Los hermanos de la costa
- Автор: Bolea Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hermanos de la costa». Краткое содержание книги:
– ¿Y el resto de la carne?
– Servía de alimento a los cerdos.
El acento del capitán se cerró como el de los arroceros del delta.
– Dimas Golbardo, el último arponero de Portocristo, se casó tarde, como en la edad madura lo hice yo con su hermana Sara María. Dimas tuvo un hijo, Teo. Orgulloso se sentía de él. ¡Incauto! ¡Tan ciego estaba como las ballenas frente al arpón que habría de sacrificarlas! Ignoraba Dimas que por las venas de ese ingrato sobrino mío corre la sangre de Caín. En vida le consagró su amor paterno. Lo educó. Pescó y construyó para él. Por él cumplió con escrúpulo sus deberes para con la comunidad cristiana. A cambio…
El sol brotó en una ráfaga, como una herida. Los ojos de la subinspectora se irritaron con la luminosidad. Buscó en su americana unas gafas oscuras y afirmó, casi con ternura:
– A cambio lo mataron. ¿No era eso lo que iba a decir, capitán?
José Sumí apuró el aguardiente de un trago.
– Así fue, señorita, y no de otro modo. Para ser forastera, está usted bien informada. Dimas apareció muerto ahí mismo, en la Piedra de la Ballena, a pocos metros de la cabaña que usted ha alquilado. Estaba desnudo como un bacalao. Sin manos, con los ojos arrancados de las órbitas y la barriga abierta en canal.
– ¿Vio usted su cadáver?
– Yo lo encontré.
– Debió ser atroz.
– Lo fue.
– ¿Cómo lo descubrió?
– Por pura casualidad.
– Las casualidades no existen, capitán. Los hechos están conectados entre sí. Todos. Siempre.
– ¿Usted cree? -Reflexionó el marino, como si esa idea no fuera del todo nueva para él-. Es posible que tenga razón.
– Sospecho que así es. Dimas Golbardo estaba predestinado a morir de esa forma. Y usted lo estaba para encontrarlo.
El capitán mordió la punta del cigarro.
– Curioso. De hecho, yo también pensé que lo habían abandonado allí para que mi Sirena y yo nos topáramos con él.
– ¿Antes de que el diablo bajase a recoger su alma?
– Dimas era un católico ejemplar, señorita. A esta hora estará contemplando el rostro del Señor.
– Y Teo, ¿también es un piadoso cristiano?
– Preferiría no hablar de mi sobrino, señorita.
– ¿Tenía algo contra su padre?
– Le despreciaba. Debía ser poco para él. Ese muchacho es un resentido, pero no me obligue a seguir hablando.
Martina se apoyó en la caña. La diestra del marino era nudosa y rojiza como un sarmiento. La subinspectora casi pudo percibir su energía, poderosa, seca, contundente como un mazo. Pero fue la zurda la que empleó para anotar una observación en su cuaderno de ruta.
– ¿Qué está escribiendo?
– Me gusta llevar un diario de las mareas. Por todo el estuario tengo puestas unas varas de nivel.
La subinspectora preguntó, aparentando indiferencia:
– ¿Dimas Golbardo vivía cuando usted lo encontró?
El capitán escupió al cubo. Esta vez acertó.
– Si se puede llamar existir a padecer las convulsiones que sufriría un lagarto después de arrancarle la piel, sí, alentaba.
Martina volvió a pensar en dos arrapiezos, Elifaz Sumí y Daniel Fosco, recorriendo los arenales en busca de cangrejos y víboras para capturarlos y someterlos a lentos tormentos. Y pensó en los ángeles, tan crueles y humanos, de los cuadros de Fosco.
– ¿Dimas Golbardo alcanzó a decirle algo? ¿El nombre de su agresor?
José Sumí se puso rígido.
– ¿A qué viene tanta pregunta?
– Quizá esta historia interese a mi editor.
José Sumí se limitó a acariciarse las barbas. La subinspectora comprendió que por el momento no iba a sonsacarle mucho más. Para reanimar su locuacidad, se resolvió a cambiar de escenario.
– ¿También el farero estaba vivo cuando dio con él?
El capitán volvió a escupir. Se secó con la manga y dijo:
– Desnucado, con la cabeza girada como un trompo. Los pájaros le habían sacado los ojos. Y eso que él mismo los alimentaba y recuperaba las crías que caían farallón abajo, haciéndolas anidar en el faro.
– Quizá alguien les facilitó ese trabajo -apuntó la subinspectora.
El capitán enmudeció. Contemplaba a su pasajera con un cariz distinto. Abandonó la rueda para arrojar a las gaviotas un balde de pescado crudo. Sus crueles chillidos celebraron la ofrenda.
La barcaza se escoraba hacia la orilla. Martina sostuvo la caña.
– ¿Cree que pudo existir alguna relación entre ambas muertes?
– En absoluto.
– ¿Y en el hecho de que usted descubriera ambos cadáveres? ¿Quién sabía que se proponía llevar a cabo esas travesías?
El marino mordisqueó la punta de su cigarro.
– Esa pregunta sólo la haría un policía.
Martina dejó brotar una risa cándida.
– Soy actriz, ¿recuerda?
– Pudiera ser ambas cosas. Policía y actriz.
– ¿Conoce a muchas mujeres policías?
– En Portocristo tenemos una guardia urbana. La hija de Rodolfo, el barbero. Pero no es tan bonita como usted.
La Sirena seguía deslizándose hacia las márgenes. Árboles muertos sobresalían del agua. Una garza se posó con majestad en el fango. El capitán aferró el timón.
– De seguir aquí, embarrancaremos. Vamos a virar.
El lanchón fue dejando atrás colonias de cormoranes y patos, hasta salir de nuevo a mar abierta. Siguiendo la línea de la costa, en la playa, a bastante distancia, se perfilaba un palacete.
– El balneario -señaló José Sumí, aunque su pasajera no le había interrogado; Martina dedujo que deseaba relegar el tema de los crímenes-. Hace años que las termas son pasto de la mala hierba. Ya Alfonso XII se desplazaba en el yate real para tomar las aguas. Y también su hijo y sucesor. Mi abuelo Abraham solía transportar en La Sirena a parte del séquito. Camareros, doncellas, oficiales, secretarios… Por esta misma ruta, entre los traidores canales. Una mañana de bonanza pretendieron arribar ¡a Biarritz! Estos Borbones… Las termas siguieron abriendo en temporada, pero no eran rentables y la sociedad quebró. Descubrirá las banderas del campo de golf enterradas en las dunas, entre las endemoniadas esculturas que ese poseso de Heliodoro Zuazo va erigiendo en homenaje al falo de Satán… ¿Piensa quedarse mucho tiempo?
– Depende.
– ¿De qué?
– De lo que sea capaz de encontrar.
El embarcadero del balneario no estaba en mucho mejores condiciones que el de la Casa de las Buganvillas. La Sirena se arrimó a las tablas, acolchadas con neumáticos.
– Feliz estancia, señorita. Espero que encuentre lo que anda buscando.
– Casi siempre lo hago. Regrese a por mí, para llevarme hasta la isla.
José Sumí soltó otra carcajada. Sus risotadas no se diferenciaron demasiado de los graznidos de las gaviotas.
– ¿Ha olvidado que La Sirena y yo vamos de entierro? ¿Pretende que pasemos a recogerla con un muerto a bordo, el monaguillo y el cura?
– Déjelo, ya me las arreglaré. Algún pescador me llevará.
La lancha viró y puso proa a la ría. Desde la orilla, Martina pudo ver por última vez a la sirenita ciega, con su cola de pez, y la silueta del capitán Sumí, oscura y erguida en el puente, diciéndole adiós con la mano izquierda.
31
Eran las tres de la tarde. El sol se había vuelto a esconder. Una cenicienta luz alumbraba un mundo muerto y antiguo.
Martina de Santo permaneció inmóvil hasta que La Sirena se hubo esfumado entre la bruma, como una embarcación fantasma. Después, recorrió el destartalado embarcadero del balneario y descendió hacia la playa. Patos marinos flotaban en la superficie de las olas, como pájaros de corcho. La marea había arrastrado montones de algas.