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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Nos reunimos en el noveno círculo del cráter, lo suficientemente lejos para que los hediondos gases no nos asfixiaran, lo bastante cerca para sentir el calor y el profundo retumbar. Algunos —Biznaga, Jacinto, Damiano— parecieron repelidos y presas de náuseas ante el lugar. Chorian pareció casi aterrado. Polarca estaba tenso, y no dejaba de mirar hacia atrás por encima del hombro. Como si esperara una erupción en cualquier momento. Incluso Valerian parecía un poco preocupado, pese a que él no estaba realmente allí. Pero no había más que serenidad en los rostros de Bibi Savina y Thivt; Ammagante parecía indiferente; y Syluise, ante mi sorpresa, casi extática. Permaneció de pie con los brazos muy abiertos y la cabeza echada hacia atrás. Brillaba con una suprema radiación contra el sombrío telón de fondo de las oscuras humaredas del cráter. Me sentí loco de amor por ella, al verla así. Como un escolar. A mi edad. Sabía que era una locura. El cráter tiene ese efecto sobre mí algunas veces. Syluise también.

Dije, escrutando sus rostros uno a uno:

—De acuerdo, vayamos al grano. Mi hijo Shandor parece haberse instalado en Galgala como rey. Esto es absolutamente no legítimo, y hay que hacer algo al respecto. ¿Alguno de vosotros puede decirme cómo ha sido posible que ocurriera una cosa tan miserable como ésta?

Silencio desde todos lados. Y alguna inquieta agitación.

—Según tú, Damiano, Shandor convocó a los grandes reyes y obligó a la krisatora a elegirle. ¿Es eso realmente lo que ocurrió?

Asentimientos. Alzamientos de hombros. Una mirada llana e inexpresiva por parte de Bibi Savina.

—Jesu Cretchuno Adán y Eva, ¿no puede hablar ninguno de vosotros? Explicadme cómo la krisatora puede verse obligada a tomar una acción así. La krisatora, cuando se halla en sesión, tiene poder sobre todos los roms, incluso el rey. No al revés. ¿Quiénes formaban esa krisatora? ¿Nueve cachorros de perro? ¿Nueve robots? ¿Les amenazó? ¿Con qué? ¿Cómo puede ser considerada válida ni siquiera, por un minuto una elección efectuada bajo coacción?

Biznaga dijo:

—No hay registro de lo que ocurrió en el kris, Yakoub. Excepto que Shandor convocó a la krisatora, y cuando salieron de la sala del juicio él era el rey.

Miré a Damiano.

—Me dijiste que fueron obligados.

—Eso es lo que supongo.

—¿Quiénes formaban la krisatora? —pregunté.

—Los conoces a todos —dijo Damiano —. Los mismos que estaban en el cargo cuando fuiste nombrado rey. Bidshika. Djordi. Stevo le Yankosko, Milosh…

Lo interrumpí a media lista.

—Hubieran debido pensárselo mejor. El hijo de un rey nunca ha sido rey antes. Y con el antiguo rey aún vivo, además. ¡Oh, el bastardo, el maldito bastardo! Entró ahí dentro y les dijo lo que tenían que hacer, y ellos lo hicieron, y nadie se atrevió a murmurar una palabra contra ello. Ni siquiera vosotros. Os limitasteis a sonreír y a asentir y a dejar que ocurriera.

—¿Y tú no aceptas ninguna responsabilidad sobre ello? —dijo Valerian.

—¿Yo?

—Tú, Yakoub. De no ser por ti nada de esto hubiera ocurrido. Tú pusiste en marcha todo el proceso, ¿no crees? ¿Quién te dijo que abdicaras?

—Tenia mis razones.

—Apuesto a que sí.

—¿Crees que mi abdicación fue un capricho? ¿Piensas que sólo fue un impulso retorcido que me pasó por la cabeza? ¿Lo crees así? ¿No se te ha ocurrido pensar que tenía un plan, que estaba actuando de acuerdo con mi estrategia a largo plazo, cuando me fui de Galgala?

Se miraron entre sí. De pronto me di cuenta de lo que debían estar pensando. El viejo se ha vuelto loco, eso era lo que estaban pensando. Ahora vi que debían llevar pensándola mucho tiempo. Mis ojos llamearon.

—Así que me habéis estado siguiendo la corriente, ¿eh, jodidos bastardos?

—¿Seguirte la corriente? —preguntó Polarca.

—Pensáis que estoy loco, ¿no?

—¿He dicho yo alguna vez algo así, Yakoub?

—No lo has dicho, no —admití —. Pero lo has estado pensando. ¿No es así, Polarca?

—Absolutamente no.

—¿Valerian?

—¿Loco? ¿Tú?

—¿Damiano? ¿Biznaga? ¡Vamos, cerdos, levantad vuestras manos! ¡Quien piense que Yakoub está deslizándose plácidamente hacia la senilidad, que alce su maldita mano en el aire!

Ninguna mano se alzó. Sus rostros no reflejaron la menor emoción. ¿Estaban intimidados? ¿O estaban decididos a seguir ocultando lo que pensaban de mí, no importaba lo que fuera?

El cráter rugió y gorgoteó. Hubo un sonido de colosales masas de roca agitándose en alguna parte en su interior. Una voluta de amarillento humo brotó como un eructo a la superficie y esparció por todas partes su hedor a podredumbre, como una gigantesca ventosidad. Nadie reaccionó. Nadie se movió. Me estaban mirando como un puñado de robots, y no había forma de que yo pudiera leer lo que se ocultaba tras sus ojos.

Al cabo de un tiempo dije con voz más tranquila, bajo el más férreo control que pude conseguir:

—Quiero aseguraros que todavía estoy completamente cuerdo. Sólo por si se os haya ocurrido dudarlo. Mi abdicación puede que fuera un error táctico, aunque todavía no estoy convencido de ello, pero no fue la acción arbitraria y caprichosa de un viejo loco.

Y me lancé a una explicación completa: de cómo había empezado a sentir que estábamos deslizándonos fuera de nuestra naturaleza interior, que estábamos integrándonos más y más profundamente en el Imperio gaje cuando de hecho lo que necesitábamos era empezar a prepararnos para el regreso a la Estrella Romani que había sido nuestra meta durante tantos miles de años, y que ahora estaba quizá sólo a un par de cientos de años de distancia. Les hablé de cómo había sentido la necesidad de hacer algo espectacular a fin de sacudir un poco a la gente. De que había decidido alejarme por unos cuantos años y dejarles a todos sin líder, a fin de que pudieran meditar en el error de sus actitudes. Y de cómo había planeado regresar y reasumir el trono, más fuerte que nunca, una vez se hubiera dejado sentir todo el impacto de mi ausencia.

Me escucharon sobriamente, casi hoscamente. Ammagante parecía sumida en algunos complicados cálculos internos. Damiano fruncía el ceño, Chorian parecía desconcertado, Biznaga casi a punto de echarse a llorar. Los otros se mostraban asombrados o preocupados o desanimados, todos menos Syluise, que había oído todo aquello antes y simplemente parecía aburrida. Y Bibi Savina, cuya invencible serenidad permanecía inquebrantada. Se me ocurrió que tal vez la vieja arpía ni siquiera me estuviera escuchando, que posiblemente ni estuviera allí, que estaba espectrando por alguna parte en las lejanas extensiones del tiempo.

Cuando hube terminado, jacinto dijo, suavemente, fríamente:

—¿E imaginaste que íbamos a poder mantener eternamente un gobierno provisional para ti, Yakoub? ¿Que podrían transcurrir cinco años, o quizá diez, con el trono vacante, y que no habría presiones para elegir un nuevo rey?

—Pensé que se harían intentos de pedirme que volviera, antes de que eso ocurriese.

—Se hicieron —señaló Damiano —. ¿Sabes cuántos hombres envié en tu busca, empezando al año siguiente de tu desaparición?

—Dejé tras de mí mi pistas por todas partes.

—Sí, lo hiciste. Finalmente descubrimos tus señales. Pero pese a todo Chorian aún necesitó tres años para encontrarte. Y estuvimos constantemente en ello durante todo el tiempo.

—Como lo estuvieron varios lores del Imperio —dije yo —. Julien de Gramont fue enviado tras de mí por Periandros. Y por supuesto, Chorian trabajaba no sólo para ti sino también para Sunteil. Bien, esperaba ser hallado un poco antes de lo que lo fui. Y nunca soñé que Shandor, entre todos, pudiera apoderarse del trono.

—Pero lo hizo —dijo Damiano.

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