La Guerra De Hart
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:
– Parece una espada pequeña -observó Townsend, fingiendo estremecerse-. Un objeto mortífero.
Tommy asintió con la cabeza. Depositó el cuchillo en la mesa y tomó las botas de aviador. Las examinó con detención, inspeccionando las gastadas suelas de cuero cosidas a las piezas superiores, de cuero más suave y forradas de piel. Observó que las manchas de sangre aparecían sobre todo en las puntas de las botas.
– Menos mal que estamos casi en verano -comentó Townsend-. Sería una lástima no poder lucir estas botas en invierno, ¿no es así? Claro que este maldito clima es imprevisible. Un día nos pasamos la mañana tomando el sol, como si estuviéramos en Roanoke o Virginia Beach, y al siguiente nos morimos de frío durante el rato que permanecemos de pie para el Appell matutino. El verano se retrasa mucho, no como en casa. En Virginia gozamos de un invierno templado y una primavera precoz. Por estas fechas ya han florecido la madreselva y las lilas. El aire está impregnado de una dulce fragancia.
Tommy dejó las botas sobre la cama y tomó con cuidado la cazadora de cuero. En seguida comprendió por qué Lincoln Scott no había reparado en las manchas de sangre cuando la había cogido al despertarse en la penumbra al oír los silbatos y gritos de los alemanes. Había sangre en el puño izquierdo y otra manchita junto al cuello, en el mismo lado. En la espalda había otra, más grande. Tommy volvió a examinar la prenda por delante y por detrás. Luego asintió con la cabeza, suspirando.
– Bien -dijo-, en Estados Unidos podría alegar que estos objetos habían sido tomados ilegalmente, prescindiendo de los trámites oportunos.
– No creo que este argumento funcionara aquí y ahora, Tommy -repuso Townsend-. Puede que en casa, pero…
– Pero aquí no -le interrumpió Tommy-. Es cierto. Vayamos ahora con la lista.
Townsend extrajo del bolsillo de su pechera una hoja que contenía diez nombres y la ubicación de sus dueños en sus correspondientes barracones. Se la entregó a Tommy, que la aceptó y la guardó en el bolsillo de su camisa sin examinarla.
– Supongo que es prematuro hablar sobre la sentencia -dijo con lentitud-. Creo que hoy logré impedir un linchamiento. Pero, dado el probable resultado del juicio, creo que debemos hablar sobre esta posibilidad, ¿no le parece, capitán? -Con expresión de derrota en los ojos, Tommy señaló la colección de pruebas con la mano.
– Por favor, Tommy, llámame Walker. En efecto, creo que es prematuro, como dices. Pero estoy dispuesto a hablar del tema más adelante. Por ejemplo el lunes por la tarde, ¿qué te parece?
– Gracias, Walker. Ya te lo confirmaré. Gracias por mostrarte tan razonable sobre este asunto. Creo que el comandante Clark es…
– ¿Un tanto difícil? -interrumpió Townsend-. ¿Temperamental?
Townsend se echó a reír y Tommy, sonrió con falsedad.
– En efecto -repuso.
– El comandante lleva demasiado tiempo en este agujero. Al igual que todos, por otra parte, porque hasta un minuto es demasiado tiempo. Pero él y el coronel lo acusan más que nosotros. Llevan aquí una eternidad. Y tú también, Tommy, según me han contado.
Tommy palpó el bolsillo donde había guardado la lista.
– Bien -dijo, retrocediendo unos pasos-. Gracias de nuevo. Tengo cosas que hacer.
Walker Townsend asintió con un leve movimiento de la cabeza y volvió a su crucigrama.
– Si necesitas algo de la acusación, ven a verme cuando quieras, Tommy, en cualquier momento, de día o de noche.
– Te lo agradezco -contestó Tommy. «Embustero», pensó. Se despidió con un pequeño ademán estudiadamente amistoso, y se alejó con rapidez. Al salir inspiró una larga y afilada bocanada de aire fresco, pensando que por primera vez desde el momento en que había contemplado el cadáver de Trader Vic había visto unas pruebas en lugar de oír meras palabras, por enérgicas que fuesen, que le habían convencido de que Lincoln Scott era inocente del asesinato del aviador.
La esfera luminosa del reloj que le había regalado Lydia indicaba las doce menos diez de la noche cuando Tommy abandonó con cautela el relativo calor de su camastro y sintió la frialdad del suelo a través de sus delgados y remendados calcetines de lana. Permaneció unos instantes sentado en el borde de la litera, como un buceador esperando el momento oportuno para zambullirse en el agua. Estaba rodeado por los habituales sonidos nocturnos: ronquidos, toses, gemidos y respiraciones sibilantes emitidos por unos hombres con los que convivía desde hacía, meses y que sin embargo apenas conocía. La oscuridad lo envolvía; trató de alejar de sí una momentánea sensación de pánico, un residuo de claustrofobia. Las noches le producían siempre una sensación tan agobiante como el armario en el que había quedado encerrado de niño. Tenía que hacer un auténtico esfuerzo para convencerse de que la oscuridad que invadía el cuarto de literas no era lo mismo.
Uno de los reflectores de la torre de vigilancia pasó sobre la ventana exterior, cerrada a cal y canto contra la noche; durante unos segundos la potente luz penetró a través de las rendijas de los postigos de madera, recorriendo la pared de enfrente. Tommy agradeció la luz; le ayudaba a orientarse y alejar los pavorosos recuerdos de su infancia que le atormentaban en todos los espacios reducidos y oscuros.
Tomó sus botas de debajo de la litera. Luego, con la mano izquierda, localizó su cazadora de cuero y el cabo de una vela encajado en una lata de carne vacía. No lo encendió, pues prefería esperar a que el reflector volviera a pasar por el dormitorio, de modo que le procurase el suficiente resplandor para levantarse del camastro, dirigirse hacia la puerta y salir al pasillo central del barracón.
No tuvo que esperar mucho. Cuando el reflector arrojó su resplandor velado y amarillo a través de la habitación, se levantó, sosteniendo las botas, la cazadora y la vela, se dirigió veloz hacia la puerta y salió. Se detuvo unos momentos en el pasillo, aguzando el oído para cerciorarse de que no había despertado a los hombres que compartían su habitación. Le rodeaba un profundo silencio, interrumpido por aquellos ruidos habituales. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una cerilla, que encendió rascándola en la pared. Encendió la vela y, moviéndose como una aparición fantasmagórica, avanzó de puntillas por el pasillo, dirigiéndose con resolución hacia la habitación de Lincoln Scott.
El aviador negro dormía a pierna suelta en su solitario camastro, pero al notar la presión de la mano de Tommy en su hombro se despertó bruscamente. Durante unos momentos, cuando se revolvió profiriendo palabrotas, Tommy temió que le asestara uno de sus mortíferos derechazos.
– ¡Silencio! -murmuró Tommy-. Soy yo, Hart.
Sostuvo la vela en alto para que iluminara su rostro.
– Joder, Hart -masculló Lincoln Scott-. Pensé…
– ¿Qué?
– No sé. Algún problema.
– Quizá yo lo sea -continuó Tommy en tono quedo.
– ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó Scott incorporándose en la cama y apoyando los pies en el suelo.
– Un experimento -contestó Tommy-, Una pequeña recreación.
– ¿A qué se refiere?
– Es muy sencillo -repuso Tommy sin alzar la voz-. Finjamos que ésta es la noche que murió Vic. En primer lugar muéstreme con precisión cómo se levantó y salió del barracón aquella noche. Luego trataremos de descifrar dónde fue Vic antes de acabar asesinado en el Abort.
Scott movió su negra cabeza en señal de asentimiento.
– Me parece razonable -dijo pestañeando para despabilarse-. ¿Qué hora es?
– Las doce y unos minutos.
Scott se restregó la cara con la mano, moviendo la cabeza arriba y abajo.