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Электронная книга - «La Bahia Del Diamante». Краткое содержание книги:

El calor era tan intenso que no se podía dormir. Cuando miraba las oscuras olas del océano, Rachel intuía que allí fuera había algo, aunque no lo viera. Entonces él apareció en la orilla, inconsciente. Apenas vivo. Llevaba dos balas en el cuerpo. Impulsada por su instinto, Rachel no llamó a la policía. Su sexto sentido le decía que ella era su única esperanza. Mientras él permanecía inconsciente, ella tenía que decidir el futuro de ambos. Pero alguien quería muerto a aquel hombre. ¿Estaría poniendo su propia vida en peligro por un extraño?
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Su recuperación había pasado sin problemas, y en un tiempo relativamente corto.

En un mes había vuelto a sus actividades normales, tratando de salvar algunas de las verduras del huerto, lo que se había salvado de la negligencia. Inmóvil, el dolor de su herida le había dado alguna idea de lo que Kell había sentido al ejercitar sus piernas y hombro para recuperar la movilidad, y quedó sobrecogida.

No había sabido de él, ni una palabra. Jane se había quedado con ella hasta que salió del hospital, y le pasó la información de lo que había pasado en Washington. Rachel no sabía si Jane sabía más de lo que decía, o si eso era todo lo que le habían dicho. Probablemente, lo último. Después Jane también se marchó, recogiendo a los gemelos y volviendo junto a Grant a la granja. En ese momento, estaría con el embarazo avanzado. En un momento dado Rachel había pensado que también podía estar embarazada, pero había resultado una falsa alarma. Sencillamente su cuerpo se había descolocado.

No tenía ni eso. No tenía nada salvo sus recuerdos, y nunca la abandonaban.

Había sobrevivido, pero eso era lo único que hacía: sobrevivir. Había pasado días enteros sin encontrar ninguna alegría en ellos, aunque no había esperado alegrías. En el mejor de los casos, eventualmente encontraría algo de paz. Tal vez.

Era como si hubiera sido separada en dos. El perder a B.B. había sido terrible, pero esto era peor. Entonces había sido joven, y quizás no había sido capaz de amar tan profundamente como ahora. La pena la había hecho madurar, le había dado la profundidad de sentimientos con la que amaba a Kell. No pasaba ni un minuto sin que lo añorase, que no viviese con dolor porque él no estaba allí. No podía saber nada de él a través de Jane; no había ninguna información disponible sobre Kell Sabin, nunca. Él había regresado a su mundo de sombras grises y había sido tragado por ellas, como si nunca hubiera pasado. Le podía ocurrir algo y nunca se enteraría.

Eso era lo peor, no saber. Él estaba allí, pero era inalcanzable.

Algunas veces se preguntaba si lo había soñado, que él se había acercado a ella en el hospital e inclinado sobre ella con el corazón en los ojos como nunca lo había visto antes y le había susurrado que la amaba. Cuando había vuelto a despertarse había esperado verle, porque ¿cómo podía un hombre hacer eso y luego dar media vuelta e irse? Pero había hecho exactamente eso. Se había ido.

A veces casi le odiaba. Oh, conocía todas sus razones, pero cuando pensaba en ellas, no parecían demasiado buenas. ¿Qué le había dado derecho a decidir por ella? Él estaba siendo malditamente arrogante, tan seguro de que sabía más que nadie, que hubiera podido zarandearlo hasta que le castañearan los dientes.

El hecho era que se había recuperado de la herida, pero no de perder a Kell. La carcomía día y noche, eliminando su alegría de vivir y extinguiendo la luz de sus ojos.

No languidecía -era demasiado orgullosa para permitirse hacerlo- pero sólo existía en el limbo, sin planes o anticipación. Caminando por la playa, fijando la mirada en las olas, Rachel afrontó que tenía que hacer algo. Tenía dos opciones: podía intentar llegar hasta Kell, o no hacer nada. Pero simplemente darse por vencida, no hacer nada, no iba con ella. Él había tenido tiempo para cambiar de idea y volver, si hubiera ido, de modo que ella tenía que aceptar que no iba a volver sin un incentivo. Si él no venía, ella iría a él.

Simplemente tomar esa decisión hizo que se sintiera mejor que en meses, más viva. Llamó a Joe, cambio de dirección y subió a paso vivo por la playa hacia su casa.

No sabía como llegar a él, pero tenía que comenzar por algún lado, de modo que llamó a información para conseguir el numero de la agencia de Virginia. Eso fue fácil, aunque dudaba que fuera tan fácil ponerse en contacto con Kell. Llamó, pero el operador que contestó al teléfono negó que alguien con ese nombre trabajase allí. No existía ninguna ficha sobre él. Rachel insistió en dejar un mensaje, de todas maneras. Si él sabía que había llamado, quizás le devolvería la llamada. Quizás la curiosidad no le permitiese ignorar el mensaje.

Pero los días pasaban y no llamaba, de modo que Rachel volvió a intentarlo y recibió la misma respuesta. No existía ningún registro sobre un Kell Sabin, comenzó a ponerse en contacto con toda la gente con la que había hecho negocios cuando era reportera, haciendo preguntas relacionadas con el modo de ponerse en contacto con alguien resguardado por el secreto de la red de inteligencia. Le envió mensajes a través de cinco personas distintas, pero no tenía modo de saber si alguno de ellos realmente le había llegado. Siguió llamando, esperando que a la larga el operador se sintiese tan frustrado que le pasara a otro su mensaje.

Durante un mes lo intentó. Llegó y pasó la Navidad, igual que las fiestas de Año Nuevo, pero el motor de su vida estaba encendido de algún modo en el intento de contactar con Kell. Le llevó un mes admitir que no había modo de hacerle llegar un mensaje, o que él los había recibido y aún no había llamado.

El darse por vencida de nuevo, después de ese dolor tan grande, era casi más de lo que podía soportar. Durante un tiempo había tenido esperanzas. Ahora no tenía nada.

No se había permitido llorar; había parecido algo sin sentido, y realmente había intentado levantarse y continuar. Pero esa noche Rachel lloró como no había llorado desde hacía meses, acostada sola en la cama que había compartido con él, con la dolorosa soledad. Le había ofrecido todo lo que tenía y era y él se había marchado. Las largas horas de la noche se arrastraron, y ella yació con los ojos abiertos y ardientes, mirando fijamente la oscuridad.

Aún no se había dormido cuando sonó el teléfono a la mañana siguiente, y su voz era aburrida cuando contestó.

– ¿Rachel? -pregunto Jane con vacilación-. ¿Estás?

Con un esfuerzo Rachel se animó.

– Hola, Jane, ¿Cómo estás?

– Redonda -dijo Jane, resumiéndolo en una palabra-. ¿Te gustaría que fuera a hacerte una visita? Te advierto, lo hago con una segunda intención. Puedes perseguir a los niños mientras yo me siento con los pies en alto.

Rachel no supo como podría soportar ver a Jane y Grant tan felices juntos, rodeados de sus niños, pero hubiera sido una bajeza negarse.

– Sí, por supuesto -se obligó a responder.

Jane guardó silencio, y demasiado tarde Rachel recordó que nada pasaba por alto para Jane. Y siendo Jane, fue directa al grano.

– Es Kell, ¿no es eso?

La mano de Rachel apretó el auricular, y cerró los ojos por el dolor que le causaba el simple hecho de oír su nombre. Tantas personas habían negado su existencia que la aturdió que Jane lo trajera a colación. Trato de hablar, pero su voz se paró; entonces comenzó a llorar de nuevo.

– He intentado llamarle -dijo destrozada-. No consigo llegar al final. Ni siquiera alguien admitirá que le conoce. Aunque le hayan dado mis mensajes, no ha llamado.

– Creía que cedería antes -dijo Jane.

Para entonces Rachel se había controlado otra vez, y pidió perdón a Jane por llorar. Se mordió el labio, prometiéndose que no volvería a pasar. Tenía que aceptar su pérdida y dejar de acongojarse.

– Mira quizás pueda hacer algo -dijo Jane-. Tendré que trabajar con Grant. Hablaré contigo después.

Rachel colgó el teléfono, pero no se permitió hacer hincapié en lo que había dicho Jane. No podía. Si sus esperanzas volvían a alzarse para volver a derrumbarse, eso la destruiría.

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