La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:
Aunque las frases que requería estaban en mi mente, cuando intenté pronunciarlas, fracasé. Se escurrían, como peces pequeños, y al final sólo pude encogerme de hombros.
—Y hay una cosa más que tienes que hacer. Una aventura más, al borde de las aguas.
—¿Qué es?
—Si te lo dijera no sucedería. No te alarmes. Es simple, dura un respiro. Pero tendría que explicarte muchas cosas, y no me alcanza el tiempo. ¿Crees en la llegada del Sol Nuevo?
Tal como había buscado dentro de mí las frases de mando, busqué la creencia; y tampoco pude encontrarla.
—Eso me han inculcado toda la vida —dije—. Pero creo que ni siquiera mis maestros, y uno de ellos era el verdadero Malrubius, creían de veras. Por eso no puedo decir si creo o no.
—¿Quién es el Sol Nuevo? ¿Un hombre? Si es un hombre, ¿cómo explicas que con su llegada todo lo verde vaya a reverdecer, y los graneros a llenarse?
Era desagradable que me arrastraran de vuelta a cosas oídas a medias en la infancia, cuando empezaba a entender que había heredado la Mancomunidad.
—Será el Conciliador renacido: su avatar, portador de paz y justicia. Las pinturas lo muestran con la cara brillante, como el sol. Yo fui aprendiz de torturador, no acólito, y eso es todo lo que puedo decirle. —Me embocé en la capa para cubrirme del viento frío. Triskele estaba encogido a mis pies —¿Y qué necesita más la humanidad? ¿Justicia o paz? ¿O un Sol Nuevo?
Intenté sonreír. —Se me ha ocurrido que aunque es imposible que usted sea mi viejo maestro, quizás él está en usted así como la chatelaine Thecla estuvo en mí. En ese caso, ya sabe la respuesta. Cuando se lleva a un cliente al peor extremo, lo que necesita es calor, comida y alivio del sufrimiento. La paz y la justicia vienen después. La lluvia simboliza la compasión y el sol la caridad, pero la lluvia y el sol son me jores que la compasión y la caridad. De lo contrario degradarían las cosas que simbolizan.
—En gran medida tienes razón. El maestro Malrubius que conociste vive en mí, y tu viejo Triskele en este Triskele. Pero no es eso lo que ahora importa. Si hay tiempo, antes de que nos vayamos lo entenderás. —Malrubius cerró los ojos, y exactamente como yo recordaba haber visto cuando estaba entre los aprendices más jóvenes, se rascó el vello gris del pecho.—Aunque te dije que no te sacaría de Urth, ni siquiera de tu continente, tuviste miedo de subir a esta barquita. Imagina que dijera… no te lo digo, pero imagina cómo sería si yo te llevara fuera de Urth, más allá de la órbita de Faleg, que vosotros llamáis Verthandi, más allá de Bethor, y de Aratron, y al £m a la oscuridad exterior, y a través de ella a algún otro sitio. ¿Tendrías miedo, ahora que has navegado con nosotros?
—A nadie le gusta decir que tiene miedo. Pero sí, lo tendría.
—Con miedo o no, ¿irías si sirviera para traer el Sol Nuevo?
Entonces me pareció que un espíritu del abismo me apretaba el corazón con unas manos heladas. No era una alucinación, ni creo que él pretendiera que lo fuese. Vacilé, en silencio excepto por el clamor de mi propia sangre en mis oídos.
—No hace falta que respondas ahora si no puedes. Ya te lo preguntaremos otra vez. Pero hasta que respondas no puedo decirte nada más.
Estuve mucho tiempo en esa extraña cubierta, a veces paseándome de una punta a otra, echándome aliento en los dedos bajo el viento helado mientras alrededor se me apiñaban los pensamientos. Las estrellas nos miraban y me pareció que los ojos del maestro Malrubius eran dos estrellas más.
Por fin volví y le dije: —Hace mucho que quiero… Si sirviera para traer el Sol Nuevo, sí, iría.
—No puedo asegurártelo. ¿Irías, entonces, si ayudara a traer el Sol Nuevo? Justicia y paz, sí… pero ¿y un torrente de calor y energía como el que Urth conoció antes de que naciera el primer hombre?
Entonces sucedió lo más extraño que tengo que contar en este relato ya excesivo; pero en esta ocasión no vi nada ni oí nada, no hubo bestias parlantes ni mujeres gigantescas. De pronto, mientras lo oía, sentí una opresión en el pecho, como había sentido en Thrax al comprender que debía marchar al norte con la Garra. Recordé a la joven de la choza.
—Sí —dije—. Si sirviese para traer el Sol Nuevo, iría. —¿Y si fueras a soportar una prueba? Conociste al que era Autarca antes que tú, y acabaste por amarlo. Él vive en ti. ¿Era un hombre?
—Era un ser humano… como usted no lo es, maestro, creo.
—Sabes tan bien como yo que no has respondido a mi pregunta. ¿Era un hombre como tú? ¿Media díada hombre y media mujer?
Negué con la cabeza.
—En eso te convertirás si fracasas. ¿Todavía quieres ir?
Triskele apoyó en mi rodilla la cabeza llena de cicatrices, embajador de todo lo mutilado, del Autarca que había llevado una bandeja en la Casa Absoluta y había yacido inmóvil en el palanquín esperando transmitirme las murmurantes voces que tenía dentro de Thecla retorciéndose bajo el Revolucionario y de la mujer que hasta yo, que me había jactado de no poder olvidar nada, había casi olvidado, sangrando y muriendo en la mazmorra de nuestra torre. Después de todo quizás haber encontrado a Triskele, que según he dicho no cambiaba nada, fue lo que al final lo cambió todo. Esta vez no tenía respuesta; el maestro Malrubius me vio la respuesta en la cara.
—Tú sabes de los abismos del espacio, que algunos llaman Agujeros Negros, de los que nunca vuelve ninguna partícula de materia ni destello de luz. Pero lo que hasta ahora no sabías es que esos abismos tienen una contraparte: las Fuentes Blancas; desde ellas la materia y la energía rechazadas por un universo superior se vierten aquí en una catarata incesante. Si pasas la prueba, si juzgan a nuestra raza preparada para reingresar en los anchos mares del espacio, una fuente así se creará en el corazón de nuestro sol.
—¿Y si fracaso?
—Si fracasas, te quitará la virilidad para que no puedas legar el Trono del Fénix a tus descendientes. Tu predecesor también aceptó el desafío.
—Yfracasó. Por lo que dice está claro.
—Sí. Sin embargo era más valiente que muchos de los llamados héroes, el primero que entró en muchos reinos. El último antes que él fue Ymar, de quien acaso hayas oído algo.
—Pero Ymar también tuvo que ser juzgado inepto. ¿Ya partimos? Sólo veo estrellas detrás de la regala. El maestro Malrubius sacudió la cabeza. —No miras con tanta atención como crees. Estamos cerca de nuestro destino.
Bamboleándome, fui hasta la regala. Parte de mi inestabilidad, creo, se debía al movimiento de la embarcación; pero otra parte venía de los efectos duraderos de la droga.
La noche aún cubría Urth, porque habíamos navegado velozmente hacia el oeste y allí no había despuntado el débil amanecer que sorprendiera al ejército ascio en la jungla. Un momento después las estrellas que había más allá de la banda parecieron deslizarse y resbalar en el cielo con un movimiento incierto y oscilante. Era casi como si algo corriera entre ellas, como un viento por un campo de trigo. Entonces pensé: Es el mar… y en ese momento el maestro Malrubius dijo:
—Es el gran mar llamado océano.
—Había deseado tanto visitarlo…
—Dentro de poco estarás en la orilla. Preguntaste cuándo ibas a dejar este planeta. No partirás hasta que tu gobierno esté seguro. Hasta que la ciudad y la Casa Absoluta te obedezcan y tus ejércitos hayan rechazado las incursiones de los esclavos de Erebus. Dentro de unos años, tal vez. Pero tal vez no durante décadas. Vendremos a buscarte, nosotros dos.