Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Nunca había habido en Roma un personaje público tan envuelto en misterio y tan imprevisible. Su comportamiento no era normal. Habría debido subir a la tribuna de los rostra en el Foro para explicar con elegante oratoria sus planes o abrumar con su dialéctica al Senado mediante discursos de intenciones, sartas de quejas y frases floridas. Hablar a alguien, al menos, si no a todos. Los romanos no estaban acostumbrados a guardar silencio; les gustaba discutir las cosas y no atenerse a rumores. Pero Sila no soltaba prenda y se limitaba a continuar aquellos paseos solitarios, ¡Y, sin embargo, todo dependía de él! Aquel hombre mudo y nada comunicativo era el amo de Roma.
En las calendas de diciembre Sila convocó al Senado. Era la primera reunión después de aquella en que Flaco había tomado la palabra. Los senadores se apresuraron a acudir a la Curia Hostilia. Más helados que el propio ambiente, los corazones palpitaban con fuerza, y los miembros de la Cámara contenían la respiración, abrían exageradamente los ojos y se oían retortijones de tripas, mientras aguardaban en sus asientos encogidos como gaviotas después de una galerna, evitando mirar el techado de la cámara por temor a que, al igual que a Saturnino y sus partidarios, les cayera de pronto una lluvia de tejas.
Nadie era inmune a aquel mudo terror, ni Flaco, príncipe del Senado, ni Metelo Pío, ni figuras militares como Ofela ni hombres serviles como Filipo o Cetego. ¡Y eso que aquel Sila que entró arrastrando los pies parecía tan inofensivo, tan digno de compasión! Y ello a pesar de la escolta de veinticuatro lictores; algo sin precedentes, pues era el doble de los concedidos al cónsul y el doble de los que había tenido cualquier dictador antes que él.
– Ya es hora de que os diga lo que me propongo -dijo sin levantarse de la silla de marfil, llenando el aire el vapor de su hálito de tanto frío como hacía-. Soy legalmente dictador, y Lucio Valerio, portavoz de la cámara, es mi mestre ecuestre. Según estipula la ley de los comicios centuriados que me otorgaron el cargo, no estoy obligado a convocar elecciones de otros magistrados si así lo deseo. Sin embargo, es tradición en Roma seguir el paso de los años mediante el nombre de los cónsules elegidos en cada uno de ellos, y no voy a romper esa tradición, ni quiero que al nuevo año se le adjetive de «Bajo la dictadura de Lucio Cornelio Sila». Así que se elegirán dos cónsules, ocho pretores, dos ediles curules y dos plebeyos, diez tribunos de la plebe y doce cuestores. Y para que adquieran experiencia magisterial hombres demasiado jóvenes para pertenecer al Senado, se elegirán veinticuatro tribunos militares y nombraré tres monederos y tres encargados de las celdas de detención y de los asilos.
Catulo y Hortensio estaban tan aterrorizados que contenían a duras penas la diarrea, y ocultaban las manos para que no se viera que les temblaban. No salían de su asombro oyendo decir al dictador que se celebrarían elecciones para todas las magistraturas! Ellos, que esperaban que les lapidaran desde el tejado, les decapitasen o les desterrasen, confiscando sus propiedades, no podían dar crédito a lo que oían. ¿Es que era inocente y no sabía lo que estaba sucediendo en Roma? Y en ese caso, ¿quién era el responsable de las desapariciones y asesinatos?
– Por supuesto -prosiguió el dictador con aquella ininteligible dicción a que le obligaba la falta de dientes-, comprenderéis que cuando digo elecciones no me refiero a candidatos. Yo os diré, así como a los diversos comicios, a quién elegir. En esta ocasión no es viable la libertad de elección. Necesito hombres que me ayuden en mi tarea, y deben ser los que yo escoja, no los que me impongan los electores. Por consiguiente, voy a informaros de los que quedan nombrados para el próximo año. Escriba, trae la lista! -ordenó, cogiendo la hoja que le entregaba un funcionario de la cámara, cuyo cometido era custodiar la documentación, mientras que otro secretario alzaba la cabeza, dispuesto a comenzar la tarea de registrar en tablillas de cera todo lo que dijese Sila.
– Vamos a ver. Cónsules… primer cónsuclass="underline" Marco Tulio Decula; segundo: Cneo Cornelio Dolabela.
No pudo seguir, pues se alzó una voz y una figura togada se puso en pie. Era Quinto Lucrecio Ofela.
– ¡No, ni mucho menos! ¿Vas a conceder el preciado cargo de consul a Decula? ¡No! ¿Quién es Decula? ¡Una nulidad que se quedó tranquilamente en Roma mientras hombres de mayor valía combatían en tus filas, Sila! ¿Qué ha hecho Decula que le distinga de los demás? ¡Porque, que yo sepa, ni capaz ha sido de limpiarte el podex con una esponja, Sila! ¡ Eso es lo más ruin, malvado e injusto! Entiendo lo de Dolabela, y todos tus legados conocemos el acuerdo a que llegaste con él, Sila. ¿Pero quién es ese Decula? ¿Qué méritos tiene ese Decula para ser primer cónsul? ¡No, no y no!
Ofela hizo una pausa para respirar.
– He elegido primer cónsul a Marco Tulio Decula y ya está -dijo Sila.
– ¡Pues no puede permitirse, Sila! Tendremos unas elecciones como es debido y yo seré candidato.
– No -replicó el dictador.
– ¡Trata de impedírmelo! -exclamó Ofela, y salió corriendo de la Cámara.
Afuera se había congregado una multitud, ansiosa por conocer lo que se dictaminaba en aquella primera reunión del Senado después de la ratificación de Sila como dictador. No la formaban gentes que pensasen que tenían algo que temer de él, porque éstas se quedaban en casa, y tampoco había muchísimas personas, pero era una multitud. Abriéndose paso entre ella sin miramientos, Ofela descendió muy aprisa la escalinata del Senado y cruzó el pavimento de guijarros hasta la hondonada de los comicios, junto a los rostra.
– ¡Ciudadanos romanos! -gritó-. ¡Acercaos, venid a escuchar lo que tengo que deciros sobre ese monarca inconstitucional que hemos designado voluntariamente para que nos domine! ¡Dice que va a elegir cónsules, pero no hay candidatos, sino dos que ha elegido él! Dos idiotas ineptos e incompetentes, y uno de los dos, Marco Tulio Decula, ¡ ni siquiera es de familia noble! ¡ Es el primero de su familia que pertenece al Senado, un senador pedario que ascendió al pretorado bajo el traidor régimen de Cinna y Carbón! ¡Y van a hacerle primer cónsul, mientras que a hombres como yo no se nos recompensa!
Sila se había levantado, caminando despacio por el suelo de mosaico de la Curia hasta el pórtico, en donde permaneció parpadeando bajo la luz más intensa y mirando sin mucho interés cómo gritaba Ofela desde los rostra. Sin llamar la atención, unos quince hombres de aspecto anodino comenzaron a agruparse al pie de la escalinata del Senado a la vista de Sila. Por su parte, los senadores iban saliendo de la cámara para tratar de oir a Ofela, maravillándose de la calma de Sila y cobrando ánimo por ello mismo. No era el monstruo que todos habían comenzado a sospechar; no podía serlo.
– Bien, ciudadanos romanos – prosiguió Ofela, con voz más estentórea conforme declamaba, dando largas zancadas-. ¡No soy yo hombre que soporte esas afrentas calculadas! ¡Tengo más derecho a ser cónsul que esa nulidad de Decula! ¡Y opino que si a los electores se les da opción, me elegirían a mí antes que a esos dos designados por Sila! ¡ Del mismo modo que hay otros aquí que serían elegidos si presentaran su candidatura!