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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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Ella le devolvió la mirada.

– Lamento haberle mentido.

Jonas apoyó la cabeza en la puerta mientras consideraba las palabras de Em.

– Entiendo que lo hiciera. Comprendo por qué nos contó, a mí y a todos los demás, esa historia. No me importa. Escapar de las garras de su tío Harold no ha debido de ser fácil. Pero…

Como siempre, había un «pero»; Em esperó a oír el de él.

Jonas hizo una mueca.

– ¿Tiene más secretos de familia? ¿O ya no queda ninguno?

Contra todas las probabilidades, la pregunta hizo sonreír a Em y eliminó de manera eficaz la tensión que había entre ellos. Em negó con la cabeza.

– No. Sólo Harold. Pero créame, es más que suficiente.

Él se apartó de la puerta. Se acercó y se sentó en la silla que había trente al escritorio.

– Es fácil de creer.

Em vaciló un momento antes de preguntarle:

– ¿Cuándo espera que vuelva su padre?

Jonas esbozó una amplia y astuta sonrisa.

– Aún tardará algún tiempo en volver. De todas formas, yo soy el magistrado en su ausencia.

– ¿De veras?

Él asintió con la cabeza.

– Y como representante de la ley en el pueblo, le aseguro que no permitiré que Harold se salga con la suya de ningún modo. Por cierto, ¿cuál es su nombre completo por si necesito saberlo?

– Potheridge. Harold Cordón Potheridge.

Jonas asintió con la cabeza.

– De acuerdo. -Bajó la mirada a los libros de contabilidad encima del escritorio-. Y ahora, dígame, ¿cuál es el estado actual de mis cuentas?

Em parpadeó, pero abrió un libro con rapidez y procedió a demostrarle con hechos lo buena posadera que era.

Jonas la escuchó con atención. Luego le hizo las preguntas pertinentes mientras, con expresión seria, la observaba como un halcón. Centrar la conversación en la posada, en todas las maravillas que ella había conseguido con el lugar, la ayudó a mantener a su molesto tío alejado de sus pensamientos, haciendo que se concentrara en algo que realmente le gustaba.

Pues estaba fuera de toda duda que a Em le gustaba su trabajo en la posada.

Jonas se reclinó en la silla mientras ella le contaba sus futuros planes y él se mostraba conforme.

– Me gustaría hablar con mi sobrina, señor. Por favor, avísela de inmediato.

Sentada detrás del escritorio del despacho, Em oyó la arrogante exigencia de Harold. No le sorprendió oírla. Su tío había dejado pasar veinticuatro horas y había regresado dispuesto a intimidarla de nuevo, sólo porque ella le había cedido el control durante años. Mientras había sido su tutor legal, Em no tuvo más remedio que obedecer, pero ahora que era independiente, no pensaba consentir que su tío la controlara otra vez.

Edgar, con una rigidez impropia en él, le dijo que preguntaría. Em oyó sus pasos acercándose lentamente al despacho.

La joven debatió consigo misma si debía recibir a Harold allí, pero observó que la estancia era demasiado pequeña.

Suspirando para sus adentros, se levantó. Hizo un gesto con la mano a Edgar cuando apareció en la puerta.

– Sí, ya lo he oído. Hablaré con él fuera.

En el salón de la posada, donde todos podían defenderla.

Harold la observó rodear el mostrador y acercarse a él. Se puse rígido antes de recordar a duras penas sus modales y quitarse el sombrero.

Ella se detuvo a dos metros de él e inclinó la cabeza cortésmente.

– Buenos días, tío Harold. ¿Qué puedo hacer por ti?

Una mala elección de palabras, ya que Harold decidió tomarlas literalmente.

– Quiero que olvides todo este disparate y que regreses conmigo a Runcorn. -Su tono sonó irritado y ofendido, pero pareció darse cuenta al instante y procuró hablar con más moderación mientras embozaba una sonrisa paternal-. De verdad, Emily, deberías saber lo inapropiado que es que dirijas un lugar como éste. Si tu querida madre pudiera verte aquí, sirviendo a la plebe, no hay duda de que se retorcería en su tumba. Si quieres hacer lo correcto para tu familia, debes regresar conmigo a Runcorn.

– ¿Y dedicarme a servirte a ti durante el resto de mi vida? -Em frunció el ceño y se cruzó de brazos-. Me temo que no. Por si no te has dado cuenta, me encuentro muy a gusto aquí, y también los demás. El pueblo nos ha dado una calurosa bienvenida y aquí, al menos, agradecen nuestro trabajo.

Harold soltó un bufido.

– ¡Tonterías! Como si Runcorn fuera una caverna. Y en cuanto al trabajo…

– Tío Harold, -Em levantó una mano para cortarle de raíz-. La cosa es simple. No quiero volver a Runcorn. Y mis hermanos tampoco quieren volver contigo.

– ¿Se lo has preguntado? ¿Les has dicho que estoy aquí?

Ella asintió con la cabeza.

– Lo he hecho. No quieren verte, no quieren hablar contigo, y… legalmente, no tienes derecho a exigir verlos.

Issy y Henry habían sido muy claros al decirle que no querían verlo, que no tenían nada bueno que decir de él, por lo que sólo empeoraría las cosas si se enfrentaban a su tío. Los dos se habían mostrado conformes en dejar que fuera Em quien se encargara de Harold cuando este volviera al ataque.

Volviendo a cruzar los brazos, Em continuó:

– Así es como están las cosas… y así es como seguirán estándolo.

La cara de Harold se puso roja. Torció el gesto y agitó un dedo ante la cara de su sobrina.

– Escúchame bien, señorita…

– Me parece -le interrumpió una voz arrastrada y sombría-que es hora, de que se marche, señor. Le ruego que me disculpe, pero creo que ya ha abusado bastante de nuestra confianza.

Oscar, el hermano menor de Thompson, el herrero, había aparecido amenazadoramente al lado de Harold. Era el capataz de la Compañía Importadora de Colyton y, aunque no era tan grande como su hermano mayor, era un hombre corpulento que no tenía que esforzarse demasiado en parecer intimidante.

Harold enrojeció todavía más.

– Mire, buen hombre…

Oscar ignoró su bravata y miró a Em.

– ¿Ha terminado de hablar con él, señorita?

Em apretó los labios y asintió con la cabeza. Oscar estaba ofreciéndole una salida y ella estaba dispuesta a aceptarla. Cualquier cosa con tal de que su tío se marchara.

– Gracias, Oscar -lanzó a Harold una mirada afilada-, pero creo que mi tío ya se iba.

Furioso, Harold lanzó un resoplido, pero como nadie parecía claudicar ante él, se encasquetó el sombrero, giró sobre sus talones y se alejó con paso airado.

Em le observó marcharse, pero dudaba mucho que ésa fuera la última vez que viera a su tío. En cuanto desapareció le brindó una sonrisa a Oscar.

– Gracias.

– De nada, señorita.

– Dile a Edgar que te sirva otra jarra de cerveza, invita la casa.

Una vez que vio que Oscar se sentaba ante una gran y espumosa jarra de cerveza, se dirigió lentamente a su despacho.

Que Harold los hubiera encontrado no cambiaba mucho la situación. Sin embargo, les hacía sentir a ella y a su familia más vulnerables, más indefensos. Más inseguros de sí mismos.

Más inseguros económicamente.

Tanto Issy como Henry habían comenzado a preocuparse, aunque ninguno de ellos le había dicho nada que pudiera aumentar la carga que ya llevaba, sobre sus hombros.

Era una carga que ella había aceptado llevar voluntariamente, y le haría gustosa de nuevo si volviera a encontrarse en las mismas circunstancias.

– Tenemos que encontrar el tesoro pronto -murmuró, recostándose en la silla. En cuanto lo hubieran localizado, Harold y, lo que en más importante aún, la inseguridad que su llegada había provocado, se desvanecerían.

En cuanto hubieran encontrado el tesoro, todos podrían seguir adelante con sus vidas.

El pensamiento de vivir libremente su vida, de la manera que ella quisiera, era más que tentador. Pero qué clase de vida escogería, los detalles de la misma, permanecían confusos y borrosos en su mente. Entonces pensó en la manera en que todo el pueblo les había defendido a ella, y a su familia. Allí, en Colyton, donde habían vivido sus antepasados, había encontrado su lugar, gente que le gustaba y a la que ella gustaba. Una buena manera de comenzar a cambiar su vida.

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