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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¡Suena muy bonito, príncipe del Senado -dijo Hortensio en voz alta-, pero los ciento veinte años transcurridos desde que el último dictador asumió el cargo te han estropeado la memoria! El dictador lo propone el Senado, pero deben nombrarlo los cónsules. Y cónsules no tenemos. Los fasces se han enviado al templo de Venus Libitina. No se puede nombrar un dictador.

Flaco lanzó un suspiro.

– No me has escuchado bien, Quinto Hortensio, ¿verdad? He dicho cómo puede hacerse: mediante una lex rogata aprobada por las centurias. Cuando no hay cónsules para aplicar la ley, los sustituye el pueblo reunido en centurias. En realidad, el único poder ejecutivo, el interrex, debe delegar en ellos la ejecución de su única función, que es organizar y celebrar las elecciones curules. El pueblo en centurias no hace la ley, sino las centurias.

– De acuerdo, no digo que no -asintió lacónico Hortensio-. Continúa, príncipe del Senado.

– Tengo la intención de convocar la asamblea centuriada mañana al amanecer. Les pediré que den una ley nombrando dictador a Lucio Cornelio Sila. Realmente, es una ley que no requiere gran complicación; cuanto más sencilla mejor. Una vez que el dictador esté nombrado legalmente por las centurias, las demás leyes las dictará él. Lo que pediré a las centurias es que nombren y den poderes a Lucio Cornelio Sila como dictador para todo el tiempo que su cargo lo requiera, que sancionen sus anteriores actos de cónsul y procónsul, que deroguen en su persona todo castigo oficial en forma de degradación y destierro, que garanticen la inmunidad en todos sus actos como dictador para siempre, que protejan sus actos como dictador del veto tribunicio y del rechazo o anulación por parte de la asamblea, del Senado y del pueblo en cualquier forma que fuere o por medio de cualquier tipo de magistrado, y del recurso ante cualquier clase de asamblea o cuerpo de magistrados.

– ¡Eso es mejor que ser rey de Roma! -gritó Lépido.

– No, es distinto -replicó imperturbable Flaco, que se había dedicado a imbuirse bien del espíritu de lo que Sila quería, y ahora ya había tomado impulso-. Un dictador no tiene que dar cuenta de sus actos, pero no gobierna solo. Cuenta con la ayuda del Senado y de todos los comicios como cuerpos asesores, es el mestre ecuestre y dispone de cuantos magistrados él mismo elija. Es costumbre, por ejemplo, que los cónsules se subordinen al dictador.

– El dictador está sólo seis meses en el cargo -replicó Lépido en voz alta-. Si mi oído no se ha deteriorado de pronto, lo que tú te propones pedir a las centurias es que nombren un dictador sin límite de tiempo en el cargo. ¡ No es constitucional, príncipe del Senado! No estoy en contra de que se nombre dictador a Lucio Cornelio Sila, pero me opongo a que permanezca en el cargo un instante más del término debido de seis meses.

– En seis meses no habré podido hacer nada -terció Sila sin levantarse de la silla-. Créeme, Lépido, no quiero el maldito cargo ni un solo día, y menos para toda la vida. Cuando considere que he culminado la tarea, lo dejaré. Pero en seis meses es imposible hacerla.

– ¿Por qué? -inquirió Lépido.

– Por un sencillo motivo -replicó Sila-. La situación financiera de Roma es un caos. Para restablecerla debidamente se necesitará un año, quizá dos. Hay veintisiete legiones por licenciar, buscarles parcelas y pagarlas. Hay que hacer que los que apoyaron los regímenes ilegales de Mario, Cinna y Carbón no escapen al castigo. Las leyes de Roma están anticuadas, sobre todo en relación con los tribunales y los gobernadores de provincias. Sus servidores civiles están desorganizados e incurren en letargo y codicia. Se han robado tantos tesoros, dinero y lingotes de los templos, que nuestro Erario cuenta aún con doscientos ochenta talentos de oro y ciento veinte de plata, a pesar de los despilfarros de este año. El templo de Júpiter Optimus Maximus es una pavesa -añadió, lanzando un fuerte suspiro-. ¿Continúo, Lépido?

– De acuerdo, convengo en que tu tarea puede durar más de seis meses. Pero ¿qué te impediría irte nombrando cada seis meses mientras dure esa tarea? -preguntó Lépido.

El gesto de desdén de Sila fue superlativamente desagradable por estar desdentado y a pesar de la ausencia de los fieros caninos.

– ¡Sí, claro, Lépido! -exclamó-. ¿Te crees que no lo veo? Tres de cada seis meses me los tendría que pasar contentando a las centurias. ¡ Rogando, dando explicaciones, excusándome, pintándolo todo de rosa, acariciando la bolsa de todos los caballeros comerciantes y convirtiéndome en la puta más vieja y detestable del mundo! -añadió, poniéndose en pie con los puños cerrados y agitándolos hacia Marco Emilio Lépido con más odio en el rostro del que había visto nadie desde que había salido de Roma para emprender la guerra contra Mitrídates-. Pues no, comodón Lépido, casado con la hija de un traidor que intentó proclamarse rey de Roma, ¡lo haré a mi manera o no lo haré! ¿Me oís, miserable conjunto de tontos y cobardes hipócritas que se quedan en casa? ¡Queréis que Roma se recupere, pero reclamáis el derecho inmerecido de hacer de la vida del que va a acometer la tarea lo más angustioso, penoso y servil posible! Bien, padres conscriptos, decidíos ahora mismo, porque Lucio Cornelio Sila ha vuelto a Roma y si se lo propusiera podría sacudirla en sus cimientos hasta convertirla en ruinas. ¡Tengo en el campo del Lacio un ejército que hubiera podido hacer entrar en la ciudad para echarlo sobre vuestros despreciables pellejos como lobos sobre corderos! No lo he hecho. He actuado conforme a vuestros intereses desde que llegué al Senado, y sigo haciéndolo. Pacíficamente; por las buenas. Pero estáis poniendo a prueba mi paciencia, os lo advierto con toda amabilidad. Seré dictador cuanto tiempo sea necesario. ¿Está claro? ¿Lo está, Lépido?

Se hizo un religioso silencio durante unos instantes. Hasta Vatia y Metelo Pío permanecían sentados pálidos y temblorosos, mirando pasmados a aquel monstruo que enseñaba unas garras capaces de desgarrar la luna. Ah, ¿cómo habrían podido olvidar quién era en realidad Sila?

También Lépido le miraba demudado y tembloroso, pero lo que a él le daba pavor no era el monstruo que anidaba en Sila, sino el pensar en su amada Apuleya, su dilecta esposa de muchos años y madre de sus hijos e hija de Saturnino, quien, efectivamente, había intentado ser rey de Roma. ¿Por qué habría hecho Sila referencia a ella en medio de aquella horrible explosión de ira? ¿Qué se propondría hacer cuando fuese dictador?

Harta de guerras civiles, de crisis económica y del exceso de legiones que hollaban la península de arriba abajo, la Asamblea centuriada votó una ley nombrando dictador a Lucio Cornelio Sila por un período de tiempo indeterminado. Expuesta en el contio el día seis de noviembre, la lex Valeria dictator legibus scribundis et rei publicae constituendae se aprobó el día veintitrés de ese mismo mes. No especificaba el tiempo del cargo y concedía virtualmente poderes ilimitados a Sila, sin que tuviera que responder de ninguno de sus actos. Sila podía legislar lo que le viniera en gana.

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