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La Guerra De Hart

Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:

El coronel William McNamara, que pertenece a la cuarta generación de una familia de héroes de guerra, es apresado por los alemanes y recluido en un brutal campo de prisioneros durante la II Guerra Mundial. Como es el oficial estadounidense de mayor rango, toma el mando de sus compañeros internos y consigue mantener vivo el sentido del honor, pese a encontrarse permanentemente vigilado por el avieso mayor de las SS Wilhelm Visser. Sin renunciar nunca a la lucha para ganar la guerra, McNamara planea silenciosamente una estrategia ofensiva para devolver el golpe al enemigo en el momento oportuno. Un asesinato le dará la ocasión de poner en marcha un arriesgado plan, con la ayuda del joven teniente Tommy Hart.
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– ¿Irlandés? -preguntó Tommy mientras estrechaba la mano del forastero.

– Sí -respondió Sullivan-. Irlandés y Spitfires -añadió.

A Tommy le costó imaginárselo tratando de controlar un caza, pero se abstuvo de decirlo.

– Colin nos ha ofrecido generosamente su ayuda -dijo Phillip Pryce-. Enséñaselo, muchacho.

El irlandés se agachó y Tommy vio que tenía una voluminosa carpeta de dibujo semioculta debajo de la litera.

– En realidad -explicó Sullivan a Tommy-, irlandés, Spitfires y tres aburridos años en la Escuela de Dibujo de Londres antes de dejarme convencer por esa filfa patriótica que me ha traído aquí.

Sullivan abrió la carpeta y entregó a Tommy el primer dibujo. Era una visión sombría del cadáver de Trader Vic, en el retrete del Abort, plasmada en las distintas tonalidades grises creadas por el carboncillo.

– Lo dibujé a partir de los detalles que recordaba Hugh -dijo Sullivan, sonriendo-. Supongo que sabe que los canadienses, unos tipos peludos, brutos y salvajes como los indios y con la imaginación de un búfalo, no cuentan con dotes para la descripción poética, a diferencia de mis paisanos y yo mismo -afirmó, dirigiendo una breve sonrisa a Hugh Renaday, el cual contestó con una mueca aunque se mostraba visiblemente satisfecho-. De modo que hice cuanto pude, habida cuenta de mis limitados recursos…

Tommy pensó que el dibujo captaba a la perfección la figura del asesinado. Era a la par siniestro y brutal. Sullivan había utilizado unos pocos toques de pintura para mostrar las exiguas manchas de sangre que había en el cadáver del americano. Éstas destacaban con fuerza, contrastando con los tonos más oscuros de los trazos del lápiz.

– Es fantástico -dijo Tommy-. Es exactamente el aspecto que presentaba Vic. ¿Tiene más dibujos?

– Sí, claro -repuso Sullivan sonriendo-. No precisamente lo que mi viejo profesor de dibujo debía de tener en mente cuando nos recomendaba una y otra vez que empleáramos lo que tuviéramos a mano, y aunque yo hubiera preferido a una fraulein desnuda posando provocativamente con una sonrisa de gratitud…

Entregó el segundo dibujo a Tommy. En éste resaltaba la profunda herida en el cuello.

– Yo colaboré con él en este boceto -dijo Hugh-. Ahora, lo que debemos hacer es mostrárselo al yanqui que examinó el cuerpo, para asegurarnos de que se ajusta a la realidad.

Tommy examinó otro dibujo, en este caso del interior del Abort, que mostraba las distancias y los distintos puntos. Una nítida flecha adornada con unas plumas señalaba la huella sangrienta en el suelo. El último boceto consistía en una reproducción de las copias de la huella de bota que había realizado Hugh en la escena del crimen.

– Mucho mejor que mis torpes intentos -dijo Renaday, sonriendo-. Como de costumbre, esto ha sido idea de Phillip. Sabía que Colin era amigo mío, pero a mí, por supuesto, no se me había ocurrido pedirle que colaborara en el caso.

– Ha sido divertido -repuso Colin Sullivan-. Desde luego más interesante que hacer el enésimo dibujo de la torre de vigilancia nordeste. Es la que refleja mejor la luz crepuscular y la que todos los que hemos asistido a clases de dibujo plasmamos cada día que no llueve.

– Sus dibujos son estupendos -comentó Tommy-. Nos serán de gran utilidad. Se lo agradezco de todo corazón.

Sullivan se encogió de hombros.

– Bueno, para decirlo sin rodeos, soy irlandés y católico, señor Hart, de modo que, como podrá imaginar, en Belfast me han tratado como a un negro tantas veces o más que a Lincoln Scott en Estados Unidos. Así que estoy encantado de echarles una mano -dijo con voz pausada.

A Tommy le llamó la atención la súbita e intensa vehemencia del menudo irlandés.

– Son excelentes -dijo de nuevo. Cuando se disponía a continuar con sus alabanzas, le interrumpió una voz fría y queda que sonó a su espalda.

– Pero contienen un error -se oyó.

Los aviadores aliados se volvieron y vieron al Hauptmann Heinrich Visser en el umbral, contemplando desde la puerta el dibujo que sostenía Tommy.

Ninguno de los cuatro hombres respondió, sino que dejaron que el silencio cayera sobre el pequeño espacio, invadiendo la habitación como un olor fétido arrastrado por una brisa rastrera. Visser avanzó, sin dejar de observar el dibujo con una expresión pensativa y concentrada. En su única mano portaba un pequeño maletín de cuero marrón, que depositó en el suelo a sus pies, al tiempo que se inclinaba hacia delante y señalaba con el índice el dibujo que mostraba con detalle la escena del crimen.

– Aquí está -dijo, volviéndose hacia Renaday y Sullivan-. La huella de la bota se hallaba a varios pasos de allí, cerca del cubículo del Abort. Yo mismo calculé la distancia.

Sullivan asintió con la cabeza.

– Puedo rectificarlo -dijo con calma.

– Sí, hágalo, teniente -respondió Visser, alzando la vista del dibujo y fijándola en Sullivan-. ¿Piloto de un Spitfire, ha dicho usted?

– Sí.

Visser carraspeó.

– Un Spitfire es un excelente aparato, comparable a un 109.

– Es cierto -repuso Sullivan-. Imagino que el Hauptmann tiene una experiencia personal con Spitfires -el irlandés señaló el brazo que le faltaba al oficial alemán y agregó-: No debió de ser una experiencia agradable.

Visser no respondió, pero palideció un poco y Tommy observó que le temblaba el labio superior. Asintió con la cabeza.

– Lamento su herida, Hauptmann -dijo Sullivan, adoptando una cadencia y un acento irlandeses aún más marcados-. Pero creo que puede considerarse muy afortunado. Ninguno de los hombres que pilotaban los 109 que yo derribé consiguieron salvarse. Se encuentran en el Valhala, o donde sea que ustedes los nazis piensan que van a parar cuando mueren por la patria.

Las palabras pronunciadas por el irlandés cayeron como mazazos en la habitación. El alemán se irguió y miró al joven artista con ostensible cólera, pero su voz no reveló la rabia que experimentaba, pues se expresó con palabras sosegadas, frías e inexpresivas.

– Quizá sea cierto, señor Sullivan -dijo con lentitud-. No obstante, usted está aquí, en el Stalag Luft 13. Y nadie sabe con certeza si volverá a ver algún día las calles de Belfast, ¿no es así?

Sullivan no respondió. Se miraron con aspereza, sin concesiones. A continuación Visser se volvió de espaldas.

– Se ha equivocado usted en otro detalle, señor Sullivan -agregó.

El alemán se volvió ligeramente hacia Tommy Hart.

– La huella de la bota apuntaba en sentido contrario. Hacia allí -dijo indicando la parte posterior del Abort, donde habían hallado el cadáver-. A mi entender -continuó fríamente-, se trata de un dato importante.

Una vez más, ninguno de los aviadores aliados respondió. Visser se volvió de nuevo para dirigirse a Phillip Pryce.

– Pero usted, teniente coronel Pryce, ya se habrá percatado de ello, y, sin duda, comprende su importancia.

Pryce se limitó a mirar fijamente al alemán, que esbozó una desagradable sonrisa, devolvió el boceto a Tommy Hart y se inclinó para abrir su maletín de cuero. Con gran destreza, utilizando su única mano, logró extraer de éste una pequeña carpeta de color tostado.

– Me llevó bastante tiempo conseguir esto, teniente coronel. Pero cuando por fin lo hice, su contenido me fascinó. Créame que se trata de una lectura de lo más interesante.

Todos guardaron silencio. Tommy, tenso, respiraba con trabajo.

Heinrich Visser miró el expediente que sostenía en la mano. Cuando comenzó a leer, su sonrisa se disipó.

– Phillip Pryce. Teniente coronel del escuadrón 56 de bombarderos pesados, destinado en Avon-on-Trent. Recibió su graduación de oficial en la RAF, en 1939. Nacido en Londres en septiembre de 1893. Estudió en Harrow y Oxford. Se graduó entre los cinco alumnos más destacados en ambas instituciones. Sirvió como ayudante de aviación en el estado mayor durante la Primera Guerra Mundial. Obtuvo varias condecoraciones. Se licenció como abogado en julio de 1921. Socio fundador de la firma Pryce, Stokes, Martin y Masters. Participó como abogado defensor en una docena de procesos por delitos capitales, todos ellos revestidos de gran sensacionalismo, que acapararon los titulares de prensa y la atención del público, sin perder ninguno…

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