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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Cuando Jo estaba a unos veinte pasos del malvado hechicero, Uro hizo un movimiento despreocupado con la mano, y una enorme bola de fuego apareció ante él y se precipitó hacia la muchacha. Jo hizo describir un arco a su espada, y la hoja impactó en el ardiente proyectil. El aire explotó centelleante, y las llamas engulleron a la joven con un calor abrasador. El silencio era total.

Las llamas se arqueaban antes de tocar su cuerpo, repelidas por una esfera de poder, hasta que al cabo desaparecieron. Jo no había sufrido daño alguno, pero tuvo que detenerse para coger aire.

Clavó la mirada en los ojos de Uro, sintiendo cómo el ardor corría por sus venas, por las que el corazón bombeaba sangre a un ritmo desenfrenado. Se concentró en el mago.

—Estás muerto, Uro –siseó entre dientes.

—Estás en mi mundo, en mi terreno, en las estancias de mi corazón, muchacha –replicó el mago con firmeza, sosteniendo su amenazadora mirada–. Éste es el corazón de las cosas. No puedes matarme aquí.

Jo advirtió que la amorfa forma del rubí se asemejaba a la de un corazón. Frotándose las manos con la túnica azulada, afianzó la empuñadura y volvió a avanzar.

Agitando la mano, Uro lanzó una segunda bola de fuego en dirección a Jo a través de la estancia. El fuego se agitó con furia alrededor de la burbuja de poder que la rodeaba, bañando su rostro con el resplandor de su calor. No le produjo el más leve daño.

—Tus trucos son inútiles, Uro. Voy a acabar contigo.

—Lo veremos, Johauna Menhir –contestó el mago.

Volvió a gesticular y mandó una tercera bola, y una cuarta.

Jo no las esquivó como había hecho con la primera, pero comenzó a trastabillar ante el empuje de las llamas, que parecían haber aumentado de intensidad. Sin hacer caso del dolor que sentía siguió avanzando.

Después de varios pasos, la piel se le había vuelto de un rojo intenso y empezaban a surgirle ampollas. Cada vez tenía más dificultades para llenar sus sofocados pulmones. Su tabardo y ropa interior se estaban chamuscando, y tan sólo percibía el olor de las cenizas. El recuerdo repentino de Armstead le dio fuerzas para continuar y, agarrando a Paz con las dos manos, la dirigió hacia la garganta de Uro.

El hechicero hizo un nuevo gesto con las manos, de las que brotó un chorro de luz blanca en dirección a la esfera de protección de Paz.

Jo cerró los ojos y torció el rostro para protegerlo del ataque.

Trastabilló y se vio obligada a afianzar los pies en la blanda superficie de la estancia y resistir la arrolladora fuerza del maleficio con sus fuertes piernas.

Unas delgadas agujas de hielo y luz asaltaron su barrera hasta conseguir atravesarla, e hirieron a Jo en los hombros y la espalda. El dolor fue mayor que el causado por las bolas de fuego. Apretó los dientes conteniendo un aullido, en un esfuerzo para no mostrarle al hechicero ningún indicio de debilidad o dolor. La esfera que la protegía menguaba poco a poco y perdía su fuerza. Con obstinada determinación, Jo siguió avanzando hacia el mago. Se preguntó cómo podía Teryl Uro mantener sus ataques durante tanto tiempo, y la asaltaron las dudas sobre la capacidad de resistencia de Paz.

—Hay algo que debes saber, Johauna –dijo Teryl Uro con voz resonante.

Al principio Jo no iba a contestarle para no caer en la trampa de la retórica del mago. Apretó los dientes con más fuerza intentando conseguir algo de oxígeno en aquel aire viciado.

—¿Sí? –acertó a mascullar.

—He destruido el Castillo de los Tres Soles y a todos sus habitantes –dijo el hechicero con la total indiferencia de quien sólo comunica un hecho.

—Aunque eso sea cierto –le espetó Jo, bregando contra la corriente de luz–, morirás de todas formas.

—Al contrario que Verdilith, no voy a jugar contigo –declaró Uro con satisfacción–. Ni tú ni el enviado de los Inmortales lograréis vencerme.

La luz blanca de su hechizo redobló su intensidad e inundó los oídos de Jo con un zumbido que ahogaba toda otra sensación.

De pronto advirtió que se debilitaba, que la vida se le escapaba del cuerpo.

Retorciéndose, cayó al suelo a tres pasos de Uro. El hechizo del brujo desapareció.

Jo se aferró a la empuñadura de Paz y clavó la mirada en la última inscripción rúnica de la parte plana de la espada: el símbolo que le había dado nombre a la espada, que le había mostrado el camino de la rectitud de la caballería y todo lo que eso representaba. Sabía que ahora había perdido su significado. Estaba herida de muerte.

Teryl Uro, apoyado en sus venosas piernas, se inclinó sobre Jo.

Con la mirada enturbiada por la agonía, Jo vio que el hechicero ahora parecía más joven que cuando había entrado en la estancia. Las extrañas venas que lo unían al suelo a través de la enorme piedra le cubrían todo el cuerpo.

Teryl Uro sacó un largo puñal de metal oscuro y lo alzó sobre el pecho de Jo.

—Lo último que se pierde es la esperanza.

20

—Es hora de irnos, Braddoc –dijo Flinn, poniéndose en pie. El enano dio un salto, con el corazón acelerado. Sabía que aquél era el último viaje, y que supondría la salvación del mundo o su destrucción.

—¿Adónde nos dirigimos? –preguntó Braddoc, sacudiéndose el polvo y guardándola pipa con toda rapidez.

Flinn negó con la cabeza.

—No nos dirigimos. Supondría tu muerte.

—¿De qué me estás hablando? –le exigió el enano, adelantándosele–. ¡Yo voy contigo!

Los ojos de Flinn resplandecieron por un instante. El hombre se giró y clavó la mirada en la distancia. El enano ladeó la cabeza con gesto confundido; percibía una expresión en el rostro de su amigo que pocas veces había visto.

—Sí, Braddoc Briarblood, estoy llorando. ¿Y qué? Sé casi todo lo que sabía siendo hombre y muchas cosas más ahora que soy Inmortal. –Flinn se volvió hacia el enano, enjugándose las lágrimas con el antebrazo–. Sólo me falta una cosa.

—Yo puedo contártelo –murmuró Braddoc.

—¡No! No, no tendría sentido. Pero no puedes acompañarme en esta última búsqueda, porque tengo que entrar en el abatón. Tengo que viajar al mundo de los abelaat.

De repente Braddoc halló la respuesta a la pregunta que se había hecho sobre por qué el denwail de los humanos no estaba en Mystara.

Se apartó de su amigo y se llevó una mano a la frente, lleno de incredulidad.

—Te marchas para no volver –dijo el enano.

—Debo hacerlo. Es la razón por la que he vuelto.

Braddoc bajó la mano y se la puso sobre el corazón. Había vivido más de quinientos años y padecido sufrimientos más intensos que cualquier otro mortal, pero sabía que esta vez no podría recuperarse del dolor. Flinn, su amigo, había vuelto del mundo de los muertos para salvar el mundo de Mystara, y Braddoc había presenciado su renacer así como todo su itinerario. Braddoc había sabido a través de la voz de sus antepasados que Flinn el Poderoso volvería. Pero las voces guardaban un ominoso silencio acerca del destino del Inmortal, y Braddoc no podría soportar el dolor de esta última despedida.

—Déjame ir contigo, Flinn –dijo Braddoc sin mirarlo a los ojos–. Soy muy viejo para este mundo.

—Si te llevara conmigo sería igual que matarte ahora mismo –replicó el Inmortal–. Debes quedarte para guiar a los enanos de Rupestre.

—¡No! –protestó Braddoc, irguiéndose y dando un paso adelante–. ¡Debo quedarme contigo, cueste lo que cueste! Es lo que me han dicho mis antepasados –añadió después de un momento.

El Inmortal retrocedió, lo que sorprendió a Braddoc. El enano se dio cuenta de que su enfado descontrolado había afectado a Flinn el hombre, su amigo. El Inmortal se pasó la mano por sus cabellos con evidente frustración. Después de unos momentos le dijo:

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