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Los hermanos de la costa

Электронная книга - «Los hermanos de la costa». Краткое содержание книги:

La subinspectora Martina de Santo debe descubrir al autor de unos terribles asesinatos cometidos en la remota costa de Portosanto, un pueblecito del norte, reducto en el pasado de los últimos cazadores de ballenas. En el transcurso de su búsqueda, Martina de Santo conocerá a los «Hermanos de la Costa», una misteriosa asociación en la que se fusionan creación artística y ritos macabros. Los crímenes, que vienen cometiéndose desde tiempo atrás, tienen su origen en acontecimientos del pasado que la subinspectora va desvelando poco a poco, enfrentándose, al mismo tiempo, a delitos actuales relacionados con el narcotráfico. Juan Bolea combina lo ancestral y lo presente de manera inteligente y sutil para crear una trama apasionante que interesa desde la primera hasta la última página.
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– No hay combustible, por todos los diablos -masculló el capitán-. Juraría que quedaba medio depósito.

Moviéndose con pesadez, acarreó un bidón desde la caseta. La Sirena comenzó a deslizarse por la laguna.

– ¿Es usted extranjera? ¿Italiana? ¿Argentina?

A Martina le tranquilizó el hecho de que no supiera quién era. José Sumí admiraba el óvalo de su rostro, la palidez de su piel.

– No, claro, no tiene acento. Ya ve: como arúspice, no me ganaría el cocido. ¿No procederá de la capital central? En ese caso, debo advertirle que sus paisanos no suelen ser bien recibidos. Demasiados siglos de explotación. Portocristo existía mucho antes, señorita, escrito está. Cuando Madrid no era corral de comedias. En toda mi existencia he pisado sus calles. Y tengo la sensación de no haberme perdido nada. Corríjame si me equivoco.

– Nací en Filipinas -repuso ella. Estaba intentando establecer si se las había con un hombre inteligente, capaz de matar, o con un charlatán-. Resido en Bolscan. Pero me he criado aquí y allá.

La laguna se ensanchaba. El canal por el que se alejaban del embarcadero acababa de unirse a otro afluente de cenagosas aguas. Vieron el mar. Su turquesa claridad perfiló un rectángulo de luz bajo el encapotado cielo.

– ¿A qué se dedica usted? -siguió preguntando el patrón, pero Martina fingió no escucharle.

El capitán sacó la cabeza:

– ¿Le gustaría pilotar mi Sirena}

La subinspectora entró a la cabina. El angosto compartimento olía a una mezcla de caldo de gallina y gasoil sin refinar.

En la contrachapada pared, colgadas junto al hacha, podían apreciarse fotografías en blanco y negro de los patrones del barco: Abraham, Isaac, el propio José Sumí.

Los dos primeros habían posado a bordo de la barcaza, que parecía no haber cambiado desde el día en que la botaron del astillero. Abraham lucía mostacho; Isaac, una perilla que le aportaba un aire velazqueño. Pero José Sumí, mucho más joven, y con la barba todavía oscura, se había retratado en dique seco, junto a otro hombre de sencillo aspecto que sostenía un martillo en la diestra.

– Esa foto suya no está tomada en el delta -apuntó Martina-. Yo diría que es el puerto de Bolscan, con el astillero al fondo.

José Sumí le dio la razón.

– Acertó. De vez en cuando se hacía necesario remendar a la pobre Sirena, y hasta allá nos íbamos.

– ¿Quién es ese hombre que está junto a usted, con aspecto de artesano?

– Calafate. Buena gente. Jerónimo Dauder, se llamaba.

Martina notó como si una pinza le pellizcara las vértebras cervicales. En la posada, insomne, había comprobado el libro de asientos contables de la carpintería de Dauder, cuyas fotocopias le había facilitado Horacio Muñoz. La Sirena aparecía registrada en numerosas ocasiones. Entre los años 1947 y 1950, concretamente, no menos de una docena de veces.

– ¿Vive?

– Ah, no. Murió. Y, con él, su artesano oficio. Desde entonces, yo mismo tengo que embrear las tablas de encina del casco. Echo de menos al buen Jerónimo, ya lo creo. Dejó un gran vacío.

– ¿Ese carpintero no tuvo hijos que continuaran su labor?

– Creo que fue progenitor de uno, pero no debió heredar su ciencia, qué le vamos a hacer. En cambio, el mío, Elifaz, sí ha sentido la llamada del mar, aunque no la del trabajo. En cuanto puede, sube a su chalupa y sale a navegar sin rumbo. Pero dudo mucho que Eli me suceda al timón. Tiene la cabeza a pájaros. Cuando el Señor me llame a su vera, ignoro qué será de La Sirena. Supongo que alguien la comprará y montará un restaurante con lo que quede de ella.

Martina observó las fotografías. Jerónimo Dauder, el calafate, tenía un aire inofensivo y pulcro. Nadie habría adivinado que había cometido un asesinato. Mucho menos que, a su vez, había sido víctima de un crimen sin resolver.

Por su parte, los varones de la familia Sumí compartían la misma mirada aguada. Plebeyos trazos les dibujaban la nariz y la boca. Ecos del Delta había entrevistado a los marinos de la saga. Amarillentos reportajes que, como las fotos, se exhibían clavados a un panel, junto a un jirón de bandera republicana y una caricatura de Alfonso XIII, que había navegado a bordo.

– Corona de España -canturreó Sumí-, caballitos de mar… ¿Qué diadema brilla más?

– ¿Qué está cantando?

– ¿Preferiría un salmo?

– No, gracias. Hábleme de ellos -le invitó Martina, señalando a sus mayores.

Con el paso del tiempo, para distraer a los turistas durante la travesía de las barras, el capitán había ido elaborando un discurso. Erguido en el puente, con grave voz a la que el megáfono prestaba difusión tonante, describía a sus pasajeros el ritmo de las mareas, la matemática de los astros, las cacerías de cachalotes y ballenas cuando aquellas ensenadas eran tumbas de agua y arena. Entreveraba episodios, quién sabía si fantásticos, sobre La Sirena y su propia familia. En la genealogía de los Sumí, como esos canales confluyentes en las lagunas, la barcaza y sus tripulantes venían a compartir un mismo destino. Cuando hablaba de los suyos, del abuelo Abraham, quien, a su regreso de Cuba, había construido La Sirena con sus propias manos, a José Sumí le daba pálpito al corazón.

– Por el dinero que usted ha pagado, bien merece que le resuma alguna de las heroicas batallitas de mi abuelo Abraham -accedió el capitán, atento a los bancos. La subinspector estaba pensando que en aquel hombre no se adivinaba la menor huella de abatimiento o depresión, según le había apuntado el sargento Romero, sino más bien una dionisíaca vitalidad-. Permítame. Esta embarcación ha hecho aguas en varias ocasiones. La más gloriosa, en el 38, durante la guerra civil. El buen Abraham pilotaba un pasaje de exiliados republicanos, en su mayoría mujeres y niños, cuando fueron ametrallados desde aquel islote que se ve allá. -Indicó un promontorio que sobresalía como una concha de tortuga en el centro de la laguna-. Mi abuelo, con la pistola en una mano y la caña en la otra, maniobró para ganar mar abierta. Debió ser una travesía infernal. Un día después, achicando agua, escorada a babor, y con la cubierta llena de heridos, La Sirena arribó a puerto francés. Salvas de pólvora y vítores a la República aclamaron a los héroes.

Los nietos de aquellos milicianos, continuó exponiendo José Sumí, habían oído hablar del combate. Uno de ellos, profesor en un instituto de Argenta, le había asegurado que cierto libro glosaba la hazaña. Aquel profesor se había comprometido a enviarle un ejemplar, pero pasaron los meses sin que a la estafeta del capitán llegasen otros volúmenes que ediciones de poetas malditos, a nombre de su hijo Elifaz; tampoco regresó el docente erudito. El capitán llegó a obsesionarse con esas supuestas páginas que inmortalizaban la participación de los Sumí en la guerra civil. Preguntó en el quiosco de Portocristo. Indagó, en la sede de Ecos, a su director, Mesías de Born, quien tampoco supo darle razón. Desorientado, escribió a Elifaz.

El capitán reveló a su pasajera que su único hijo estudiaba filología clásica. Quería ser literato. Vivía en Bolscan, en un piso de alquiler, con otro muchacho, Daniel Fosco, el hijo del farmacéutico, pero retornaba al delta en las vacaciones de verano, por Semana Santa y Navidad, o cuando necesitaba dinero. Elifaz leyó la carta de su padre, alambicada y retórica, como todas las suyas, y se aplicó a visitar las bibliotecas y el rastro de libros antiguos. Sin embargo, el precioso ejemplar no apareció. Pese a ello, el capitán, dando por buena la información de aquel profesor a quien nunca volvería a ver, pero cuyas lentes de alambre le inspiraron confianza, había decidido incluir en su guía la referencia a un capítulo documentado de la guerra civil, con La Sirena navegando como un símbolo de libertad entre el plomo enemigo.

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