna razón para que proteja a esa perra tonta. De acuerdo, me pidió que la llevara a un joyero que hay en un callejón de alguna parte de Southampton. No pregunté por qué, me limité a hacerlo. Pero no puede joderme por eso. Lo único que hice fue servir de taxi. Si ella robó unos pendientes y luego los vendió, yo no sabía nada. Yo sólo era el tonto que hacía funcionar las ruedas.
– Según la señorita Lascelles, le dio el dinero a usted en cuanto vendió los pendientes. Dijo que eran seiscientas cincuenta libras en metálico, y que luego usted la llevó directamente al colegio a tiempo para asistir a la clase de física.
Hughes no dijo nada.
– Usted sacó provecho de un delito, señor Hughes. Eso es ilegal.
– Ruth está mintiendo. Ella nunca me dio el dinero y, aun en el caso de que lo hiciera, primero tendría que demostrar que yo sabía que ella había robado algo. Ella le dirá que fue todo idea suya. Mire, no negaré que me daba dinero de vez en cuando, pero decía que el dinero era suyo y yo le creí. ¿Por qué no iba a hacerlo? La abuela estaba nadando en pasta. Cabía dentro de lo razonable que a Ruth también le sobrara. -Volvió a sonreír-. ¿Y qué si de vez en cuando me daba dinero? ¿Cómo iba yo a saber que la estúpida perra estaba robándolo? Me debía algo por la gasolina que malgastaba haciéndole de jodido chófer durante las vacaciones.