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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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—Esta noche me lo han dicho dos veces: que volveré a verlo —dije.

Estaba hablando cuando hubo un leve choque, como un barco que atraca diestramente en un muelle. Bajé por la pasarela hasta una playa, y el maestro Malrubius y Triskele me siguieron. Les pregunté si iban a quedarse un tiempo a aconsejarme.

—Sólo un rato. Si tienes más preguntas, has de hacerlas ahora.

La lengua de plata de la pasarela ya se deslizaba de nuevo en el casco. Pareció que apenas acababa de desaparecer cuando la embarcación se alzó y salió proyectada por una abertura en la realidad, la misma por la que se había alejado el hombre verde.

—Habló de la paz y la justicia que el Sol Nuevo ha de traer. ¿Es justo que me llame desde tan lejos? ¿Qué prueba me aguarda?

—No es él quien te llama. Los que te llaman esperan convocar el Sol Nuevo hacia ellos —dijo el maestro Mahubius, pero no lo entendí. Luego volvió a contarme en breves palabras la historia secreta del Tiempo, que es el mayor de los secretos y que consignaré aquí en el lugar apropiado. Cuando acabó sentí un remolino en la mente y temí olvidar lo que había dicho, porque parecía demasiado grande para que un hombre vivo lo supiera y porque al fin había aprendido que las brumas se cierran sobre mí como sobre otros hombres.

—Tú no olvidarás; sobre todo tú. En el banquete de Vodalus dijiste que estabas seguro de poder olvidar las tontas contraseñas que él te había enseñado: imitaciones de palabras de autoridad. Pero no las olvidaste. Lo recordarás todo. Y acuérdate también de no tener miedo. Es posible que la épica penitencia de la humanidad esté terminando. El viejo Autarca te dijo la verdad: no iremos de nuevo a las estrellas hasta que vayamos como divinidades, pero acaso el díaya no esté lejos. Puede que en ti se hayan sintetizado todas las tendencias divergentes de nuestra raza.

Como acostumbraba, Triskele se alzó un momento en las patas traseras; luego corrió en círculos y galopó a lo largo de la playa alumbrada por los astros, las tres patas dispersando las garras de gato de las olas. Cuando estaba a cien zancadas se volvió a mirarme como si quisiera que lo siguiese.

Di unos pasos hacia él pero el maestro Malrubius dijo:

—No puedes ir adonde va él, Severian. Sé que nos consideras alguna especie de cacógenos y por un tiempo pensé que no sería sensato desengañarte; pero ahora debo hacerlo. Somos acuástores, seres creados y alimentados por el poder de la imaginación y la concentración del pensamiento.

—He oído hablar de esas cosas —le dije—. Pero a usted lo he tocado.

—No es ninguna prueba. Somos tan sólidos como la mayoría de las cosas verdaderamente falsas: una danza de partículas en el espacio. A estas alturas deberías saber que sólo lo que no puede tocarse es verdadero. Una vez conociste una mujer llamada Cyriaca, que te contó historias de las grandes máquinas pensantes del pasado. En la nave en donde navegamos hay una máquina así. Tiene el poder de leerte la mente.

—¿Entonces usted es esa máquina? —pregunté. Una sensación de soledad y de vago temor creció en mí.

—Yo soy el maestro Malrubius, y Triskele es Triske— le. La máquina revisó tus recuerdos y nos encontró. La vida que tenemos en tu mente no es tan completa como la de Thecla y la del viejo Autarca, pero de todos modos estamos allí y viviremos mientras vivas tú. Pero en el mundo fisico nos mantiene la energía de la máquina, y el alcance no supera unos pocos miles de años.

Dijo esas últimas palabras mientras la carne ya se le disolvía en polvo brillante. Por un momento reverberó a la fría luz de las estrellas. Luego desapareció. Triskele permaneció conmigo unos pocos instantes más, y lo oí ladrar cuando el pelo amarillo ya era de y se dispersaba en la brisa suave.

Luego me quedé solo a la orilla del océano que tanto había deseado ver; pero aunque estaba solo me sentí reanimado, y respiré ese aire que no se parece a ningún otro, y sonreí oyendo la suave canción de las olas. La tierra —Nessus, la Casa Absoluta y lo demás— estaba al este; al oeste estaba el mar; caminé hacia el norte porque no me avenía a dejarlo tan pronto y porque en esa dirección había corrido Triskele, a lo largo de la orilla. Allí el gran Abaia podía revolcarse con sus amantes, y sin embargo el mar era mucho más viejo y más sabio que él; como toda la vida de la tierra, los seres humanos proveníamos del mar; y porque no podíamos conquistarlo era siempre nuestro. El viejo sol rojo se alzó a mi derecha y su mustia belleza tocó las olas, y oí el llamado de las aves marinas, las aves innumerables.

Las sombras se habían hecho cortas cuando me sentí cansado. Me dolían la cara y la pierna herida; desde el mediodía anterior no había comido nada y exceptuando el trance en la tienda ascia tampoco había dormido. De haber podido habría descansado, pero el sol calentaba y la línea de acantilados que había más allá de la playa no proyectaba ninguna sombra. Por fin seguí la huella de una carreta de dos ruedas y llegué a un macizo de rosas silvestres que crecía en una duna. Allí paré y me senté a la sombra para quitarme las botas y vaciarlas de la arena que había entrado por las costuras desgarradas.

Una espina se me enganchó en el brazo, y desprendiéndose de la rama, se me incrustó en la carne con una gota de sangre escarlata en la punta, una gota no más grande que un grano de mijo. La arranqué y me cayó en las rodillas.

Era la Garra.

La Garra perfecta, con un brillo negro, tal como yo la había colocado bajo la piedra del altar de las Peregrinas. Todo ese arbusto y todos los que crecían con él estaban cubiertos de pimpollos blancos y de esas Garras perfectas. La que yo tenía en la palma ardía bajo mis ojos con una luz translúcida.

Yo me había desprendido de la Garra, pero había conservado el saquito de cuero de Dorcas. Lo saqué de la alforja y me lo colgué del cuello al modo de antes, con la Garra de nuevo dentro. Sólo después de haberla guardado recordé que al comienzo de mi viaje, en el jardín Botánico, había visto un arbusto exactamente así.

Nadie puede explicar estas cosas. Desde que llegué a la Casa Absoluta he conversado con el heptarca y con varios acaryas; pero lo que han sido capaces de decirme es poco salvo que, antes de esto, el Increado eligió manifestarse en esas plantas.

En aquel momento, lleno de asombro como estaba, no lo pensé, pero ¿no será acaso que nos guiaron hasta el inacabado Jardín de Arena? Ya entonces yo llevaba la Garra, aunque no lo sabía; Agia me la había deslizado bajo el cierre de la alforja. ¿No será que llegamos al jardín inacabado para que la Garra, volando por así decir contra el viento del Tiempo, pudiera despedirse? La idea es absurda. Pero claro, todas las ideas son absurdas.

Lo que en la playa me sacudió —y me sacudió de verdad, tanto que trastabillé como bajo un golpefue que, si el Principio Eterno habitaba la espina curva que yo había llevado en el cuello a lo largo de tantas leguas, y ahora habitaba la nueva espina (tal vez la misma) que acababa de poner en el saquito, podía habitar cualquier cosa, todas las espinas de todos los arbustos, todas las gotas de agua del mar. La espina era una Garra sagrada porque todas las espinas eran Garras sagradas; la arena de mis botas era arena sagrada porque venía de una playa de arena sagrada. Los cenobitas atesoraban las reliquias de los sanyasenos porque los sanyasenos se habían acercado al Pancreador. Pero todo se había acercado al Pancreador, y hasta lo había tocado, porque todo había caído de él. Todas las cosas eran reliquias. El mundo entero era una reliquia. Me quité las botas, que habían viajado conmigo hasta allí, y las tiré a las olas para no andar calzado en tierra sagrada.

XXXII — El Samru

Y seguí andando como un ejército poderoso, pues me sentía acompañado por todos los que andaban en mí. Iba rodeado por una numerosa escolta; y yo era la escolta que rodeaba la persona del monarca. En mis filas había mujeres, sonrientes, torvas, y niños que corrían y lanzaban risas, y desafiaban a Erebus y Abaia arrojando caracolas al mar.

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