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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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Em observó su cara y supo que él estaba hablando en serio, que aquellas palabras eran introspectivas, más dirigidas a él mismo que a ella. La joven no hizo ningún comentario, pero guardó aquella revelación para reflexionar sobre ella más tarde, cuando estuviera tumbada en la cama por la noche, pensando en el.

La mirada de Jonas permaneció clavada en el juego. Sin levantar la vista, alargó el brazo y cogió la mano de Em. Con suavidad y firmeza, la atrajo hacia él, hasta que ella se rindió, rodeó el extremo del banco y se sentó a su lado.

Ninguno de los dos dijo nada, simplemente permanecieron allí sentados observando el juego. Sonriendo ante las travesuras, el entusiasmo y la vitalidad de los niños.

Y, durante todo el rato, él le sostuvo la mano, aprisionada y engullida por la suya, acariciándole lenta y suavemente los dedos con el pulgar.

El almuerzo del domingo fue la comida más entretenida a la que Jonas hubiera asistido nunca, y sospechó que Joshua Filing compartía su opinión. Los Beauregard, en familia, eran muy bulliciosos. Habían servido la comida en la sala del primer piso de la posada, una especie de salita para todo.

Joshua era hijo único y aunque Jonas tenía a su hermana gemela, Phyllida, no había tenido más hermanos ni niños con los que jugar durante la infancia. Tanto Filing como él se quedaron sorprendidos al principio ante tal algarabía; no tanto por el volumen como por el sonido persistente de las voces. Parecía que siempre había alguien hablando y, dado que Henry estaba casi todo el rato callado, ese alguien solía ser una fémina.

Por fortuna todas las chicas de la familia Beauregard poseían unas voces agradables y musicales.

Tanto Jonas como Joshua aprendieron poco a poco a afinar los oídos en medio de aquella torre de Babel.

Había un montaplatos al final del pasillo, sobre la cocina, diseñado para transportar los platos arriba y abajo. Al principio de la comida, Joshua y Jonas tuvieron que sacar a Bea de allí. Una vez que estuvo a salvo, Em la regañó, aunque no puso el corazón en ello, pues parecía tener problemas para no sonreír. Issy, entretanto, bajó a la cocina para explicar lo ocurrido y tranquilizar al personal, parte del cual pensaba que había fantasmas en la posada, como había sido intención de la niña al subir al montaplatos.

Joshua y Jonas, como invitados de la familia que eran, fueron enviados rápidamente de vuelta a sus sillas. Henry, Gert y Bea los entretuvieron mientras las dos hermanas mayores servían la comida.

El primer plato consistió en sopa de apio con trozos de pan crujiente seguidos de trucha con almendras. Luego sirvieron ganso asado y pato al horno, acompañados por guarnición de verduras. El último plato consistió en pudín de pan con pasas, frutas y queso.

Edgar se acercó tímidamente con una botella de vino y les rogó que lo probaran, confiándoles que había escondido unas cuantas botellas de las mejores cosechas en tiempos del no llorado Juggs. El vino, contenido dentro de una polvorienta botella, resultó ser, en efecto, muy bueno, lo que contribuyó de forma significativa a animar la mesa.

Alargaron el almuerzo todo lo que pudieron pues se encontraban cómodos y alegres. Por su parte, Jonas no podía recordar la última vez que se había sentado a la mesa en tan agradable compañía. Pero al final, muy a pesar suyo, Joshua se levantó para marcharse.

– Debo prepararme para el servicio de la tarde.

Su tono dejaba claro que hubiera preferido quedarse más tiempo. Estrechó la mano de Em, agradeciéndole la invitación, y luego se volvió hacía Issy.

Ella le brindó una cálida sonrisa, y le tomó del brazo.

– Vamos, le acompañaré hasta la puerta.

Jonas observó cómo la pareja caminaba hasta la puerta mientras Issy acercaba la cabeza al hombro de Joshua para oír mejor las suaves palabras del párroco. Parecían un matrimonio, dos personas que se pertenecían la una a la otra.

Lanzó una mirada a Em, que también miraba a la pareja con una sonrisa tierna y esperanzada en los labios.

Alargó la mano y le tocó la punta de la nariz.

– Vamos, gorrión, usted también puede acompañarme hasta la puerta, aunque voy en dirección opuesta.

Ella se puso a su lado y caminaron hacia la puerta. Frunció el ceño.

– ¿Desde cuándo me he convertido en un gorrión? -Em bajó la mirada al vestido verde y luego le miró a él con las cejas arqueadas.

Jonas sonrió y dio un paso atrás para dejarla pasar por la puerta a ella primero, y la siguió por el estrecho corredor.

– En realidad, ese apelativo se me ocurrió la primera vez que la vi.

Ella hizo una mueca.

– Debía de ir vestida de color marrón.

Jonas se rio entre dientes.

– No fue por el color de su ropa por lo que escogí ese apodo.

Ella le miró con los ojos entrecerrados antes de empezar a bajar las escaleras.

– No estoy segura de querer conocer la respuesta, pero entonces ¿por qué lo escogió?

La sonrisa de Jonas se hizo más profunda.

– Sus ojos. -Los observó cuando ella volvió a mirarlo, sorprendida-. Son brillantes y… curiosos. Igual que los de un gorrión.

– Hmm. -Ella continuó bajando la escalera sin comentar nada más.

Se detuvieron en la cocina para charlar con Hilda, luego salieron por la puerta trasera.

Las sobrinas de Hilda estaban en el huerto, desenterrando zanahorias. Una de las lavanderas estaba trabajando, entrando y saliendo del lavadero. Em se dijo a sí misma que se alegraba de que hubiera gente a la vista, así Jonas no podría besarla.

Se detuvo en medio del patio y le tendió la mano.

– Espero que haya disfrutado de la comida.

Él le tomó la mano. Ella no podía entender cómo se las arreglaba Jonas para convertir un simple contacto amigable en una caricia íntima. La miró directamente a los ojos, moviendo el pulgar sobre el dorso de sus dedos; una caricia que hizo que la atravesara una punzada de doloroso anhelo.

«Nada de besos», se dijo a sí misma con severidad.

El sonrió como si la hubiera oído.

– Esta vez, soy yo quien debo darle las gracias. La comida y la compañía han sido -la sonrisa se desvaneció-más que perfecto.

Vaciló, como si quisiera añadir algo más, pero se limitó a brindarle otra suave e íntima sonrisa. Luego le alzó la mano y le rozó la sensible piel de los dedos con los labios.

Si bien Em se había preparado para las sensaciones que aquella caricia le provocaría, un escalofrío le recorrió la espalda. Él lo percibió también, pues su mirada se volvió más penetrante.

Bajó la vista a los labios de Em. Sin poder controlarse, ella también le miró los labios.

Alrededor de ellos, el mundo desapareció. Alguna fuerza intangible les hizo acercarse más, como si ambos fueran atraídos por un imán. La resistencia de Em se tambaleó, se debilitó, se desvaneció…

Entonces, él respiró hondo y se apartó.

Ella le estudió, sintiendo que le latían los labios.

Jonas le sostuvo la mirada, vacilando de nuevo, pero luego ladeó la cabeza con rigidez. Le soltó la mano y dio un paso atrás.

– Hasta luego.

Las palabras sonaron roncas y renuentes, pero con un último gesto de despedida, Jonas se dio la vuelta y se marchó.

Em le observó dirigirse a paso vivo al camino y siguió haciéndolo hasta que las sombras del bosque se tragaron su fornida figura.

Esperó allí un momento a que sus sentidos y sus nervios se aplacaran y tranquilizaran.

No era sensato enamorarse de un caballero que había dejado claro que la quería hacer suya. «Suya» como si fuera su amante.

Sabía muy bien que esa posición no era para ella, y que nunca lo sería, pero…

Por experiencia, sabía que en la vida siempre existía un «pero», la otra cara de la moneda, por así decirlo. En este caso, el «pero» era más que evidente; era la razón por la que una parte de ella, su temerario lado Colyton, sus auténticos alma y corazón, luchaba contra su yo más prosaico, más sabio y sensato.

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